Fanática del planeta

Aunque toda mi vida me haya considerado una persona amigable con el medio ambiente -y aún lo creo-, esta crisis que vivimos hoy en día, no solo sanitaria sino -mucho antes- ambiental, me ha hecho ser más consciente de la necesidad urgente de cambiar algunas acciones y costumbres. Extrañamente, “gracias” a la cuarentena y al tiempo en casa, he podido leer y hacer algunos ajustes y adaptaciones en mi vida diaria para poder intentar ser una mejor persona con el planeta.

Pero antes quiero reflexionar un poco sobre lo que pasa con esas noticias que salen en medios y se comparten también en redes sociales sobre el daño que le hacemos al planeta día a día, y que creemos ingenuamente que es sólo por “culpa” de la contaminación de las grandes empresas, los autos, las chimeneas, la guerra, las vacas, etc, y que entonces poco queda por hacer por parte de nosotros. Pero resulta que una gran parte (muuuuy grande) de esas empresas contaminantes, existen “gracias” a nuestros consumos individuales: de plásticos en todas sus formas y para todos los usos, de ropa y zapatos baratos y de mala calidad, de comida rápida e hipermega procesada, de infinidad de cosas, muchas veces inservibles y desechables, de combustibles… y la lista se alarga y se alarga.

Entonces las noticias nos abruman y concluimos que ni modo, que no podemos controlarlo, que solo somos una persona, que no podemos cambiar a nadie… bla bla bla. Resulta que sí, sí podemos. Podemos cambiar nosotros. Podemos intentar hacer cambios reales en nuestra manera de ver, percibir y relacionarlos con el mundo, con el ambiente y hasta con el sistema (así no nos guste el sistema, pero ni modo). Y es por eso que quise escribir este texto: para recordármelo y recordárselo a quienes lo sientan y analicen parecido, porque más allá no puedo hacer nada -aún-.

Lo escribo para que nos animemos a cuestionar un poco más nuestros modos y medios de compra, el uso, y sobre todo el desuso que le damos a muchas de esas cosas que compramos porque “están baratas, en oferta”, porque “de ese color/forma/tamaño no tengo”, porque “lo necesito”, “me encanta”, “lo usa Fulanita”, porque “tengo con qué $$ comprarlo” y así una larga lista de justificaciones solo basadas en el YO.

Con esto no estoy diciendo que no se compre nada, sólo que lo pensemos, que hagamos conciencia y escojamos aunque sea un propósito para ponerlo en marcha en nuestra vida. Estoy completamente segura -y lo vengo leyendo en varios libros y páginas que sigo- que sólo es iniciar y ser consciente, consistente, consecuente y apasionado. O una de las anteriores.

¿Y cómo se puede llegar ahí? voy a citar tres “consejos”, por llamarlos de alguna manera, de Mariana Matija, una chica que se dedica a todos estos temas de sostenibilidad y que ha sido para mí un gran referente, junto con otras personas y colectivos:

  1. Dejar de esperar a que todo sea fácil. Es necesario que dejemos de buscar sólo lo que se nos acomoda y lo que no nos «talla», y que empecemos a enfrentar realidades que nos van a romper un poco el corazón… pero que tenemos que aprender a mirar de frente si es que queremos empezar a resolverlas.
  2. Mostrar nuestra sensibilidad. La sensibilidad no es un defecto. De hecho, me parece que es una de las más grandes fortalezas que puede tener una persona cuando se pone a la tarea de «cambiar el mundo».
  3. Mostrar nuestra valentía. Sin valentía no nos quedaría más remedio que acurrucarnos a esperar a que alguien más resuelva las crisis ambientales y sociales a las que nos enfrentamos. La solución no está en manos de otras personas, sino de todas las personas. Y eso te incluye a ti.

Fue así como escogí mis propósitos y metas de corto plazo. Y ya comencé con los ajustes y cambios, poquito a poquito para no agobiarme ni ahuyentar a la familia. Y voy estudiando, probando, equivocándome y acertando. Seguro me cansaré en el camino -y me equivocaré- pero retroceder o rendirse ¡jamás!

Hemos comenzado un viaje hacia sentirnos mejores personas con el planeta -que no es lo mismo que serlo, porque para eso ya tendríamos que hacer maestrías en sostenibilidad y salir de este sistema capitalista que nos tiene a todos de una u otra forma amarrados casi que sin salida-, pero vamos a intentarlo, otra vez lo digo, poco a poco.

