El Camino hacia mí

Relatos Sonoros de la Montaña. Episodio 3

¡Hola!. Aquí está un nuevo episodio de Relatos Sonoros de la Montaña, y luego encontrarás el texto completo con algunas fotos de la historia. Espero lo disfrutes.

Este episodio hace parte de un diario que escribí cuando en 2017 hice el Camino de Santiago de Compostela. De aquellos días, en los que caminaba sola, 20 o 30 kilómetros por la costa norte de España, tengo grandes y profundos recuerdos, y hoy quiero compartir con ustedes la etapa que fue llegar a Finisterra, el epílogo del Camino.

Este relato va dedicado a los amigos peregrinos que conocí y que hicieron más llevaderas algunas  de las etapas: A Dani, mi avanzadilla tarahumara, a Carlos y Stéfano, que me acompañaron en el Camino del Norte, y a Víctor y Vicente, la otra familia del Camino Primitivo. A todos aún los llevo en mi corazón. 

“El Camino no va a Santiago… el Camino va al interior de uno mismo, que es más difícil que llegar a Santiago”.

Anónimo

Muxía, España
20 de octubre de 2017

Salí casi la última del albergue municipal, como a las 8 de la mañana. Aún es de noche, pero por lo menos no llueve. Estas últimas etapas, desde que dejé Santiago de Compostela, han sido todas pasadas por agua… lo bueno es que apagan los incendios que ha habido en Galicia por semanas y que ha sido terrible ver durante el camino.

Unos kilómetros adelante alcanzo a ver la salida del sol punteando en una playa muy linda. Todo está callado y tranquilo. Hay muy pocas casas por el sendero y todas aún están durmiendo. Las señales del Camino están muy bien marcadas, o tal vez es mi ojo que ya se acostumbró a buscarlas, o mi cuerpo que sabe hacia dónde ir.

De pronto el camino deja de ser llano y comienzo a subir una montaña por un sendero de piedra muy angosto, y al llegar a esa primera cima se me aparece un cielo precioso, despejado, con esos colores anaranjados que tanto me han enamorado del norte de España en todo este tiempo que llevo caminando. El aire de la mañana está cargado de cantos de pájaros y una brisa suave que parece traerá lluvia. 

El amanecer…

Es como si la hubiera llamado… comienza a llover, otra vez a llover. Entonces aprieto el paso para encontrar dónde refugiarme y desayunar, no he comido nada desde ayer a las 5 de la tarde y sólo llevo una barrita de cereal que me toca comérmela bajo la lluvia.

Por fin aparece un pueblo: Lires, con un bar abierto. Entro emparamada y congelada y al primero que veo sentado es a Aitor, un peregrino que conocí hace dos días. Nos saludamos pero él ya va de salida, así que yo me quedo sola y pido unas tostadas con mermelada y café a ver si me entra algo de calor en el cuerpo. 

Como el bar está calentito, decido quedarme un rato más esperando a secarme y calentarme un poco, y claro, esperando a ver si el tiempo cambia y escampa, pero no tiene mucha pinta, así que nuevamente me pongo el impermeable y salgo. Ese es el Camino, como la vida: hay días de sol, otros nublados, otros de mucha lluvia.

Las señales…

Sigo caminando, un pie delante del otro y reflexiono: la verdad es que la lluvia no me molesta, me gusta pensar que es como un baño para el alma, un humedecer la piel y el corazón para lavar aquello que todavía no se ha ido y seguramente -solo yo lo sé- hay algo o alguien que aún no limpio de mi cuerpo y mi corazón. Así que la recibo con gratitud, por algo está ahí. Levanto la mirada al cielo y dejo que entre por el cuello y enfríe mi pecho y mi espalda. Quiero que limpie, que sane, que borre, que olvide.

Cuando llevo 20 kilómetros deja de llover y el camino se hace más lindo. Voy sorteando casitas rurales de piedra, bosques a lado y lado del sendero, ríos crecidos por las lluvias de los últimos días, sembrados, vacas, ovejas, muy poca gente y también pocos peregrinos. Todo tiene su encanto.

De pronto veo la señal que dice “Fisterra 3 kilómetros”. La emoción no me cabe en el cuerpo, comienzo a caminar más rápido, estoy a poco de llegar a mí último destino: Fisterra, el fin del camino, el fin de la tierra.

Llegar al albergue municipal, desde Muxía, me tomó 28 kilómetros y cinco horas. Nada más entrar me encuentro con Ruth y Laura, dos chichas que conocí en Olveiroa, y que me convidan a subir de una al Faro, el faro de Fisterra, así que dejo mi mochila en el albergue y salgo con ellas de inmediato, mojada como iba, pero igual, en cualquier momento puede volver a llover.

