Los regalos del Amazonas

Dedicado a Carolina, Juliana, Gabriela, Paula Sofía, Federico, Nicolás, Pablo y Martín. Guerreros del corazón.

Este año comenzó con el buen augurio de los viajes, una de mis mayores pasiones de la vida… Porque viajar te hace no solo conocer lugares sino -y mejor aún- conocerte a ti misma, saber todo lo que puedes dar, arriesgar, todo lo que puedes sorprenderte, lo que puedes llegar a amar. Y todo, todito, todo lo que se vive en un viaje queda guardado entre la memoria y el corazón, de acuerdo con la intensidad del momento y de lo que tenga para regalarte el viaje.

Acabo de llegar del Amazonas, y no sólo me quedaron imágenes, sentimientos, y emociones de un poder innombrable, sino que cada día que estuve en este mágico lugar fue para recibir un regalo… Amazonas es el regalo más maravilloso que he tenido este año (sí, ya sé que apenas comienza, pero desde ya está en el top uno), y es así como quiero contar mi travesía por esta tierra de colores, olores, sabores y texturas. Bienvenidos al deleite de los sentidos.

Día uno: Las ranas

El primer regalo que me dio la selva fue enfrentarme a mi miedo (terror) por las ranas, sobre todo esas verdes que desde niña no podía tocar. Creo que era la única de mi salón que no era capaz de tocar (mucho menos coger) una ranita verde divina que se había en cantidades alarmantes -para mí- en la Sabana de Bogotá.

Nada más llegar a Chacara de Curuja (reserva Brasilera), Panduro, el dueño del lugar, me llama aparte del grupo y me dice que si quiero conocer a Amparo Grisales y a Shakira. Yo, pensando que iban a ser miquitos le dije que sí.

Pero ojo, me escogió a mí de entre todo el grupo. ¿Por qué?

Dije que sí, estire los brazos y esperé a que sacara del balde los primates. Cuando sale una enorme rana verde con patas larguísimas… casi muero. Solté un grito y le dije: “No, lo siento pero le tengo pavor a las ranas, no me hagas esto”. Me reía de los nervios pero no iba a tocarlas, ni loca. Era mi temor más antiguo y no lo iba a perder ahora.

Panduro dulcemente me calmó, me dijo que tranquila, que yo podía, que ellas eran hermosas. Yo no podía verlas hermosas, o no quería. Hice todo el show posible para quitarme de encima las ranas y a Panduro pero no pude. Entonces llegó el momento de iluminación… “Carolina, la selva te está haciendo un regalo sólo para ti, tómalo”.

Y fue como si soltara una carga… alcé nuevamente mis brazos y aterrada le dije a Panduro que pusiera a Amparo (la más grande) en mi muñeca. Apenas la sentí –fría y húmeda- quedé paralizada, pero un segundo después sentí algo. La miré… era hermosa, comencé a ver su color por el lomo y las machas atigradas de la barriga, sus hermosas patas pegadas a mi piel como chupas, y mis brazos se relajaron. Luego me puso a Shakira en la otra mano y me recorrió un corrientazo de felicidad, de enorme júbilo por tener la oportunidad única de sentir esos animales tan hermosos transmitiéndome su tranquilidad; yo tenía que hacer lo mismo, fue una simbiosis de amor entre ellas y yo.

Amé a Panduro. Por su amabilidad, por su ternura, por haberme escogido para hacerme ese regalo de vida. Aún no sé cómo me atreví a hacerlo, o sí, porque estaba allí para eso, para entregarme al viaje, a la aventura, desde el primer momento.

Día dos: La selva

El siguiente regalo vino el día que comenzamos nuestra travesía por la selva. Sí. Yo había visto selvas: en el Darién, en el Magdalena Medio, en Chocó, hasta Tical (Guatemala), pero esto fue más, mucha más que árboles, mucho más que la simple palabra selva, esto abarca una sensación de lugar que no puedo explicar porque no sé si las palabras logren describirlo. Sólo sé que cierro los ojos y lo veo nítido… la altura de los árboles, sus troncos salvajes, rodeados de otras plantas, con espinas, con raíces por fuera, agarrados de donde se pueda para sobrevivir, subiendo y subiendo para buscar la luz del sol.

Cierro los ojos y vuelven a mí los olores a humedad, los colores verdes y terracotas, la tierra mojada, el barro, caños y corrientes de agua por todos lados, en bosque cerrado como una cremallera, donde olvidábamos que había cielo, sólo veíamos troncos entrelazados, ramas secuestradoras, raíces cómplices, copas acaparadoras de luz, insectos grandes y pequeños, reptiles, sonidos de pájaros invisibles, ríos oscuros y misteriosos.

También una maloca, en mitad de esa gran cobija verde. La maloca de William que nos recibió como viejos camaradas, que nos dio alimento, nos dejó “guindar” la hamaca y dormir allí: chicos de Bogotá, de Cali, instructores, profesores, guías e indígenas dormimos en ese gran hogar que se forma dentro de una catedral vegetal, echa con el permiso de la selva, sin dañarla, sólo tomando lo que Ella le regale.