Y hablo en plural porque si meto yo, mete todo este parche 🙂

1. No más plásticos o desechables.

Ojalá pudiera decir “suprimir”, pero mientras lo logro, me voy al mercado con cinco bolsas que tengo en casa, de diferentes tamaños y diferentes telas y ahí me traigo todo el mercado. Sí, las frutas y verduras también. La cajera me mira “rayado” porque le toca agrupar de a poquitos todo, y yo le regalo una sonrisa y le digo: falta un limón que está allá con las granadillas. Aún me falta encontrarle solución a algunos productos que ya vienen empacados, sin contar con los no perecederos que ya comienzan a dejar de entusiasmarme y pues le voy buscando soluciones, que a su vez tienen que ver con otros factores relacionados con la sostenibilidad, como comprar local y eso, afortunadamente en La Calera, aún se logra y muy bien.

También desde hace un tiempo cargo en mi mochila el kit de supervivencia sin plásticos que te lo recomiendo: el botilito para el agua, y en una bolsita de tela que me hizo mi hijo un día de la madre, va un pequeño vaso desplegable -por si me tomo un cafecito por ahí-, los cubiertos de bambú para evitar los odiosos desechables, y una bolsita de tela plegada por si compro algo de última hora en el mercado.

Por supuesto los pitillos desaparecieron de nuestro radar hace ya años. Recuerdo cuánto me costaba convencer a mi hijo (en esa época de 8 años) para que no los pidiera, hasta que lo logré. Eso me hace ratificar que nada es imposible, jeje.

Los otros residuos que aún compramos, como latas, envases de vidrio o empaques plásticos, intento reciclarlos de la mejor manera. Aún hay “fallas” en el sistema, sobre todo ahora con el confinamiento, pero sigo separando, reutilizando lo posible y reciclando el resto. Y más que nada, intentando que toda la familia lo acepte y lo adapte.

2. Bienvenidas las plantas

Este apartado se divide en dos mundos muy emocionantes que estoy explorando: el de sembrar y el de comer.

De sembrar
Estamos súper entusiasmados (y aquí hablo por Dani también, que lo está haciendo muy juicioso en su casa) con sembrar y comer nuestras propias verduras. Vivimos en un lugar que aún lo permite y contamos con el espacio y los recursos para lograrlo; entonces, ¿Por qué no intentarlo? Por eso hemos comenzado un curso de huerta en “macetas”, estamos retoñando aguacates y zanahorias y cultivando germinados (que también tiene que ver con el apartado siguiente).

También, preocupados por los residuos orgánicos tan valiosos que salen de casa, y más ahora que cocinamos todo el día, y haciendo conciencia al saber que terminan en un relleno sanitario con kilos y kilos de otros residuos horrorosos, como si fueran “basura”, decidimos comenzar a compostar. Esa sí que es toda una aventura que seguro merecerá una publicación aparte, con todo lo que hemos ido aprendiendo al respecto.

(La foto vendrá cuando tengamos retoñitos para mostrar, así como la del compost. Todo irá sucediendo lentamente, pero sucederá. Si algo hemos aprendido de esta época de confinamiento es a ser pacientes.)

De comer
Aquí hablaré por mí. Desde hace unos tres años vengo con ganas de dejar de comer carne. Además de que no era mi plato favorito, a veces sentía que me caía muy mal, y leyendo, buscando y acercándome al mundo vegetariano y vegano, entendí -o hice conciencia- de lo fuerte y contaminante que es el mercado arrasador del ganado, más lo terrible que es la muerte de estos y todos los animales que usamos para comernos… la violencia de la muerte de un ser vivo, la energía de las personas que lo hacen sin ningún sentimiento, el miedo y dolor de los animales… No espero que con esto me entienda nadie, ni quiero crear polémica entre el sí o el no. Es algo muy personal, que fui interiorizando hasta que me llegó el momento y me siento muy bien, además de apoyada por mi familia (que aún es carnívora, jeje).

La cosa es que en enero hice un programa Detox que, por supuesto, sacó las carnes de mi vida por 21 días y fui feliz, no solo con la limpieza de mi cuerpo sino con el hecho de no querer ni necesitar comer más animales. Y comencé a dar los pasitos necesarios para cambiar mi alimentación hacia una que yo quería y sentía más sana y conectada con el planeta.  Ahora disfruto nuevamente de cocinar, de buscar opciones más nutritivas, sanas y con menos empaques.

Me tocó comprar olla a presión para cocinar los granos, jeje, pero seguro que le sacaré todo el provecho. Es increíble cómo nos quedamos atorados en los mismos alimentos y preparaciones, y de pronto se abre una pequeña ventana que se convierte en un paisaje (literal) enorme de posibilidades para comer delicioso y muy sano. En esas estoy.

