Lucía y el Mar

“Así que yo emergí del mar y me senté en el borde de una isla, bajo el claro de luna”.
Marc Chagall. Litografía. 1948

Desde que lo conoció, Lucía se sintió atraída hacia él. Le encantaba su manera de ser, su alegría, el color de su piel, su sonrisa. Sobre todo su sonrisa. Pero siempre lo vio como un amigo al que podía acudir y contarle sus viajes, sus aventuras, y él la escuchaba atento, se emocionaba con ella y viajaba a través de sus palabras.

Les encantaba hablar, hablarse, contarse la vida pasada y los sueños futuros. Ella también lo escuchaba atenta y aprendía tanto de él, porque él sabía mucho, conocía muchos lugares, había ido y venido por varios rincones del mundo y eso a Lucía le encantaba, le recordaba la exploradora que llevaba dentro y que alguna vez dejó escapar por vivir otra vida.

Pasaron mucho tiempo juntos, muchos años siendo amigos. Se sentían unidos por algo, quizá más fuerte que la amistad, pero no lo descubrieron sino mucho después, una tarde de historias cuando él -por fin-, con el sol brillando en el horizonte, la besó. Y a la vez que fue un beso inesperado, también fue un beso deseado. Rozarse los labios, entrar en sus bocas y bucearse fue como recorrer un lugar añorado, un lugar al que ya sabes cómo se llega, cómo se navega, cómo se disfruta.

Entonces se vieron con otros ojos, y la humedad de él junto a ella les produjo sensaciones nuevas, los hizo diluirse en pasión y deseo, se navegaron enteros todo el ser, todo lo que pudiera ser besado y acariciado con los labios, con las manos.

Todos los pensamientos y deseos de ambos giraban alrededor de los momentos en que podían sumergirse en su piel, dejarse llevar por sus brazos, oler su aliento marino, besarse, besarse, besarse.

Y sí, seguían siendo amigos, compartían -como siempre- tardes enteras de historias y risas, pero esperando el momento en el que pudieran navegar, navegarse. Se habían convertido en amigos y amantes, tal vez sin darse cuenta, tal vez con toda alevosía. Él la recorría completa, ella se dejaba. Disfrutaban y se disfrutaban cada minuto de poder estar juntos, hablando, riendo o dándose placer. Horas y olas pasaban disfrutando su piel, el cuerpo de ella (alado), y el de él (marino).

Hasta que el hechizo -como termina pasando tarde que temprano- se rompió. Ella descubrió que no sabía cómo amarlo, porque nunca había estado con alguien tan etéreo. Ella lo quiso tener, quiso su corazón, pero no supo cómo lograrlo porque su corazón era líquido, salado, marino. Nunca había tenido un corazón así, y por más que trataba de retenerlo se le deslizaba en la manos como un pez vivo, como una estrella fugaz. Entonces su pasión, que creyó era amor, se convirtió en tortura. Y comenzó a torturarse, a torturarlo, a herirlo, a dejarlo.

Él hizo todo su esfuerzo por entenderla, por quererla, pero no supo cómo, porque él tampoco había amado antes a una mujer así: terrenal, ardiente, viva pero a la vez confusa. Ella era violenta, explosiva, suave y cruel. Lo quería como lo hería. No supo cómo retenerla, cómo abrazarla sin que ella lo lastimara con palabras o bofetadas de silencio.

¿Cómo se recupera de un amor así? ¿Uno que te lo ha dado todo y de un momento a otro te lo quita? ¿Cómo se sobrevive a dejar la piel completa en un playa hasta que la misma arena la desaparece? ¿Qué queda después de un amor así?

Sólo lo sabe Lucía, porque fue ella quien, al final, los salvó a ambos del naufragio. Recogió los pedazos de corazón, los cosió uniendo perfectamente cada trozo, los de él, los de ella y los dejó en su lugar.

Sólo bastó una mirada al horizonte para recuperar su amor, que al final estaba soportado en algo más grande. Lucía y él (el Mar) seguirían siendo inseparables. Estaba escrito antes de que ambos llegaran a esta tierra. Ella lo amaba desde la eternidad, cómo no amarlo y desearlo si él lo era todo… era el Mar en el que ella siempre había navegado sin saberlo. No podría estar lejos de él porque hacía parte de él.

Lo que nunca podría era tenerlo, pero ¿Y qué se puede tener en esta vida de ciclos, mareas y fases lunares? Ni siquiera la vida misma se tiene; ni hijos, ni amigos, ni amantes.

Lo único que se tiene es lo que no se posee y en esa medida él siempre sería de ella. Y ella de él. Siempre.

 

 

 

 

 

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