Algo qué celebrar

En algún rincón del mundo, en este momento, hay alguien experimentando una auténtica y profunda alegría por Estar Vivo, por un logro cumplido, por un sueño realizado, por una cima alcanzada, por una meta finalizada.
En algún rincón del mundo, hay alguien que está sintiendo que su dicha es completa. 

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Lago Villarica, Pucón, Chile

Así me siento yo en este momento.

Después de haber tenido un 2018 repleto de aventuras, sueños y retos cumplidos, cerré el año con un viaje a Chile y Argentina como regalo de cumpleaños, en el que, una vez más, pude contemplar mi vida, mi nueva vida, la que yo he querido y construido para mí y me sentí inmensamente feliz, agradecida con el universo, bendecida por El de arriba y con más ganas de seguir soñando y logrando todo lo que me proponga.

El Cruce Columbia

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Los hermosos planos de las montañas… y al fondo, el Lago Villarica

Mi primera parada de este viaje fue en Chile para participar en la 17 edición de esta carrera. Cuarenta países, más de 3.000 corredores, una logística impresionante que incluía campamentos en mitad de la nada, al lado de un río helado donde llegábamos a descargar las piernas (delicioso), con carpas para dormir, carpas para comer y compartir con los corredores de otros países, carpas para atención médica, para cargar los equipos electrónicos (celulares, relojes), baños… todo lo necesario para esperar la segunda y tercera largada.

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Al fondo el volcán Rukapillán (Villarica) 

Fueron 100 kms por la Cordillera de los Andes Chilenos divididos en tres días, con 3.700 metros de desnivel positivo -una salvajada-, aunque la altura máxima fue de 2.000 msnm. Corrí entre volcanes, por la nieve, entre bosques de robles y araucarias centenarias; corrí por trochas llenas de raíces, por morrena de glaciar, por hectáreas repletas de retamos florecidos (no el espinoso sino otro); corrí por carreteables y asfalto, por playa; crucé ríos, árboles caídos, salté como cabra y hasta me eché un pique con un uruguayo en el segundo día. Corrí feliz.

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Al fondo el volcán Quetrupillán
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Pique a la llegada del segundo día

Los tres días me sentí inmensamente emocionada de poder estar ahí demostrando -primero a mí misma, luego a mi hijo y a mi mundo entero- de lo que era capaz, y no por la clasificación, sino por el reto, por planearlo, trabajarlo, sufrirlo y cumplirlo.

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Llegada tercer día

Corrí por el mero placer de correr y sentir esa energía que desbordan las piernas al iniciar, que luego se convierte en potencia y después de 70 kms en dolor, pero ahí entra tu cabeza y termina el trabajo. No se desfallece, no se abandona, no existen las excusas ni los pretextos. Se termina. Y se termina feliz.

La ruta de los siete lagos

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No siendo suficiente con estos 100 kms de trail, pasamos la frontera a Argentina con mi amiga Cata para hacernos ciento diez kms de bicicleta por la famosa Ruta de los Siete Lagos o ruta 40, la misma Panamericana que une Alaska con la Patagonia.

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Salida de San Martín de los Andes

Montar bicicleta para mí es como haberme reencontrado con un viejo amor al que nunca olvidé, porque cuando viví en Cali (siglo pasado, jeje) montaba mucha bici de montaña, y por X y Y motivos la abandoné. Pero he vuelto y el amor es el mismo. Así que me hacía muchísima ilusión hacer este trayecto: en bici, con Cata, por mi cumpleaños, en una región tan pero tan bella como lo es la Patagonia.

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Lago Hermoso, primer día

Pedaleamos entre 30 y 50 kms diarios por tres días, con unos 25 kilos en el trailer. Dormimos en dos campings muy buenos: Lago Hermoso y Lago Pichi Traful, pero pasamos frío en la carpa en la madrugada (el “verano” patagónico es helado), así que tuvimos que hacer “cucharita”.

El segundo día nos llovió una jornada completa, y estuvimos heladas toda esa tarde, pero conocimos muchos mochileros en los campings, y nos enamoramos del hombre de montaña ❤

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Lago Falkner, segundo día

Nos reímos un montón: de nosotras mismas, de la otra, de nuestras mañas y manías. Hablamos, escribimos, leímos… tomamos té como locas (por el frío), nos pasábamos la tarde buscando el calor de la chimenea en el camping, nos bañamos una sola vez en ducha.

