Ciudad Perdida. Octubre de 2015

El mejor lugar para encontrarse…

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Nunca he escrito sobre viajes, sobre mis viajes, pero creo que éste vale la pena, no sólo por lo que significó para mí, sino por el lugar tan espectacular que merece hablar de él y que todo el mundo de todas partes del mundo lo conozca y quiera venir. Y encontrarse.

Hay una tradición indígena, creo que de los norteamericanos, que se llama “la búsqueda de visión”, y se trata de saber quién eres, para qué estás en el mundo y al final cómo te llamas (para los indígenas). Ellos se van hasta quince días por montañas, valles y ríos, conectándose con la naturaleza, recibiendo todos sus mensajes (ella habla, créanme) y contestando sus preguntas.

Un poco de esto tenía este viaje: era el mejor momento para preguntarme sobre mi vida, sobre los cambios, sobre lo que me esperaba. Este año ha sido un año muy movido, poco tiempo para escribir (¡si lo sabrán ustedes!), mucho tiempo para reflexionar y tomar decisiones de vida, decisiones importantes.

Así que el objetivo número uno de ir a Ciudad Perdida era hacer mi búsqueda de visión, el número dos hacer ejercicio y el número tres olvidarme de todo. Por cuatro días sólo vivir el presente.

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Antes de comenzar debo decir que fuimos un equipo de cinco: dos amigas y dos chicos que yo no conocía. Pero todos conectamos súper bien, lo cual es importantísimo en un “parche” de caminata y un destino como éste, porque son cuatro días todos juntos, y las decisiones de uno afectan a todos. Más el guía, obviamente.

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Otra aclaración es el lugar: para los que no conocen, Ciudad Perdida es es un antiguo poblado indígena y sitio arqueológico, construido alrededor del Siglo VII o VIII de nuestra era, siendo hoy en día uno de los más de 250 poblados antiguos de los cuatro grupos indígenas encontrados en la cara norte y suroeste de la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia). Los indígenas que viven en la zona, Koguis, Arahuacos, Arsarios y Wiwas, llaman al Ciudad perdida “Teyuna” y creen que fue el corazón de una red de aldeas habitadas por sus antepasados, los Tayrona. Ciudad Perdida fue probablemente el centro político y manufacturero de la región a orillas del río Buritaca y pudo haber albergado 2.000 a 8.000 personas. Aparentemente fue abandonada durante la conquista española. Fuente: Wikipedia

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Día uno

Fuimos con la agencia Guías y Baquianos, una de las dos más antiguas de la región. Altamente recomendados. Nuestro guía, Jhoan, se portó de maravilla, con un estado físico inmejorable y una actitud de servicio avasalladora, sentido del humor, buen genio, fue un divino.

Salimos de Santa Marta en la mañana hacia el norte a una población conocida como El Mamey (o Machetepelado). Allí almorzamos muy bien, pronóstico de que se nos venía una caminata importante, jeje.

El primer día sólo caminamos una jornada de aprox. 6 kilómetros con parada en un río espectacular donde pudimos bañarnos delicioso (el calor es bravo! jeje). El río está después de una subida entonces cae de perlas refrescarse en agua heladas (río de nevado) con salto incluido. Cuando salíamos para continuar la caminada comenzó a llover, normal en esta zona, pero ya íbamos preparados con bolsas para las mochilas y la ropa toda en bolsas zip-loc (y separada) para que no se moje todo a la vez (tip importante de nuestros amigos de Bluefields que también han hecho muchas veces esta caminata y nos lo aconsejaron).

La lluvia no duró mucho y el paso de nuestro equipo era rápido, así que llegamos hacia las 5pm al primer campamento, las cabañas de Adán. Allí también encontramos un río increíble y pudimos gozarlo un rato antes de que se oscureciera. Agua helada, cabe anotar. ¡HELADA! Y eso que estamos a 100 mts SNM, creo, pero casi me congelo, jeje. Igual, encontrar todavía ríos de ese tamaño, con tanta agua (pura) es una bendición del cielo que hay que saber agradecer a cada minuto. Bueno, como todo lo que encontramos en el camino porque los paisajes son impresionantes durante toda la caminata.

Allí dormimos en camarotes, donde había más grupos, casi todos extranjeros. Es un ambiente diferente, de camaradería, de tranquilidad y honestidad. Tú tienes todas tus cosas en la mochila, afuera de la cama y no hay problema. Conoces gente, hablas con otras personas y todos están felices, conectados y con la misma energía bella disfrutando un lugar tan bonito. Casi todos extranjeros, pero bueno, todo es felicidad. (Quisiera uno que hubiera más colombianos).

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Día dos

La levantada todos los días fue a las 5:30 am, pero igual nos acostábamos como a las 9pm por tarde, así que es suficiente. La comida fue más que deliciosa, nutritiva y hecha con amor. Con nosotros viaja un chef, Germán, que siempre nos consintió.

