La alquimia de las montañas

A Caribe Atómico… para que sean muchas más montañas, muchos más presentes.

“Las montañas existen. Son una masa de árboles y de agua,
de una luz que se toca con los dedos, 
y de algo más que todavía no existe”.
Jaime Sabines

Foto de Sebastián Valencia

Cuando Daniel me dijo esa mañana que el lunes iríamos a la montaña, me llené de ilusión porque, a pesar de haber corrido y caminado muchas (o al menos eso creo yo, a lo mejor no son tantas), los Cerros Orientales siguen siendo un misterio, una diosa recostada a la orilla de la ciudad, una mujer sensual, medio ingenua medio incitadora, pero inexplorada para mí. Así que saber que iría a recorrerla con él, apasionado como yo por esas sensuales “masas de árboles y agua” -como bien dice el poeta-, y otros compañeros del Trail Run Colombia, fue mucha emoción y expectativa. Y aunque no me gusta para nada tener expectativas -porque son el autocomienzo de las decepciones- éste no fue el caso.

Ya sabes qué voy a decir ahora: AMÉ.

Amé conocer y dejarme sorprender por una(s) montaña(s) nueva(s), porque los Cerros son muchas montañas, porque éstas, más que otras, nacen todos los días y se reinventan con las horas. Desde la madrugada cuando iniciamos nuestro recorrido a las 4:30 am y hasta las 9:30am estuvimos acariciándola por diferentes partes de su cuerpo, y se nos mostró de tantas maneras… fue tímida al principio, resguardaba su belleza entre la oscuridad y la neblina, pero nos acarició deliciosamente todo el tiempo. No era frío lo que hacía, era una helada ternura, era perfecta.

Foto de Caribe Atómico

Luego -tímida como lo es siempre- se abrió por lugares, nos dejó ver la ciudad y algunos de los cerros cercanos: Monserrate, Guadalupe, el Aguanoso, era como si tuviera una seda que la cubriera y muy, muy sensualmente la apartara por momentos, para en un suspiro volver a cubrirse. Por instantes de presente nos dejó ver las veredas del Verjón Alto y el Hato, y se volvía a cubrir, y sonreía con esa mirada que decía: quiero que vengas más, que me recorras, que me toques y me acaricies. Te quiero. Aquí. Más.

Amé el agua que brotó de ella en forma de riachuelos, de cascadas, de solo el rumor en algún lugar cercano a nuestros cuerpos. Nos buscaba, nos perseguía con su humedad, nos acompañó silenciosamente. Amé el olor a bosque, a madrugada, a neblina, a virgen montañosa. Respirar a más de 3.000 metros de altura y entre tanto verde, te pone en otro estado, en uno más real. Cada bocanada de aire que necesitas para subir, correr, trepar o suspirar, te entra a los pulmones con toneladas de pureza, de oxígeno desbordado de bosque y cielo.

Foto de Caribe Atómico

Amé la compañía. Siempre he dicho que las carreras, en competencia o entrenamiento no son sólo la ruta. O mejor dicho, que la ruta no sería nada sin quién te acompaña en ella. Eso, o esa compañía, es la que la hace tan especial y memorable. Y Daniel, Sebastián, Carlos y Maryluz fueron una compañía muy especial. El sincretismo que se logra en un grupo que sale con la misma energía a la montaña, es pura magia de presente vivido, con sus ingredientes: día, hora, lugar, estado emocional, tiempo, camino, árboles, barro, cielo, luz, risas y sonrisas… ¿Quién decide los elementos que llevan a que una poción mágica se conviertan en alquimia pura? Dios, la montaña, los dos. La pregunta queda en el aire. La respuesta la sabemos los que estuvimos allí y sentimos cómo nos recorría la misma alegría al ver la cascada, la neblina, al sentir el frío y el calor en nuestros cuerpos, al reírnos con las ocurrencias de Daniel o las respuestas de Sebastián. Vamos armando un tejido invisible que nos une al lugar, a las sensaciones, a lo vivido y nos queda una hermosa manta llena de recuerdos de uno y del otro. Así, sin más, llevamos puesto otro traje de amistad, de montaña.Foto de Caribe Atómico

Amé los nombres de cada lugar visitado, algunos conocidos, otros bautizados por la Pandilla Atómica, pero todos con una historia detrás… Las delicias, la cruz, el camino del dragón, el bosque del silencio, la sala, la casita, las Moyas. Cada espacio representaba algo; para mí, un lugar del cuerpo, un espacio de vida por donde puedes deslizar suavemente los dedos y acariciar una piel suave, un tacto delicado como lo son todos los ecosistemas de la alta montaña.

Foto de Sebastián Valencia

Amé conectarme, sentir todo esto y tener deseos de escribirlo conforme salieron los pensamientos de mí. Amé imaginar a las montañas como mujeres, no sólo por el género de la palabra, sino porque lo que me produce su imagen, su forma, su textura: me encanta verlas y entonces quiero recorrerlas, admirarlas, respirarlas, descubrirlas, penetrarlas. Muchas veces, muchas. Porque son atractivas, fascinantes, son hechiceras de hombres y mujeres seducidos por ellas. Nada las detiene cuando se nos muestran como son y así las podemos ver, porque no todo el mundo las ve igual, pero podemos compartir su amor y su deseo con quienes quieran amarlas así, como lo describo. Foto de Caribe Atómico

Entonces se me ocurre: ¿No sería ese el amor real? ¿Poder compartir un sentimiento y un cuerpo sin ataduras, solo por puro AMOR, por generosidad, sin dañar ni lastimar?. Lo que nos hace feliz a nosotros puede hacer feliz a alguien más. Es el principio del compartir… pero bueno, esa es otra disertación, probablemente más profunda y oscura dentro de la sociedad en que vivimos.

Foto de Sebastián Valencia

Después de escribir esto lo vuelvo a leer y siento que la pasión de correr viene de mi amor por las montañas, inculcado por mi padre desde que era una niña y ahora revivido en un presente que no quiero que se me acabe. Por eso me gusta recorrer caminos, ya sea caminando o ahora corriendo. Porque amo sentir la tierra debajo de mis pies, amo ver y descubrir paisajes nuevos o ya conocidos, amo compartir (o que me compartan) el amor por ellas con otros. Amo el cielo que nace con cada montaña. Son ellas un amor real.

Les dejo el poema completo de Jaime Sabines (México, 1926-1999), regalo de mi hermana MC, que describe perfectamente su lugar e importancia en el mundo, en nuestro mundo de amantes de las montañas.

Las fotos son de mis compañeros de viaje, Caribe Atómico y Sebastián Valencia. Gracias chicos por sus sonrisas, por su cuidado y por compartir con nosotros su amor por las montañas.

“LAS MONTAÑAS” 
Las montañas existen. Son una masa de árboles y de agua,
de una luz que se toca con los dedos,
y de algo más que todavía no existe.

Penetradas del aire más solemne,
nada como ellas para ser la tierra,
siglos de amor ensimismado, absorto
en la creación y muerte de sus hojas.

A punto de caer sobre los hombres,
milagro de equilibrio, permanecen
en su mismo lugar, caen hacia arriba,

dentro de sí, se abrazan, el cielo las sostienes,
les llega el día, la noche, los rumores,
pasan las nubes, y ríos, y tormentas,
guardan sombras que crecen escondidas
entre bambúes líricos, dan el pecho
a limones increíbles, pastorean arbustos y zacates,
duermen de pie sobre su propio sueño
de madera, de leche, de humedades.

Aquí Dios se detuvo, se detiene,
se abstiene de sí mismo, se complace.

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