Día tres: La lluvia

Este día fue de caminata hasta la comunidad de San Pedro (donde viven indígenas Ticuna) y allí dormimos en la selva. Literal. Hamaca entre dos árboles con el mosquitero y un plástico encima por si llovía. Y sí, llovió, esa noche el regalo fue la lluvia, pero no una lluvia de ciudad o de finca, no una lluvia con apodo de aguacero. Fue agua en jarras, fue lluvia torrencial, poderosa, limpiadora. Llovió como si no hubiera un mañana, como debió de ser el diluvio universal.

Después de pasar por mi mente la preocupación de si tendríamos que evacuar, de que se me entró el agua a la hamaca y me estaba mojando, de pensar si a alguno de los chicos le estaba pasando lo mismo, entendí… siempre el poder de la lluvia trae un mensaje, así fue en Ciudad Perdida, así fue también aquí: “limpia Carolina… deja correr lo que no te hace crecer, limpia el espíritu, el cuerpo, el corazón. Renuévate que todo lo que hay aquí necesita de tu alma renovada”.

Y amainó la tempestad, y por fin dormí. Y comencé un nuevo día limpia y preparada para los regalos que venían.

Día cuatro: Los delfines

Esa mañana comenzamos la travesía en kayaks por los brazos líquidos que se forman cuando las aguas suben. Parecían ríos, pero teníamos a la selva debajo nuestro. Es una imagen muy difícil de entender, no solo al estar allí sino al yo tratar de ponerla en palabras. Como está inundado, navegamos con los árboles debajo nuestro y lo que vemos son sus copas. Y aparece el cielo que había estado “escondido”. Y es azul, y se mezcla con los verdes, y navegamos pequeños ríos hasta salir a los lagos, y el gua se ve negra, refleja el cielo, las nubes. Está estática, como una fotografía, y nosotras remamos hasta que este reflejo es cortado por un delfín rosado.

El corazón se para los dos segundos que el delfín se deja ver. Y se para nuevamente las cinco veces que logramos verlo. Es un ser líquido, resbaladizo, tímido… ya no puedo estar segura de si lo vi, si existe, si fue verdad ese momento: completamente en silencio remamos hacia él… no movía el agua hasta que sacaba su lomo (estos delfines no tienen tan pronunciada aleta dorsal) y nos regalaba su tono rosáceo que rompía el agua negra del lago.

Ahora me acuesto, cierro los ojos, traigo a mi mente ese momento y puedo dormir tranquila. El delfín para mí siempre ha sido como un tótem, como un amuleto, como un mantra. Allí estará.

Día cinco: La gran ceiba

Para el penúltimo día tuvimos el regalo perfecto, la gran batería de energía que necesitábamos para irnos recargados y plenos. Una ceiba de 40 metros de altura y unos 500 años de antigüedad. Pentadra, hermoso nombre para Ella.

Sí, la actividad organizada era subirla, luego hacer un canopy por el lago y luego bajar en rapel por un árbol de capinurí. Fantástico para el alma aventurera, pero para mí, más allá de la aventura estaba el SER CEIBA, ese SER tan antiguo, tan enorme, tan grandioso… cuando subí a la plataforma pude ver más allá de todo lo que había podido imaginar que sería ver la selva desde arriba; no desde el avión, que es otra imagen maravillosa, sino ahí, con las diferentes capas de árboles. Ahí, encima de una SER que ha sentido toda la historia de una tierra golpeada por tantos personajes y momentos y ahí sigue, luchando por conservarse.

El tronco y las poderosas ramas de esta ceiba a 40 metros del piso eran tan suaves como la piel del amante, era suave al tacto, quería que la tocaran, que la acariciaran, que se enamoraran perdidamente de Ella (no sé porqué la siento mujer). Y yo sólo deseaba quedarme allí con la mejilla pegada a su piel, sintiendo esa poderosa carga de energía vital que desprendía a pesar de llevar allí tanto tiempo. Tuve ganas de llorar de alegría, de júbilo, de la emoción que me producía ESTAR allí con mi cuerpo, mi mente y mi corazón. Con ese SER.

_________________

Todo mi viaje fue de conexión, de presente, de ESTAR. No hubo lugar a pensamientos fuera de ese gran espíritu selvático que me cobijó desde que toqué las ranas hasta que tatué con el huito un delfín en mi cuerpo.

Gracias vida por esos regalos. Se quedan conmigo hasta que desaparezca el universo.

PD. No hay fotos en esta publicación porque todas las imágenes están en mí, detrás de mis párpados. Porque ninguna foto le haría justicia a este mágico lugar.

Sólo puedo decir que alguna vez en la vida HAY que ir al Amazonas.

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One Comment

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  1. Las letras llegan donde la selva no alcanza, y más aún coon las imágenes que el recuerdo en el interior de los parpados quedo tallado…

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