Este fue el día que más se caminóa (como 12 kms). Seis kilómetros en la mañana, con muchas subidas y bajadas, pasamos por un pueblo indígena llamado Mutanyi. Allí Jhoan nos contó sobre ls costumbres indígenas, las castas, a qué se dedican mujeres y hombre, cómo se visten, qué comen, etc. Alcanzamos a ver algunos niños en una quebrada bañándose: hermosos! sólo saben decir “dulces, dulces”, divinos. Al medio día almorzamos en un campamento indígena “Mumake”, al lado del río Buritaca. Allí estaba la mejor piscina natural de todas, que afortunadamente pudimos disfrutar mucho porque nos rindió cantidades la caminata (cabe anotar que mis dos compañeras, Vanessa y Catalina, son corredoras, así que el ejercicio hizo parte importante de este paseo). Disfrutamos paisajes, cada vez más cerrados, más vírgentes: montañas, valles, colinas, ríos, quebradas por todos lados, cuánta agua! qué bendición. Nos bañamos delicioso en ese río, almorzamos y arrancamos la segunda etapa del viaje, tal vez la subida más dura.

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Fueron otros seis kilómetros donde todos sacamos la garra para lograrlo. De bajada hacia el segundo campamento (y otros seis kilómetros) llovió un poco, pero qué delicia de lluvia porque refresca el calor y la humedad tan dura que sentimos todo el tiempo.

El segundo campamento de dormida se llama Teyuna. Ya aquí no hay energía eléctrica y las camas están más estropeadas (y sin almohada). No fue la mejor noche pero se agradece siempre tener dónde dormir, qué comer y cambiarse la ropa que siempre está mojada (la pijama viaja en bolsita zip-loc entonces siempre está seca 🙂

Día tres

El gran día: la subida a Ciudad Perdida. Atravesamos el río Buritaca (otra vez, es hermoso!), caminamos más o menos un ahora y llegamos a la gran subida: 1.200 escalones nos esperan para limpiar nuestros pensamientos y llegar a recibir lo que la montaña tenga para nosotros.

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Me adelanté un poco del grupo para hacer la subida en silencio, pensando en cómo me había hablado la montaña estos anteriores días: primero me regaló la lluvia (el primer día) que lo tomé como una limpieza de cuerpo y alma, y luego todo el camino se me “aparecieron” hojas, hojas de árboles, de plantas, de diferentes tamaños, colores, texturas. Siempre veía hojas y las relacionaba con algo, con alguien, como si muchas personas importantes de mi vida las hubiera “visto” a través de las hojas y así hubiera podido regalarles un pensamiento positivo.

Ahora estaba subiendo, esperando una señal de la montaña… y de pronto sólo pensé en una palabra: GRACIAS. Y comencé -genuinamente- a dar GRACIAS a Dios por estar aquí, por haber llegado hasta aquí, por tener la fortaleza física, espiritual y emocional para subir a este lugar sagrado. Dí gracias por mi vida, la de mi hijo y los seres que más amo, por el matrimonio tan feliz que tuve, di gracias sí, porque fui muy pero muy feliz, di gracias por la separación, por seguir adelante, por mi trabajo, mis sueños e ilusiones. Y de pronto había llegado, llegué a la Ciudad Perdida. Y descansé.

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Esperé mis compañeros y Jhoan nos contó la historia de esta población, de su grandeza, de cómo cayó y estuvo perdida por siglos, cómo la encontraron los saqueadores de tumbas (guaqueros), cómo la encontró el estado y luego el turismo. Fue un momento maravilloso… la recorrimos casi toda (lo que está despejado) hasta el punto más alto desde donde la vista es más hermosa. Estábamos ahí, no me lo podía creer. Nuevamente GRACIAS a Dios, a la montaña, a la vida, a todos los seres que me trajeron hasta aquí.

Como Jhoan, nuestro guía, fue criado por el mamo (es decir, el taita o cacique de los Kigui), logramos que nos recibiera. Él casi no habla con “turistas” (así nos llaman, en parte tienen razón), sólo habla con jóvenes estudiantes cuando vienen de colegios, para aconsejarlos y aprovechar su juventud para tratar de que hagan algo por su país y por la Sierra, obviamente.

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Entonces Romualdo, el mamo, nos recibió; y pudimos hacerle algunas preguntas y todas las contestó sabiamente. Es un ser que respira paz… nos dejó como en un trance… sólo con verlo se sentía una energía diferente, su mirada al infinito, su tono de voz suave, sus palabras encontrando el español adecuado para decirnos que mantuviéramos pensamientos positivos, que no viéramos televisión ni noticias malas, que había que mantener un equilibrio de cuerpo y mente. Al final nos regaló una pulsera o “aseguransa” como la llaman ellos, es como una protección extra de los Kogui. Cada pulsera tiene un mensaje que él va diciendo a cada uno. A mí me tocó “Montaña y tierra” (otra vez presente la montaña). Fui muy feliz, la más feliz. El momento final, el más bello, el cierre perfecto para comenzar nuestro descenso.

