Falta un Cocuy pa’ las Doce

Hasta hace poco, yo pensaba que en mi vida había tomado algunos riesgos, que había hecho una que otra aventura. Recuerdo que por allá en 1998 me fui con unos amigos a Golfo Tortuga (un lugar desconocido en el Pacífico, donde además contraje malaria, jeje). En esa época también montaba bicicleta de montaña y me hice un par de travesías con mi amigo Julio Pérez por la cordillera occidental, para ese momento plagada de guerrilla, pero nosotros éramos felices rodando entre monte, montaña, río y cascadas. Para la pasión solo necesita un empujoncito. Y ya.

Luego vino una época sosegada de trabajo, matrimonio e hijo, pero la “piquiña” por conocer, aventurarme, arriesgar, nunca me dejó. Todas las veces que pude, embarqué a la familia en aventuras como ir a la Patagonia Argentina (“kayakiando” el estrecho de Drake) o hacer el Camino Inca en Perú (cinco días de trekking hasta llegar a Machu Pichu). Luego -ya sola- seguí explorando y me fui para Ciudad Perdida, donde se me despertó la pasión por el trail running, y en 2017 hice el Camino de Santiago sola, más de 900 kilómetros.

Después Dani Caribe Atómico apareció en mi vida y desde ese día ya solo es de aventuras, travesías y una que otra locura, muchas de ellas narradas en este blog. Pero la que voy a contar ahora es la que me hizo darme cuenta que -hasta ahora- no había hecho nada, o casi nada, que pusiera realmente mi capacidad física y mental a prueba. Lo mejor: que no será la última.

La planeación

Ya dije que Dani se la pasa haciendo locuras, travesías, aventuras, como se les quiera llamar y a todas me invita. Y yo -en muchas ocasiones, más de las que él quisiera- me la paso diciéndole que no, que no es necesario, que yo voy y lo espero, que lo recojo, que pa qué, que yo no puedo, etc. Lo que él llamaría “excusas”.

Una de esas “locuras”, fue la idea de venir hasta El Cocuy (Boyacá) en bicicleta, los dos solos. Todo el año negándome a las otras veinte… no pude más que decir que sí. Y pensé: qué más da, eso tiene un pedazo duro pero llegando al pueblo (en 2015 había venido en carro, ¡ja!), vamos a mi ritmo, no es competencia, bla bla bla. Básicamente dije sí porque salir en bici es una delicia, porque igual me pasé el año diciéndole que no me “sacaba” y pues esta era la oportunidad, así fuera salvaje. Pero lo más importante, porque me encanta su compañía y no hay otra persona con la que me la pase mejor que con él.

Me metí al Strava (aplicación de deportistas para guardar entrenamientos, medir distancias y crear rutas), creé la ruta La Calera – El Cocuy en tres etapas, más o menos de 100 kms y un poco más los dos primeros días y el último de 80kms -por lo que era la subida del cañón-. ¡Ay! qué pesar de Carolina… sin detenerse en las altimetrías con rigor… pero, ¿de qué me hubiera servido el rigor con la cabeza dura del Atómico? De nada, créanme. 

Bicicleta lista, implementos de desvare listos, hidratación lista y una mini maleta en la espalda que llevaba lo básico: impermeable y un saco ligero, una muda para dormir, cepillo de dientes, crema para protegerse del sol, algo de papel higiénico, una toalla de rápido secado, unas chanclas, los documentos personales, dinero en efectivo… mmmm… ya no parece tan mini maleta, pero bueno, era lo que había que llevar, y se llevó.

Etapa 1

Arrancamos el 27 de diciembre a las 6:30 am por el hermoso valle de Sopó. Montar la bicicleta para mí es como volar, y este vuelo me iba a llevar más lejos de lo que nunca había montado (mi máximo habían sido 100kms en la travesía Sin Tripas Corazón, y en terreno plano). 

Por esta vía solo había llegado como 10kms antes de la entrada a Suesca, así que cuando cruzamos esa línea imaginaria asumí que mi travesía había comenzado. Paramos en el punte del Sisga -a la foto oficial del evento- y comenzamos a ver nubes negras, bien negras… paramos en la entrada a Machetá a tomarnos un caldito de costilla y se largó el agua… nos llovió un buen rato, el suficiente para mojarnos completicos, pero bueno, son gajes del oficio. Lo malo fue que Dani comenzó a estornudar y no paró hasta llegar a Tunja. En serio.

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El camino fue lindo, mucho columpios, algunas subidas interminables pero las bajadas compensaban porque eran tendidas, no muy inclinadas. Las montañas a la izquierda, cerquita y el paisaje que se abría a la derecha… qué bello ir en la bici y disfrutar de tantos detalles. Nos comentábamos avisos de tienda, nos burlábamos de la pinta de la gente, nos entristecían los perros muertos a la orilla de la carretera… pero al final todo el tiempo era un espacio de conexión con la tierra, la verdadera tierra y de conexión entre nosotros, de crear un nuevo lenguaje para decirnos las cosas, para asombrarnos con los planos de las montañas, con la cortina de agua que pasaba a lo lejos, con los pájaros apostados en las cuerdas de la luz.

