El mirador de los sentidos

“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura”. Edgar Alan Poe

Con esta frase del gran poeta americano comienzo a escribir sobre mi viaje de ayer. Y desde ya quiero decir -o mejor, escribir- que para mí “viaje” significa todo acontecimiento de la vida que me hace vibrar, me toca, me cambia, me transforma: eso puede ser un pensamiento, una lectura, una caminata, una carrera, un orgasmo… todos son viajes sin retorno.

Hace mucho que quería ir a la Peña de Tunjaque. Sabía de esa montaña, la había visto de lejos, me había encantado, pero no se había llegado el momento. Hasta que, como todo en la vida, llegó el día de ir. Dos amigas y un nuevo amigo fueron los acompañantes. Los mejores. Los viajes en compañía tienen un sentido y un significado diferente porque nutren el alma y el cuerpo desde otro nivel: la risa y la comida compartida, las fotos tuyas y mías, la mano para pasar ese tramo difícil o la voz de ánimo, la carcajada o la idea loca de “vámonos mejor por aquí”. El recuerdo de esas cuatro sonrisas quedará en mi mente por años.

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Kevin, Catalina, Jenny (al frente) y yo.
La Peña de Tunjaque está ubicada en la zona de influencia del Parque Natural Chingaza y pertenece al municipio de La Calera (donde vivo), más exactamente en la vereda Jerusalén. Estuve investigando y Tunjaque significa “Mirador de los pueblos” y sí, no hay mejor definición para este lugar, porque cuando “miramos” fijamos la vista, ponemos atención, no sólo “vemos”. Y un lugar como éste, que nos regala semejante belleza de paisaje, se convierte así en un mirador sagrado, en un lugar mágico para despertar todos los sentidos: no sólo la vista, aquí el olfato se despierta, el tacto se sensibiliza, el oído, el gusto… podría ser también “el mirador de los sentidos”.

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Foto de la Peña desde Mundo Nuevo (occidente). Tomada de Wikiloc
Salimos de La Calera hacia la vereda El Volcán, luego el Frailejonal y tomamos el desvío por la vía Agua Gorda, carretera destapa y medio malita. Unos dos kilómetros adelante dejamos el carro para comenzar nuestra caminata. Kevin, nuestro cumpleañero y guía, fue quien nos marcó el paso y el camino de ida.

Primero, por un camino abandonado donde solo se veían un poco las huellas, de resto fueron árboles y arbustos de moras y uvas silvestres con las que nos deleitamos el gusto durante ese trayecto. Más adelante llegamos a una casita abandonada y caminamos por un cultivo de papa que nos sacó a una montaña limpia por la que caminamos unos 300 mts hasta adentrarnos a una trocha cerrada pero marcada y muy embarrada. Subiendo.

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Más adelante nos desviamos para subir más pendiente por entre el monte. Digamos que sí, que en alguna época fue una trocha o que alguien cada año pasa por allí, pero realmente es muy cerrado y sin la compañía de Kevin no hubiéramos llegado. Así que recomendado ir con alguien que conozca de verdad la zona.

 

Subimos por entre la maleza y el chusque un buen rato hasta llegar al páramo y encontrar los frailejones… qué emoción cada vez que los veo… recuerdo los viajes a Chingaza y al Sumapaz… el tacto se deleita al rozarlos suavemente y sentir su delicadez, esa textura entre suave y mullida que los hace tan frágiles y a la vez compactos para soportar un clima tan fuerte.

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Al llegar al páramo vemos nuestra montaña, la Peña, que nos da la espalda: aún nos falta un camino para conquistarla. Nos damos la vuelta y se abre ante nosotros el paisaje de todas las montañas y veredas del occidente Caleruno… cómo me gusta decirlo porque así es: es un mar de montañas, no acaban, una está detrás de la otra, de todos los verdes y los azules posibles, y el cielo limpio nos deja ver “hasta el infinito y más allá”.

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Seguimos subiendo y tomando fotos, felices de ver cada vez más cerca nuestro gran premio que -según dice Kevin- está en la vista del otro lado de la Peña. Y no se equivoca: cuando llegamos a la cima se abre ante nosotros el más bello paisaje, una panorámica impresionante que comienza con el fin abrupto de la Peña de Tunjaque, es decir, un precipicio, y luego la vista interminable del verde: campo y montañas que comienzan bajas y van subiendo en planos hasta perderse la mirada en Chingaza, el gran amor… hasta las cuchillas de Siecha llegamos a ver desde allí cuando las nubes nos lo permitieron.

