De la soledad y otras libertades

“El amor auténtico debería fundarse en el reconocimiento recíproco de dos libertades; cada uno de los amantes se probaría entonces como sí mismo y como el otro; ninguno abdicaría su trascendencia, ninguno se mutilaría; ambos desvelarían juntos en el mundo valores y fines”.

Simone de Beauvoir

Esta mañana salí a correr. Me fui a grabar paisajes sonoros -mi nuevo pasatiempo favorito- y a re-descubrir una ruta que me recordó alguien a quien quiero mucho y que espero verle ahí el próximo domingo.

Corrí sola, como siempre o casi siempre, como corro cuando no estoy con el Atómico. Como corría antes del Atómico. Voy conmigo y mis pensamientos que ya -créanme- son muchos pasajeros.

Los sonidos propios del amanecer en la montaña me traían absorta, extasiada, cada vez que me adentraba al sendero estrecho, escuchaba más nítido el canto de los pájaros, sus juegos y aleteos en los arbustos, alguna vaca llamando a su ternero desde lejos, una gallina avisando que ya estaba listo el huevo, un gallo trasnochado cantando sus penas junto a las mías.

Entonces pensé en el poder reparador, pero también en las consecuencias insondables que trae la libertad (y la soledad), sobre todo para las mujeres, y recordé un episodio del podcast Mujer Vestida, de Vanessa Rosales, que se llama “Mujeres solitarias” y habla precisamente del costo tan alto que “pagamos” las mujeres al no querer encajar en los formatos preestablecidos por una sociedad (sí, lo tengo que decir: patriarcal), donde una mujer no debe pensarse sin un hombre que la avale, apoye, aconseje, guíe, mantenga y contenga, y otros muchos etcéteras.

Pero me estoy yendo por otro lado, perdón. En general vivimos en una cultura que no se ocupa de cultivar la soledad como un tipo de libertad: todo el tiempo nos están vendiendo y metiendo por los ojos parejas, familias, amigos. Entonces, quien rompa este paradigma de la ‘vida feliz’, comienza a ser sospechoso, o sospechosa, porque si es mujer/sola pues trae otras implicaciones relacionadas con lo que dije anteriormente, y se termina relacionando con el fracaso amoroso, el abandono, el rechazo masculino y, mejor aún, con la neurosis, la histeria o la locura. ¡Ay! ¡Qué dicha estar loca!

Recuerdo una jefa que tuve por allá en 2002, que aún sigue siendo mi amiga y a quien admiro profundamente, y una se las razones de esa admiración es precisamente eso: su libertad/soledad. Haber logrado construir su propio espacio, físico y emocional, sin decir con esto que no haya tenido amigas, amigos o amantes, no. No está relacionado con eso: está relacionado con el hecho de mantener una “habitación propia”, como lo diría más bellamente Virginia Woolf. Me refiero al hecho de haber pasado esa barrera de los 30 y los 40 sin casarse ni tener hijos… en una sociedad que le exige soterradamente a la mujer buscar pareja para ‘ser alguien’ y procrearse para ‘dejar un legado’. Créanme, ella lo ha dejado siendo ella.

Entonces pienso en por qué me gusta vivir en La Calera, por qué me gusta correr o montar bicicleta, por qué me sueño en las montañas, por qué me gusta leer o escribir… porque todas son actividades que se pueden realizar en solitario, que me alejan del ruido citadino y humano, y me dejar sentir a gusto conmigo misma: libre.

Ojo. Con esto no estoy diciendo que no disfrute de entrañables, amorosas y necesarias compañías como las de mi hijo, mi pareja, mi familia o mis amigos, no. Una cosa no quita la otra. Disfruto los quince días que paso con mi hijo, le dedico todo mi tiempo y le doy todo mi amor, todo el que humanamente me es posible. Pero luego, cuando se va con su padre, estoy quince días feliz a solas con mis silencios, con la cama a medio hacer, la cocina a medio arreglar, leyendo dos o tres libros a la vez y escribiendo en tres o cuatro cuadernos diferentes notas y pensamientos que solo escucho cuando tengo esa libertad/soledad.

Disfruto días y noches al lado de mi amado: disfruto de su amistad, de la complicidad que hay entre los dos, de su risa embriagadora, de su abrazo y de su abrigo. Pero luego, cuando vuelve a su casa, me reencuentro con mi propia paz y mi querida soledad, con un sentimiento de extrañarlo y a la vez quererlo allá, donde sea que está.

Mi casa es, como me lo dijo alguien muy cercano, mi templo sagrado. Sí, y no me siento mal por ello, ni me hace falta justificarlo o cambiarlo. Mi hogar está al lado de la ventana desde donde puedo ver la montaña, escribir, soñar, pensar y ahora hacer un podcast. Y también llorar. Es mi cuna y mi refugio y me siento agradecida y bendecida por tener este espacio.

La soledad no me incomoda. La libertad la necesito. Tu amor lo llevo conmigo.

Ser libre es querer la libertad de los demás.

Simone de Beauvoir

Escritos en desorden sobre asuntos fundamentales del mes de agosto.

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