Paramos en el Puente de Boyacá, también para la consabida foto y arrancó la última subida hasta llegar a Tunja. Qué pesar que la entrada sea tan fea… todo talleres y basureros de carros, desde ahí ya no se ayuda. Conseguimos un hotelito muy bueno, con agua caliente (requisito) y la bañada fue… ufff!!! casi no salgo. Lavé las camisetas y las pusimos a secar con la tele encendida, a ver si servía de algo, jeje. Salimos a comer y nos acostamos tempranito, estábamos cansados y la jornada siguiente sería más difícil.

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Hasta allí hicimos 132 kms con 1.795 metros de desnivel positivo. Esto, para quienes no dominan los deportes que suben 🙂 quiere decir que se subió esa cantidad de metros durante el recorrido, con las diferentes subidas que hubo, las cuales se ven en la altimetría.

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Etapa 2

28 de diciembre. Poner las posaderas nuevamente en el sillín no fue fácil, pero solo necesité 500 mts para sentirme a gusto. Debo contar que un día antes del viaje me compré el súper sillín, para chica, que ubica perfectamente toda la “mecánica” femenina. Eso no quiere decir que no duela sentarse, pero duele menos.

Arrancamos felices… 200 mts, Caribe pinchado. Despinchamos en la increíble plaza de Tunja que apenas despertaba a esa hora, pero era increíble porque el cielo estaba todo azul, como los cielos que recordaba de Salamanca, ¡bellísimos!

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Una vez cambiado el neumático arrancamos y comenzamos a rodar por una carretera preciosa, tranquila, con berma suficiente para ir seguros aunque, quiero hacer la aclaración -por si no lo saben-, según las normas de tránsito el ciclista debería ir por la vía y ocupar carril, pero en este país (y muchos otros) eso es arriesgar la vida, así que mejor metiditos en la berma.

Los paisajes del departamento de Boyacá son preciosos, cómo disfruté de la luminosidad con que se veían esas hermosas y verdes montañas, tupidas como una colcha de retazos por la variedad de la siembra, y adornadas con la imagen de los campesinos aún “enruanados”, o sea, que usan ruanas, un tipo de poncho de lana, típico de este departamento.

Paramos en Cómbita a desayunar: caldo de costilla, huevos, envuelto de maíz, chocolate y pan. Que no se diga que no se alimentan. Y de ahí hasta Duitama donde Dani volvió a pinchar. Gajes del oficio.

A partir de ese momento la vía se hizo más pequeña, menos señalizada y comenzó el primer ascenso del día a Santa Rosa de Viterbo, un hermoso pueblo enclavado en la mitad de muchas montañas, donde -además- nació el Palomo, el famoso caballo de Bolívar. Allí aprovechamos para almorzar, porque se venía otro ascenso duro y -como dice Dani- se necesitaba fuerza en la raíz del cacho.

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Comenzamos a subir, y a subir, y a subir… interminable, con algunas curvas muy duras pero que afortunadamente compensaban con el paisaje y la grata compañía. Dani trataba de darme ánimos, a veces no con mucho éxito, pero la intención es lo que cuenta.

Subimos a Cerinza, bajamos a Belén y volvimos a subir por mil horas, a la vereda Caracoles Alto, el punto más alto de la ruta (3.300 msnm) a las 5pm. Tarde, y no era la última subida: faltaban 20 kms más, con intervalos entre los 3 mil y 3 mil doscientos metros de altura. Las fuerzas ya me vencían y me comenzó un dolor en el talón de Aquiles de la pierna derecha cada vez que pedaleaba. El paso por el páramo de Canuto (así nos dijeron unos campesinos que se llamaba) un lugar que recordaba como mágico, sacado como de una película por la cantidad de frailejones, se me hizo interminable, y en la oscuridad peor. Completa penumbra nos cobijaba en ese momento; solo era la luz de las frontales, la de Dani mejor que la mío, y el resto como una boca de lobo, como un cuarto oscuro. Hasta que comenzó la bajada, pero con esa noche tan metida se volvió peligroso y la carretera sin señalizar y llena de huecos. Entonces se nos “apareció” Susacón, un pueblito antes de Soatá (que era a donde pensábamos llegar) y entramos.

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Solo había un hospedaje, que a su vez era la tienda del pueblo, con un cuarto y un baño privado SIN AGUA CALIENTE. No crean, lo pensé amargamente antes de decidir… o 20 kms más de bajada, cansadísima, helada y con hambre, o quedarnos. Nos quedamos. Estaba destruida, me dolían partes del cuerpo que no sabían que dolían, solo quería dormir.

