Etapa nueve

“El camino es la vida misma contenida en unos días”

Laredo – Güemez: 29 kilómetros

256 kms. acumulados.

Reescribo esta entrada hoy… sábado? Jeje, no sé que día es de la semana 🙂

De todas formas, la frase de entrada sigue conteniendo lo que fue la jornada, como es la vida misma. Pero quiero ahondar un poco más en los mimentos hermosos que viví ahora que me siento “serena”. (Qué bello es nuestro idioma… encontrar palabras tan hermosas y descriptivas como ésta)

La jornada comenzó con una caminata de 5 kilómetros por la extensa playa de Laredo. Ya era de día porque la barquita que debía tomar para pasar una ría salía a las 9am, así que no me levanté tan temprano y pude disfrutar del mar y de la playa.

Tomamos una barquita -digo “tomamos” porque éramos como seis peregrinos esperándola- y atravesamos al otro lado. Dos euros por tres minutos de barca, jeje. Pero me encantó que “conducía” al Camino.


Pasé un pueblo que se llama Santoña, famoso por sus anchoas, y luego vino otra playa, más pequeña, y un ascenso por una pequeña montaña. Cómo me sentí de feliz en ese momento, porque eso es lo que a mí más me gusta, tierra, vegetación, barro… hice algunos videos para los amigos y al llegar arriba me esperaba una vista maravillosa: playa a la izquierda, mar de frente y playa a la derecha. Emocionante, fascinante… estaba feliz de caminar la playa, sola, diafrutando de ua temperatura fría pero agradable, buscando conchitas en el mar. 


Llegué a Noja, pasé el pueblo y comenzó el pavimento… ya saben que es lo que menos me gusta, pero ya sabentambién (y lo hablo todo el tiempo con mi “bastón” Dani: esa es la vida, ese es el camino…).

Pavimento, pavimentos… por momentos me metió el camino por una trocha de animales, pero en general todo era asfalto. Las fuerzas comenzaron a decaer, no encontraba dónde tomarme un café, en fin. Pero seguí. La pierna ya dolía. Llevaba 18 kilómetros.

En el kilómetro 22 me encontré un carro que bajó la velocidad; era un señor de barbas blancas, hermoso. Me saludó: buenos días peregrina, vas para Santiago? Yo le dije que sí con una gran sonrisa, y me dijo: pero te falta mucho! Yo le dije: no llevo prisa (eso me quedó sonando… será verdad?). Me dijo que dónde pararía, le dije que en Güemez y me dijo: ah! En mi albergue, allá te esperamos. Te faltan ocho kilómetros. Ya… ya sabía, jeje, pero los kilómetros a veces se vuelven millas naúticas (que creo son más largas) y eso fue lo que me pasó en esos ocho kilómetros.

Carretera desolada, asfalto, sol picante, desolado, ni casas ni personas ni animales ni cosas. Nada. 

Cuando me faltaban como 5 kilómetros me encontré con una pareja de alemanes que se peleaban horrible, ella lloraba y gritaba y él también gritaba. Eso me sorprendió durísimo, pensé en las peleas, en las lágrimas, en los conflictos innecesarios… ¿por qué se llega hasta eso? ¿Por qué terminamos convirtiendo un sueño (el camino, la vida en pareja, lo que sea) en una pesadilla? Quedé muy golpeada con esa imagen de esos dos… y me afectó internamente, lo que se revierte en más ansiedad y deseos de parar y vuelve el dolor…

No llegaba al albergue, comencé solo a pensar en kilómetros, en metros, ya no veía nada a mi alrededor. Y la pierna doliéndome, y el albergue que no llegaba. Sola con mis demonios. (Tengo miedo de volverme un monotema con lo mismo: la pierna, el pavimento, el cansancio… además porque es lo que hay).

Pero -como siempre se llega a algún lugar- llegué al albergue y todo cambió. La nube negra se fue disipando hasta que desapareció. Hice nuevos amigos -españoles-: Nacho, Tony y Sonia, compartimos con unos alemanes también, hubo cena comunal y una charla sobre el albergue que es muy especial y visitado: hoy éramos 65 peregrinos! Eso no había pasado antes.

El dueño del albergue, Ernesto, nos contó sonre sus viajes por el mundo: 27 meses recorriendo Africa y América del Sur, hace como 30 años, para entender la hospitalidad, la solidaridad, el amor de todas las personas, en este caso los peregrinos.

 Fue muy lindo. Me acosté tranquila aunque triste, no sé ni de qué. O sí, de eso, de no tener nada que contar excepto mis miedos, de cargar inútilmente con demonios que solo son lastre. No vale la pena, lo sé, pero tengo que encontrarlos para poder ir dejándolos… si es que lo logro.

Datos interesantes

– El albergue se llama “la cabaña del Tío Peudo” y el aporte es voluntario. Dan la cena y el desayuno.

– 65 personas en el albergue, de 20 nacionalidades diferentes, mayoría franceses. Obvio, yo fui la única colombiana.

– El cocinero del albergue es colombiano, se llama Omar. Fue bueno ver un compatriota, así esté españolizado, jeje.

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One Comment

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  1. Alejandra Vacca 5 octubre, 2017 — 9:10 AM

    Caro!!! No sabía en que andabas!!! Que orgullo y que valentía que estes en este camino, te felicito, te acompaño de corazón y te mando mucha fuerza y energía para esa pierna. Un abrazo espichado!!!!!

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