Salimos por la orilla de la carretera que llega al faro, por un andén que separa la vía de los carros de la de los peregrinos o viajeros en general. El paisaje es impactante porque no se ve nada, hay una neblina muy baja por todas partes. No puedo ver o entender el camino. Sólo intuyo que la montaña está a mi derecha y al mar lo escucho a mi izquierda.

Vamos subiendo una cuesta. Es un trayecto de cuatro kilómetros hasta que llegamos al mojón, a la piedra que tiene escrito: “Kilómetro 0”. 

El mojón

Es decir… éste es el inicio… o el fin de todo. Y he llegado. Respiro profundo, el aire no me cabe en el cuerpo, estoy muy emocionada.

Me separo de las chicas y voy a buscar el faro que está un poco más adelante. Es una estructura metálica muy alta, asentada en una base de cemento. Saco mi ofrenda, que he preparado para este momento, y la amarro en aquel faro. La miro… allí está representada una parte de mi viaje y sobre todo una intención, una sanación. Y allí se queda, en el fin de la tierra.

No se ve nada. La neblina se ha engullido el mar, la montaña, hasta la punta del faro ha desaparecido. Entonces me siento en una piedrita con mi mochila, mi cuaderno -mis pies- y yo, y me pongo a escuchar el rumor de las olas que pegan contra las rocas en algún lugar no muy lejano de allí y pienso: si algo aprendí en este viaje fue a recibir todo con gratitud. Esto es lo que hay hoy para mí. Hoy, así, fue hermoso. 

El faro

La montaña y los árboles perdidos en la niebla, las rocas mimetizadas con el blanco del cielo, intuir un mar que anhelaba ver, escuchar el viento murmurar… caracola… llegaste, ya puedes regresar.

“Ahí” estaba el mar

Comienzo mi descenso. Ahora bajo sola, con el mar a la derecha y la montaña acariciándome la piel a la izquierda. Y lloro. Me siento vacía y triste porque el Camino se me acabó, solo el fin de la tierra pudo detenerme.

Pero también me siento completa y feliz de haber llegado, de haberme demostrado a mí misma de lo que soy capaz, de entender de qué estoy hecha por dentro y por fuera; cada vez más conectada conmigo misma, entendiendo el poder de mis pies y la fuerza de mi mente para avanzar día tras día, a pesar del clima, el terreno o la altura, de la etapa de cada día, cansada o no seguí y seguí. Y no solo hasta Santiago de Compostela, sino hasta el Fin de la Tierra. 

Mis pies, 950 kms después

Atrás quedaron las señales que estuvieron por todas partes. Desde las flechas amarillas o las conchas que trazaban el camino y que podían estar ubicadas en cualquier lugar del monte, la playa, la carretera o la ciudad, hasta los paisajes, el clima, los amaneceres, los dolores, las conversaciones. Personas, peregrinos, recuerdos, dolor, risa, llanto. Todo fueron señales y todas me hicieron entender algo. Y crecer.

Termino treinta y siete días después con todas las camas de mis habitaciones internas tendidas. Todo el poder estuvo dentro de mí: físico, mental y espiritual. Y eso, a partir de hoy, cambia toda mi vida, como cambió al mundo descubrir que la tierra no acababa aquí.

La bella ilustración es de Dani Caribe Atómico

Desde el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago en Compostela en el siglo IX, el Camino de Santiago se convirtió en la más importante ruta de peregrinación de la Europa medieval hacia España. Hoy en día lo sigue siendo, desde todas partes del mundo, pero las motivaciones para hacer este recorrido en sus más de diez ramas o caminos diferentes, son tan diversas como quienes los hacen: católicos creyentes, deportistas, caminantes, turistas, parejas, grupos de amigos; a pie, en bicicleta y hasta a caballo se pueden realizar las diferentes etapas del Camino de Santiago.

Mi recorrido comenzó en el Camino del Norte, partiendo de Irún (frontera con Francia) sorteando las hermosas montañas del país vasco y después bordeando el mar Cantábrico hasta llegar a Gijón donde conecté con el Camino Primitivo y me adentré a los bellos parajes de Galicia hasta llegar a Santiago de Compostela. Como epílogo me fui hasta Fisterra, antiguamente el punto más occidental de la tierra, donde se pensaba acababa el mundo. De ahí viene este relato.

Este fue el último sello de mi pasaporte del Camino

Espero que te haya gustado este episodio y que lo compartas con amigos y familiares, por redes o por donde quieras. Cada historia tiene una intención, pero sobre todo mucho amor.

Nos escuchamos en un próximo episodio. Chao.

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