La montaña más real

Para Sebastián, Samuel y Daniel… los mejores pandilleros del mundo mundial.

Cuando estoy corriendo una carrera, o conociendo una ruta, o enamorándome de una montaña, en algún momento del camino comienzo a pensar en escribir esto, esto que dejo aquí en palabras e imágenes, días después de haberlo vivido y decantado. Eso fue lo que necesité con la Ultra Trail Parque de los Nevados. Fue tan intenso lo que viví, lo que disfruté y a la vez sufrí, que necesitaba dejar que esa memoria recorriera mi cuerpo y mi mente esta semana. Y esta noche, al leer la crónica de Caribe Atómico (compañero de viaje y de letras) se disparan las emociones como las viví yo, muy cerca de las que vivió él y el resto de la Pandilla Atómica, y se me salen por los poros. Aquí están.

Casi siempre me gusta dividir mis crónicas en momentos, en imágenes que me permiten narrar o describir lo que más me llega al corazón. Esta no es la excepción. Ultra Trail Parque de los Nevados me deja tres momentos que llevaré clavados en la memoria poética que es la que no se olvida, la que ponemos en un cajoncito y de vez en cuando abrimos para traer nuevamente esos instantes que nos hicieron inmensamente felices.

La montaña

 

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Como siempre, la primera emoción y la que más me llena el cuerpo entero, sobre todo el corazón. Sólo que esta sí fue la verdadera montaña… yo, que creía que había corrido en montaña, en altura, que el fin de semana antes de la carrera subí a Chingaza a correr a 3.600 msnm, no sabía todavía lo que era la montaña, hasta llegar a esta aventura y subir a 4.200 msnm, con ascenso el segundo día de 2.400 metros de desnivel positivo.

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¿Qué quiere decir eso? A veces los corredores nos ponemos tan “técnicos” con lo de los metros, los desniveles, la altura y la velocidad… pues eso quiere decir que tuvimos al hermoso Nevado del Ruiz cerca, muy cerca. Eso quiere decir que corrimos entre páramos y más alto que páramos, entre frailejones, pajonales y mucha agua. El Parque nacional natural Los Nevados, emblema de la cordillera central de los Andes colombianos, nos regaló las más hermosas imágenes que me llevo para mí detrás de los párpados: montañas imponentes, cañones, paredes de piedra y tierra, mesetas perfectas, árboles con formas de nubes, o mejor, con las formas que le encontramos a las nubes; agua, mucha agua, una hermosa cascada de agua, de amor, de energía. Las nubes mezcladas con la tierra, con los verdes de la montaña, la luz blanca de estar más cerca del cielo, la lluvia horizontal que lava, siempre lava alma, cuerpo y corazón. Y la nieve. Sí, nieve… copitos de nieve que parecían luciérnagas juguetonas. Cuando fui consciente de que estaban ahí, pensé que era una alucinación porque estaba muerta de frío, mojada y sin sentir los dedos de las manos, pero una imagen como ésta recupera la vida y la energía de cualquier ser humano que sienta algo por el lugar tan maravilloso donde vive. Esta tierra no para de darnos sorpresas y ver nevar fue la más grata de ellas.

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Llegar a la cima del primer día con el cráter de La Olleta detrás, todo nevado, fue un gran regalo para los primeros 15 kilómetros de la carrera. Y el segundo día, después de sufrir y padecer -no exagero- 21 kilómetros, ver aparecer al gran Nevado del Ruiz, ese que había visto solo en fotografías, en el colegio en la clase de geografía, o desde el avión cuando voy a Armenia o a Cali. Ahí estaba, lo sentía a metros de mí, sentí genuinamente el momento en que me disparó la energía suficiente para no renunciar a la carrera.

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Foto UTpLN
Por esas montañas, esos paisajes y esas imágenes que me quedaron tatuadas en el corazón repetiría esta carrera todos los años. Todo lo demás: sueño, hambre, frío, humedad, cansancio, nada de eso existe esta noche de sábado. Sólo el amor por esas montañas sobrevivirá hasta el recuerdo de esta crónica que son solo palabras que al final se perderán. Ya no se las lleva el viento sino que se pierden en la red, jeje.

El reto

Nunca había corrido más de 24 kilómetros, menos dos días seguidos, mucho menos a más de 4.000 msnm. La UTpLN fue una carrera de dos días: 15 kilómetros el primero y 25 kilómetros el segundo, que me exigieron dar todo lo que tenía. Y todo lo di, todo quedó allí. Y me siento feliz y orgullosa de que hubiera sido así. No hubo podio (quedé de cuarta), pero mis medallas de finisher dicen mucho más por las condiciones en que tuve que correr, por la exigencia física y mental que supuso una carrera así, y porque me demuestra que soy capaz de más y me prepara para mi reto del 2018: el Cruce Columbia.