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Lago Espejo, almorzando atún

Pedaleamos, cada una a su ritmo, cada una con su fuerza, juntas, cuidándonos pero regalándonos los espacios y los silencios necesarios para disfrutar de nuestra compañía.

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El día de mi cumpleaños estaba el cielo despejado. Esos hermosos cielos azules y helados del verano. Estaba frente al Lago Traful, era muy temprano y aún hacía mucho frío. Me senté en un tronco a disfrutar de la vista: el cielo despejado, la montaña limpia con nieve en la cumbre, el lago turquesa, todo tranquilo… así me sentía yo.

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Lago Traful, tercer día

Entonces reflexioné: ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo llegué a esta vida tan fascinante que me invade de pasión todo el cuerpo? ¿Qué fuerza interior me llevó un día a correr, a correr montañas e ir por mis sueños? A ponerme estas metas, retos que me inspiraron a trabajar con ganas, a entrenar con disciplina, a ser cada vez mejor persona. A dejarle a mi hijo la mejor versión de su madre… no una mujer débil amarrada a una estructura social preestablecida (y tal vez en su momento autoimpuesta), sino una mujer fuerte, valiente, feliz, independiente, que disfruta desde dormir en una carpa, desayunar en un paradero de camioneros o correr 30 kilómetros de montaña muerta de frío y lloviendo, hasta hacer un viaje en avión, pagar un Uber, usar vestido y tacones y comer en restaurantes caros. No importa, es la misma.

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Y recordé las palabras Dani, mi gran amigo del Camino (de Santiago): “Una de las cosas que más me gustan de ti, es precisamente esa capacidad que tienes para saber valorar y apreciar las cosas, así sean pequeñas o grandes”. Y me sentí feliz y agradecida de sus palabras, de que se note, porque me encanta poder contagiar, lograr que más personas se gocen la vida, con mucho o con poquito pero que noten la belleza y la bendición tan grande que es Estar Vivos. ¿No es algo maravilloso?

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Lago Lacar

Con todas esas bendiciones solo pude dar gracias a Dios, por contar con el amor incondicional de mi madre y mi hijo, que son el motor de mi vida, pero también por ese increíble compañero Atómico que tengo, que me regaló la vida porque me lo merecía y porque él también se lo merecía. Regalarle mi amor a manos llenas es una recompensa a sus otras vidas. Él es la llama que mantiene viva mi creatividad y mis ganas de aventura, y yo soy el motor que lo ayuda a navegar cada vez más seguro y más lejos.

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Lago Correntoso, tercer día

Con él y gracias a él tengo menos miedos y más ideas, me atrevo a todo y si dudo, él me da la mano y me convence, con su amor y su cuidado. ¿Quién iba a decir que llegaría alguien así? ¿Quién lo esperaba? Pero lo importante es que llegó, porque todos merecemos un amor que se nutra de amistad, respeto y honestidad, un amor junto a la mejor compañía, a una buena conversación, un compañero de sudor y lágrimas, y de  risas sin fin.

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Cerro La Viga, a 3.700 metros más cerca de las estrellas

Así cierro el 2018 y comienzo un nuevo año, con la firme ilusión de seguir creciendo, seguir corriendo montañas, escribiendo y apostándole a creer que se puede vivir de lo que te apasiona.

EstoyViva.

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4 Comments

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  1. Claire de la lune Claire de la lune 4 enero, 2019 — 3:58 PM

    Querida Carolina:
    Que escrito tan precioso. Lo debes llevar en los genes. Tu papá estará orgulloso de ti.
    Me alegro muchísimo de este maravilloso 2018 en el que has vivido como has querido, donde has querido y con quien has querido. Celebro ver tu alta autoestima y esa vida en la que no te falta ningún amor.
    Que tengas un 2019 pura continuidad del año anterior porque qué más puedes pedir?
    Un abrazo muy fuerte ❤️

    Clara

    Enviado desde mi iPhone

  2. Carolina que buen escrito! muy linda tu descripción de todo y muy lindas tus palabras de agradecimiento a la vida por todo lo que te ha regalado que, seguro, te lo mereces a manos llenas. Ojalá sigas escribiendo para poder leerte.

    Feliz 2019 !

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