Esta etapa fue de 142 kms con 2.148 de desnivel, o sea el doble de la primera. El talón me molestaba, la espalda (por la posición prolongada), mejor dicho, tenía que dormir a ver si me sentía mejor.

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Etapa 3

29 de diciembre. Esa noche no comimos bien y tampoco dormimos bien. A las 3am nos despertó un perro ladrándole a su sombra, el cual despertó a un gallo que cantó hasta las 5am. Y a las 5am el dueño del lugar se puso a conversar en el patio (donde estaba nuestro cuarto). Yo no quería pararme, no estaba segura de poder seguir. Me dolía el talón, las piernas, las nalgas, todo. Tenía la moral a la baja, pero Dani intentaba por todos los medios (amorosos, desde luego) de convencerme de que yo era capaz. Y -otra vez- dije que sí.

Nos montamos en las burras (o sea las bicis) y a pedalear. ¡Ay! ¡Cómo duele esa primera sentada! Pero así se va cogiendo callo. Lo que vino en adelante fue bajada con algunos columpios hasta Soatá (y la vía con muchos baches, lo cual en bici de ruta se siente horrible) y una vez en Soatá la bajada más salvaje hasta Puente Pinzón. Casi 10 kms con 700 mts de desnivel negativo.

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En Puente Pinzón pasamos el río Chicamocha, señal de que comenzábamos la subida del cañón, la etapa más dura de la travesía. Nos tomamos fotos, un juguito de mora y arrancamos a subir… Eran casi las 12 del día, el sol inclemente, el ascenso parejo, velocidad 0, vegetación de desierto, el sol quemando y desgastando, cada pedaleada dolía, sobre todo el talón derecho, y las piernas recordaban los 300 kilómetros que ya llevaban. Media hora después solo habíamos avanzado 5 kms. No iba a llegar, quería parar. Dani trató de animarme diciéndome que así no llegaríamos, lo cual no sirvió, teniendo en cuenta el cansancio y mis cuentas del día anterior, que por ir despacio nos cogió la noche. Entonces el comentario no animó. Sentir esa presión, esa responsabilidad de tener que ir más rápido sin tener con qué… “porque sino no llegamos”, como la etapa anterior… no podía, no pude. Hasta ahí llegó mi ruta. No mi travesía, pero sí la opción de llegar en bicicleta.

Me subí al carro, que en ese momento ya nos había alcanzado y me fui escoltando a Daniel por siete horas más. Al principio muy enojada con él (y él conmigo), por meterme en estas vacalocas, por no ayudarme, por ayudarme, pero sobre todo conmigo misma por no haber podido, por haberme rendido, por no estar lista, por todo. Pero poco a poco, despacio, con calma, fui entendiendo que seguía siendo nuestra travesía, que éste era el regalo que él quería darme: disfrutar como él de la bici, de los paisales, de “sufrir” y amar la montaña, que no éramos iguales ni en fuerza física ni mental, estábamos juntos en esto, era NUESTRA travesía y ESO era lo más importante.

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Durante esos 80 kilómetros faltantes lo vi sufrir, pedalear con toda; veía su piel tostada con ese sol inclemente, pero la mirada fija adelante. No se iba a rendir, él no sabe lo que es eso, él está hecho de otro material que claramente yo no tengo. Ninguna de las dos opciones son malas, simplemente son diferentes miradas de la vida, y mientras lo veía pedalear con tanto tezón, lo entendía y me entendía, y me reconciliaba conmigo misma por no haberlo logrado. Tal vez esa no era mi meta, mi meta era intentarlo, hacer más de 100 kilómetros un día ya era una meta para mí, y a en ese punto llevar 308 kilómetros era superar cualquier meta. De ahí la importancia de conocerse al interior, pero entender al otro: Dani a mí y yo a él.

Así llegamos juntos a El Cocuy, 7:30 de la noche. Él estaba tan feliz… era otro reto más que completaba, probablemente nunca vaya a saber lo que es rendirse, pero esa es su personalidad. La mía no, la mía es cuidarme y soltar lo que ya no me haga feliz. Por supuesto es otro tipo de felicidad, y Dani también sufre, pero a su modo está feliz con ese sufrimiento. Y tiene más callo, definitivamente.  

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Esta última etapa para mí fue de 33 kilómetros, con 400 mts de desnivel positivo. En total hice unos 308 kilómetros con 4.350 mts de desnivel. Y ya.

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Después de la bici, estuvimos un par de días en El Cocuy, donde el 31 de diciembre hicimos el ascenso al pico Pan de Azúcar, en el PNN El Cocuy, pero ese viaje, por la belleza e inmensidad de las montañas, por lo que significó terminar el año en un lugar tan poderoso, merece un artículo aparte.

También hay videos de la travesía.

https://youtu.be/bLxlcFmCKLQ

https://youtu.be/zURfbt8Jxyo

One Comment

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  1. Dejame decirte que Eres una guapa

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