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Y sí, hice la prueba de carrera meses antes; de hecho corrí 15K un día, 25K al otro y como era festivo otros 15K al siguiente día. Perfecto. Sólo falta aclarar dos puntos que me restaron tal vez más del 50% de mi energía. 1. Me dio una gripa bestial la semana antes de la carrera y eso bajó mi nivel un montón, pero nunca mi disposición de hacerla y terminarla. Y 2. Las condiciones tan duras de la carrera. No se durmió bien porque ambos días arrancaron a las 3:00 am, por ende no se desayunó bien. El viaje interminable de la Chiva del primer día, ida y vuelta más de siete horas ya lo deja a uno destruido y, por supuesto, la altura. Ya me había dicho Daniel que era como correr con grilletes en las piernas y literalmente lo sentí así el segundo día: era como si arrastrara el peso de mi conciencia o algo peor (jajaja). No podía correr por más de que lo intentara, y cuando corría sentía como un efecto narcótico y me entraba el sueño; corrí dormida unos metros varias veces. Lo escribo y me da risa, pero en ese momento fue agotador, desgastador, quería encontrar el carro de la Defensa Civil y retirarme, me daba rabia sentirme tan disminuida por un carreteable que no acaba, tenía las manos congeladas (y los guantes en la bolsa con la ropa de cambio en el punto de llegada, bestia total).

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Hasta que llegué al kilómetro 21 y vi el Nevado -nevado- frente a mí. Ahí estaba Oscar Mahecha (del equipo organizador de la carrera) con una camioneta y me dijo: ¿Vas a seguir o renuncias? Sin mirarlo, con mis ojos clavados en el Ruiz le dije: ¿Cómo crees que después de esta imagen voy a renunciar?… obvio que sigo.

Y así fue. Seguí, corrí feliz, recuperé el calor perdido, me gocé esos últimos 5 kilómetros y aunque me perdí y tuve que hacer como dos kilómetros más, me lo gocé, volví a encontrar el sentido de estar ahí, estaba ansiosa por llegar y demostrarme de qué estaba hecha. Al llegar, el abrazo de mis pandilleros fue la medalla que más esperaba.

La amistad

Entonces aquí viene mi tercer momento favorito de esta aventura. La amistad de la Pandilla Atómica, tres seres únicos e irrepetibles que se cruzaron en mi vida hace unos meses y de vez en cuando la ponen patas arriba.

Con ellos hice un viaje de locos en carro Bogotá – Manizales – Bogotá, más de 600 kilómetros en un fin de semana (de viernes a lunes). Con ellos pasé tres días de solo risas y música. Paseamos, comimos, corrimos, compartimos cuarto y baño, con ellos disfruté de esta aventura, nos abrazamos cada día, nos deseamos suerte, nos alegramos por la llegada de todos, nos cuidamos unos a otros. Yo los cuidé como mamá que soy y ellos me cuidaron como hermanos mayores. Con ellos fui inmensamente feliz, fue como desconectarme de la vida real y vivir una paralela, una comedia donde todo lo que pasa puede ser susceptible a empeorar pero para morirse de la risa, para buscarle el lado divertido, para que duela la barriga de las ocurrencias y las carcajadas que salen de todos, hasta de mí.

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Cada uno me hizo feliz y me hizo sentir especial en algún momento, o se aprovechó de ese momento para reírse de mí. No importa, nos reímos todos. “¡Qué necedad!”. Estos tres personajes son como un sol de verano, ese calientito que te gusta sentir en la piel porque te hace bien. Ellos me hacen bien, me contagian su alegría, la que me conecta vía directa con la felicidad en un eterno presente. Gracias chicos, de verdad. En este mismo presente los quiero. En el pasado los extraño y para el futuro me harán falta. Pero no se olviden de mí 🙂

Y termino mencionando también a nuestro querido John “el gringo” que nos soportó en el viaje de ida, a Roshy, campeona de trail y de canto (por favor, preséntate a La Voz) y Nico con sus salidas que alborotaban más a Samuel y Sebastián. Gracias de verdad, amé vivir con ustedes esta carrera tan especial.

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Amé la carrera, la montaña, el reto y la amistad. Quiero más de todo esto.

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