También he hecho germinados (de alfalfa, lenteja y quinua) y ha sido maravilloso, primero porque es como una siembra súper rápida y segundo, porque están llenos de nutrientes. Y son ricos. Así como los fermentados, otro alimento súper poderoso. Todos son sabores a los que puede ser que no estemos muy acostumbrados, pero que poco a poco se disfrutan en el paladar y se convierten en parte de la dieta diaria. Y han sido hechos en casa, por mí, y los comparto con mi mamá, con Dani y los niños. Bueno, cuando les gustan.

Hago mi leche de almendras, hago el hummus, exploro las hamburguesas de garbanzo, fríjol y quinua, lo cual me hace tener motivaciones casi a diario.

Aún consumo huevos y queso, pero no me doy duro por ello, todo es poco a poco y en la medida en que no los necesite o los supla, iremos viendo. Por lo pronto, los huevos son de “gallinas felices”, es decir, criadas sueltas y sin concentrados, con lo cual son más pequeños, más ricos y probablemente más saludables.

3. Compra local

Este es un apartado muy bonito y al que me gusta haber llegado, porque para mí resignifica la labor del campesino, motiva a apoyar proyectos sostenibles y, por supuesto, ayuda a economías pequeñas. Cada quince días pido el mercado de verduras a la huerta orgánica Sol de Siembra, un lugar que queda muy cerca de mi casa, unos 13 kms y que tuve la fortuna de conocer antes de que comenzara el confinamiento. Es una maravilla de lugar y la gente que lo atiende, en cabeza de Nubia, son muy amables y dispuestos a colaborar. Por si les interesa, llevan mercados a Bogotá también y traen todo lavado, sin uso de pesticidas ni fertilizantes, ¡y sin bolsas!. También tienen huevos, queso, miel, mermeladas y otros productos de amigos o vecinos, es decir, economías colaborativas. Es verdad que no es el mismo precio que si voy al súper, pero tampoco es la misma calidad; simplemente me organizo y compro cada quince días. Si me falta algo en ese tiempo ya lo compro por aquí, pero prefiero “invertir” en salud y bienestar mientras pueda, además de apoyar este hermoso proyecto.

Las semillas y nueces aún vienen de lejos, por aquí no hay graneros y esas cosas, y ya ir hasta Bogotá solo a eso, tal vez salga más caro. Por ahora las compro en una tiendita de un señor queridísimo, que además me regala turrones cuando le compro, típico de pueblo 🙂

4. Del aseo en casa

Los productos de aseo, tanto los personales como los de la casa, son los causantes de enormes cantidades de residuos contaminantes, no solo por los ingredientes que tienen (muchas veces impronunciables e inimaginables), sino también por el mundo de empaques que traen, sin contar con que muchos son probados cruelmente en animales.

En el aseo personal tal vez es donde más cambios he hecho y eso me tiene feliz: ya hice mi propio jabón-shampú sólido, que les compartiré cuando esté “curado” y listo para usar, y el rinse en vinagre de manzana rebajado en agua. El desodorante es 100% natural (en envase de vidrio), la única crema que uso para la cara es el aceite de argán (que también viene en frasco de vidrio) y cristales de sábila naturales que tengo en la nevera. La crema dental ya la reemplacé por una natural y estoy por terminar la crema del cuerpo para hacer mi propio humectante. Con esto estaría reduciendo más de cinco empaques (plásticos y de cartón).

Para el aseo de la casa, desde hace muchos años mis únicos ingredientes estrella son el vinagre blanco y el bicarbonato de sodio. El jabón de lavar los platos ya lo reemplacé por uno natural (y hecho por calerunos) más el estropajo en vez de esas esponjas plásticas. Y para la ropa, estoy esperando para recolectar aceites usados y hacer el famoso “jabón de Castilla” y así ya no tener que comprar jabones con olores a “limpio”. Como suavizante toda la vida he usado el vinagre también.

—-

Estas son mis iniciativas; iba a decir pequeñas pero no, no son pequeñas,me lo estoy tomando en serio y en serio espero y quiero mejorar nuestra estancia en este planeta y ayudar a protegerlo. Hace un tiempo puse una frase en Instagram que decía: “No hay que hacer mucho caso a esa gente que dice que lo que hacemos no sirve. -SÍ SIRVE- Entre todos sumamos”.

La invitación es a que sumemos, a que escojas o decidas o intentes hacer un cambio en tu vida que sea bueno para el planeta y así, poquito a poquito, muchos haremos la diferencia.

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