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A 3.660 metros sobre el nivel del mar el oxígeno llena los pulmones de otra forma mucho más poderosa. No es solo para respirar que necesitamos ese aire, es para inundar nuestra alma de esa vista que no nos cabe de una sola mirada. Y el viento trae nubes a una velocidad impresionante que golpean contra el cañón, suben y se dispersan. Las podemos oír. Y es ese viento el que me envuelve en el mismo momento en que estoy sentada mirando una caída de más de 100 metros… Es el contacto del viento en mi piel el que me salva de la idea loca de caer, o de volar, o de soñar…

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El vacío tiene su atracción.
Te permite experimentar el límite entre la locura y la sensatez,
te permite imaginar por un instante el final,
te invade una felicidad mezclada con demencia
de poder ver más allá de los ojos,
de sentir el viento más allá del movimiento,
de buscar la paz en lo prohibido, en el paisaje ilimitado,
en las nubes, en las montañas, en la roca, en mí…

“Bájese de ahí” gritan al unísono Catalina y Jenny y despierto de mi sueño loco para seguir conquistando la montaña. Subimos más, hasta la punta donde hay una antena abandonada. Cada vez es más bello el panorama porque las nubes nos abren pequeños espacios para observar detenidamente diferentes lugares de la composición de este cuadro maravilloso que es el mar de montañas.

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Entonces alguien dice “¿Y si bajamos por aquí?”, sin saber por dónde. Bueno, Kevin siempre sabe por dónde. Y nos metemos en una grieta de la roca y comenzamos a bajar por una especie de cueva entre musgos, hongos y líquenes impresionantes. “Jamás he visto algo así”, y nos reímos porque a cada lugar que vamos decimos algo parecido. Y es verdad, genuinamente cada lugar, cada instante es único y verdadero, y “jamás” se repetirá así.

Pasamos mil aventuras bajando por donde no hay camino. Cantamos: “caminante no hay camino, se hace camino al andar…”, “una aventura es más bonita…”, “hay una luz…” y reímos y reímos. El olor de la piedra mojada es penetrante, el sabor del agua que corre por el musgo es el sabor de la Pachamama, escuchar el murmullo del agua que va bajando con nosotros nos hace sentir vivos y parte de esa naturaleza perfecta.

Llegamos a una quebrada de agua ocre, cristalina y ocre que se llama Chorro Blanco. Agua helada. Meto los pies y siento que ya no los tengo, como si mis extremidades no existieran debajo del agua y pienso que voy a caerme. Es muy pero muy fría el agua. ¡Qué felicidad sentirme tan viva! Allí comemos nuestros sándwiches, nos reímos de esa bajada improvisada que tuvo columpios, resbalones, atajadas, idas y reversas, ramas arañando las piernas, mostrándonos que ese sigue siendo “su” territorio y que nada aquí es tan fácil como parece.

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Nuestra última parada es en una cascada de esa misma quebrada, unos metros más adelante ya bajando, con una caída impresionante… soy mala con los números pero puede ser de unos 20 metros? es un cañón, otro precipicio, otra motivación para acercarme al límite de lo posible y lo imposible. (Cómo disfruto llegar al límite en este momento de mi vida).

Al volver a tomar la trocha medio marcada del inicio del recorrido comenzamos a correr, porque esa es nuestra otra motivación: correr, correr, correr. Cata y yo sentimos ese llamado y corremos la trocha, el campo abierto, el cultivo de papas y el camino hasta el carro. No podía terminar mejor este día. Nueve kilómetros con un aumento de altitud de 682 mts, siendo el punto más alto la Peña a 3.660 msnm aproximadamente.

Y aquí termina el recorrido de los sentidos a través, o a partir, o gracias a ese hermoso monumento natural que es la Peña de Tunjaque. Recomendado para todos los amantes de la montaña.

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“Ve al borde del precipicio y salta. Constrúyete las alas mientras caes”. Ray Bradbury.

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