La joya escondida del Guavio

“Somos el resultado de los libros que leemos, los cafés que disfrutamos, los viajes que hacemos y las personas que amamos” -Airton Ortiz

Para mis compañeros favoritos de viajes y montañas, Catalina y Andrés.

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Estas vacaciones de mitad de año han sido las más productivas para mi enorme pasión de viajar, correr y subir montañas. Primero estuve en Providencia, luego en Iguaque (pendiente post para hablar de este mágico lugar) y luego me fui a correr con mi amiga Catalina a Gachalá, una pequeña población del departamento de Cundinamarca, enclavada en la región del Guavio.  Yo ya había estado allí el año pasado, corriendo también, con mi amigo y coach Andrés, y había quedado enamorada del lugar (no sé por qué no lo escribí esa vez). Ahora quise llevar a Catalina para que se maravillara -tanto como yo- de este sitio, del paisaje y, sobre todo, de las montañas. Ya verán por qué.

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Diciembre de 2016
Pero antes los voy a situar: Gachalá está al este del departamento de Cundinamarca, límite con Boyacá. Tiene cerca de 6.500 habitantes, y sus dos grandes atractivos -para mí- son la represa del Guavio, una mega obra de ingeniería de los años ’80 que está sumergida en un cañón, y su ubicación geográfica a una altura de 1.700 m.s.n.m. que la hace tener un clima calientito de día, de noche más templado, pero delicioso para correr, para sentirse en clima caliente y tomarse una que otra cervecita fría en el parque principal, junto con un buen pollo a la broaster 🙂

“Gachalá” (cómo me gustan las palabras con ‘ch’) es un vocablo indígena que significa “vasija de barro”. Bellísimo… un lugar que fue habitado por los indios Chíos de la comunidad Chibcha. Otro dato de interés general es que es una zona minera, y en una de sus hermosas montañas fue donde se encontró “La Emilia”, la esmeralda más grande del mundo descubierta hasta la fecha y símbolo de la región del Guavio.

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Esta pequeña población también hace parte de los municipios que integran “La ruta del agua II”. Durante el recorrido a Gachalá vimos estos anuncios sin saber de qué se trataba, pero investigué y se trata de un proyecto del departamento de Cundinamarca donde también están los municipios de Guasca, Gachetá, Junín y Ubalá. Es una de las apuestas de turismo sostenible que tiene el gobierno departamental porque estos territorios surten de agua a Bogotá, y también por su increíble flora y fauna. Ojalá sí sea así… ejem…

Bueno, ya sabemos del lugar, ahora, a lo que vinimos…

Vámonos de paseo

Para llegar a Gachalá hay que recorrer 148 kilómetros desde Bogotá. Nosotras salimos un sábado como a las 8:30 am de La Calera vía Guasca. Para los que conocen ya saben lo lindo que es este paisaje, así que ya íbamos felices. Después de Guasca se comienza a subir las cuchillas de Siecha desde donde -si está despejado- se tiene una panorámica del PNN Chingaza impresionante. Pero casi siempre está nublado por lo que se encuentra a 3.700 m.s.n.m. y esta vez no fue la excepción.

Una vez pasamos el páramo de Guasca comenzamos a bajar; la temperatura cambió y el paisaje se convirtió en un sin fin de montañas que nos acompañaron de ambos lados todo el tiempo. Cañones, rocas, cascadas y cerros escarpados. Íbamos felices mirando de un lado a otro y con las ventanas abajo, ¡qué delicia el calorcito!

La siguientes poblaciones fueron Sueva, Gachetá, Junín y Ubalá, todos municipios desconocidos para nosotras, pero muy pintorescos. Hasta este punto la carretera estaba asfaltada pero en mal estado, lo que hizo que fuéramos muy despacio cuidando el carrito (mi patrimonio, como siempre digo, jeje). A partir de Gachetá la carretera ya fue toda destapada pero digamos que transitable, y lo mejor de todo fue el paisaje… se abrió ante nosotros la represa del Guavio con sus aguas verde esmeralda y rompiendo con el esquema normal de una represa (laguna circular). No. El Guavio es como una serpiente dentro de un cañón… no termina. Paramos a tomarnos fotos y ella, la represa, se metía por entre las montañas sinuosamente, regalándole al paisaje un color que no podremos olvidar fácilmente. De hecho, eso fue lo más me enamoró la primera vez que fui y sigue siendo así. El agua metida entre las montañas y el color.

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Llegamos hacia el medio día, buscamos hotel (solo hay tres en el pueblo, muy sencillitos pero bonitos), y nos fuimos a almorzar al restaurante y piqueteadero Donde Alvarín, a unas dos cuadras del parque principal. Recomendadísimo. Punto de operaciones de ahí en adelante para todo lo que fue alimentación de deportistas de alto rendimiento, jeje.

Fuimos al hotel, descansamos, nos cambiamos y… ¡nos fuimos a correr!. La felicidad nos invadía de una manera loca. Cualquiera que ame las montañas, que sea caminante o corredor entiende esta sensación dentro del cuerpo que te habita y te domina. Ansias locas de ser feliz.