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Nos cargamos de energía allí y en un río de purificación que había allá arriba, en la Ciudad Perdida. Bajamos al campamento Teyuna, almorzamos y emprendimos la caminata de regreso hacia Mumake, el segundo campamento (donde almorzamos el día dos), para pasar la noche. Esa fue la tarde más increíble. Recién comenzamos la caminata, pasamos el río Buritaca y empezó a llover como sólo sabe llover por estos lares, a chuzos dirían por aquí, jarreando dirían en España, a cántaros dirían en otro lugar. El caso es que era aguacero o aguamil! Metidos en el monte, entre quebradas, bosque tupido, subidas y bajadas, llovía por los meses enteros de verano que acababa de pasar.

Por alguna razón cósmica me adelante del grupo y en medio del aguacero comencé a correr. No sé de dónde salió la energía pero corría y corría como en trance, como loca, una loca feliz. Subía una cuesta, la bajaba corriendo, corría las partes bajas y llovía y llovía (como dice la canción), hasta que un rayo me hizo entrar en razón! ¡estaban cayendo rayos muy cerca! ¡Qué susto! Así que decidí parar a esperar que llegara alguien del grupo. Tardó un rato per llegó Catalina y también la lluvia bajó un poco (y los rayos), así que seguimos caminando y corriendo hasta llegar al campamento. Nos bañamos y quedamos delicioso con repita seca para la cena y la charla de la noche.

Esa noche Yeison, el guía del otro grupo, nos estuvo contando sobre la historia o las historias de esta tierra maravillosa pero sufrida por las drogas y la violencia. Increíble… es nuestro propio país y sabemos tan poco de él, tantos conflictos por dinero (ilícito), por armas, marihuana, cocaína, tierras, por robarse los tesoros de los Tayrona… en fin. Pero esta tierra se está sanando, todos los guías alguna vez fueron cocaleros y mira, aquí están haciendo un mejor trabajo, por ellos, por su región, por sus familias. Y lo más bonito fue oírlo terminar diciendo que todo iba a mejorar, que cada vez era mejor. Qué optimismo para una persona que realmente ha sido tocada por la violencia de años y años de este país. Eso nos da esperanza a todos de creer que sí se puede cambiar para mejorar.

Día 4

A la mañana siguiente volvimos a madrugar y arrancamos nuestra caminata (ya casi toda corriendo, qué fiebre! jeje) hacia el campamento de Adán: allí comimos fruta, descansamos un poco y seguimos recogiendo nuestros pasos hacia El Mamey. Hubo sol y un poco de lluvia, el clima está cambiando y eso son buenas noticias para los campesinos y lo indígenas de la región. Más o menos hicimos 8 kilómetros.

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Llegamos a El Mamey a almorzar y allí, donde comenzamos, terminó nuestra jornada, tal vez con unos kilos menos en el cuerpo, pero de más en las maletas con la humedad y la mugre que llevábamos,

Pero lo mejor que nos dejó este viaje, para mí, fueron:

El equipo: Catalina, Vanessa, Daniel y Jhonatan. Y Jhoan nuestro guía. Fue una energía poderosa la que nos empujó a estar aquí viniendo todos de lugares distintos y tal vez con pretensiones diferentes. Pero aquí nos conectamos y nos apoyamos. Y reímos y gozamos. Fue mágico.

Los paisajes… majestuosos. Los planos de las montañas, una trayendo la otra y así hasta perderse (al fin y al cabo es la Sierra Nevada de Santa Marta). El monte, los árboles y quebradas, cada vez que nos adentrábamos más, más tupido, mejor conservado, más puro. los tonos de verde, infinitos. Las piedras, cuarzos por todos lados. El agua… pura.

El pasado y presente de los Tayrona… representados aquí por un asentamiento más antiguo que Machu Picchu y por una población Kogui que aún mantiene sus raíces. A pesar  la modernidad, de verse expuestos e interactuando con campesinos, con nacionales y extranjeros, ellos conservan lo más puro de su cultura, y eso es de verdad muy lindo.

Y así terminó esta travesía que quería compartir con el mundo, que me demostró de lo que soy capaz, que me hizo mejor persona y que espero repetir con ese equipazo en otros lugares de nuestro país.

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2 Comments

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  1. Mi querida Caro: te felicito por el lindo relato que hiciste, y te agradezco por compartir esa linda experiencia!!!! Abrazos!!!!Caro

  2. Con esa descripcion, viaje en pensamiento todo el recorrido. Hay un final y es con el rio buritaca como llega a morir al mar dando su agua dulce y tibia.

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