Salimos e hicimos un recorrido corto siguiendo unos avisos de “rutas” que tiene Corpoguavio en diferentes lugares del pueblo. Desafortunadamente los avisos o las rutas no están actualizadas. Por señas de algunos campesinos bordeamos un pedazo de carretera, nos metimos por una trocha embarradísima y salimos a orillas de la represa por Las cabañas El Jazmín.

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La vista era embriagadora… sol de la tarde, el más bello, el color verde del agua, la luz entre los árboles. Volvimos al pueblo y bajamos hasta el puerto de donde salen las barquitas de Corpoguavio en horarios específicos a diferentes poblaciones vecinas y cerca a la represa. Es un gran paseo y gratis. La vez pasada lo hice y es una belleza recorrer por el agua la represa y asombrarse -aún más- de la inmensidad de ésta y de sus montañas. Al final fueron como siete kilómetros, calentamiento perfecto para el día siguiente que nos esperaba una gran montaña.

Volvimos al hotel, cenamos el pollito broaster al lado del parque, brindamos por la amistad, por las bendiciones que significan estar aquí, amar la naturaleza, tener un cuerpo que responde, poder conocer estos lugares y maravillarse con sus paisajes. Son más los privilegios pero brindamos por estos.

La joya del Guavio: las vistas

A la mañana siguiente desayunamos en nuestro centro de operaciones alimenticias: huevitos, pan y café, reposamos y “a por la montaña”.

Debo decir que este recorrido fue un regalo que me hizo Andrés la vez pasada que vine y voy a contar el por qué. Esa vez, cuando veníamos bajando a cruzar la represa por el túnel, vimos una montaña enorme enfrente, todo el borde de pinos, tan cerca y a la vez tan lejos, y yo solo pude decir: “Andrés, cómo se subirá a esa montaña, ¡es bellísima!”, pero no teníamos ni idea. Al llegar esa vez al parque del pueblo nos dimos cuenta de que hacía parte de una de las rutas demarcadas por Corpoguavio y Andrés dijo: “vamos a hacerla”. Felicidad total. Como ya dije, no están claros los caminos, así que preguntando y gracias a la gran orientación de mi amigo logramos llegar a esa cima. Yo no puedo explicar con palabras lo que fue ver esa represa enclavada en esas montañas desde ese lugar. Nunca lo olvidaré… y por eso volví y con alguien que quiero tanto como Catalina, porque es un lugar al que solo se puede llevar gente que quieras y que se conecte directamente con esa energía que desborda un vista como ésta.

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Comenzamos el carreteable de unos 3,5 kms -en subida- que ya fueron calentando el ambiente (y las piernas), y en un punto comenzamos a subir en forma la montaña; primero por unas huellas y luego por una trocha que -esta vez, todo hay que decirlo- estaba señalizada. Fueron unos 600 mts de subir casi a gatas (de hecho el GPS se paró y en la altimetría parece que hubiéramos subido en ascensor, jeje), hasta llegar a la joya de la corona a 2.270 m.s.n.m. Si recordamos que veníamos de 1.700 entenderán que la vegetación cambió drástica y bellísimamente.

Captura de pantalla 2017-08-10 a las 10.13.44 p.m.

De hecho, durante el camino de subida, tuvimos la oportunidad de ver una bandada de pájaros azules, grandes, que cantaban hermoso. Nos quedamos extasiadas oyéndolos y viéndolos… fue un momento muy especial porque ninguna de las dos había visto antes esos pájaros. Fue felicidad pura.

Al llegar a la cima vimos el paisaje, tomamos fotos y algo muy especial que pasó es que el paisaje fue otro totalmente diferente al que había visto la otra vez. Mi primera visita fue en noviembre, era verano, las montañas estaban limpias y todo el camino tuvimos un cielo azulísimo con mucho sol. Esta vez era invierno, las montañas estaban verdísimas, cargadas de vida, de vegetación y el cielo fue una cosa loca: la neblina se deslizaba por las montañas y el color blanco del firmamento le dio un tono más plateado al agua que antes no había visto. Fue un paisaje totalmente diferente pero igual de hermoso. Me gustó. No podría escoger entre los dos.

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La bajada fue intensa porque había mucho barro y “nos dimos garra” saltando huecos hasta que el barro nos dio a los tobillos. Nos resbalamos y patinamos mil veces. Corrimos felices. Fueron 15 kilómetros de felicidad.

Esta vez no alcanzamos a hacer el viaje en barquito porque preferimos correr, pero estoy segura de que volveremos muchas otra veces. A amar las montañas, a descubrir más rutas, a llevar a los amigos que vibran con este tipo de lugares y este tipo de actividad.

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Termino diciendo que Gachalá y sus alrededores valen mucho la pena; la gente es amable, la comida y el hotel son baratos, la carretera está un poco mala pero el paisaje lo compensa, de veras, y se conoce un poco más de nuestro hermoso país. Este lugar es como la Emilia: una esmeralda escondida en el corazón de Colombia, y sin duda un destino turístico para pasear, para aventurarse, descansar y sobre todo, correr sus hermosas montañas.

Siempre tendré deseos de volver…

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