Etapa once

“Volveré a encontrame con vosotros volveré a sonreír en la mañana volveré con lágrimas en los ojos mirar al cielo y dar las gracias…pokito a poko entendiendo que no vale la pena andar por andar         que es mejor caminar pa’ ir creciendo…”. Chambao

Boo de Piélago – Caborredondo: 24 kilómetros

311 kilómetros acumulados.

Anoche fue noche de lujo: solo dormimos Nacho y yo en el cuarto. Eran dos literas, ambos nos quedamos en las de abajo. Ufff… qué diferencia, ¡una noche sin ronquidos! Jajajaja

Esta mañana desayunamos y tomamos una parada del tren -porque toca, no se puede ir por la carrilera, sino el desvío es de kilómetros-. En Mogro nos bajamos y a caminar. Esta etapa fue de tooooodo asfalto. Las otras por lo menos tenían mar, pero bueno. Esta fue más corta y el último tramo con vistas verdes, eso me gustó.

Hasta Santillana del Mar fui con Nacho. Era nuestra última etapa juntos, de dos que hicimos, jeje. Pero en estas caminatas es mucho lo que alcanzas a sentirte enlazado con algunas personas. No todas, ¿eh? Porque gente es lo que hay, pero hay personas que guardan una similitud contigo, por caminantes, deportistas, por seres especiales, no sé. Algo une en este Camino.

Asfalto y zonas industriales hasta tomar un caminito campestre para llegar a Santillana del Mar, que dicen es el pueblo de las tres mentiras, porque ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Jeje, qué buen nombre 🙂

Allí me despedí de Nacho y continué, seis kilómetros más hasta Caborredondo, donde había un albergue también muy reconocido en el Camino, así que decidí llegar hasta allí. Al salir de Santillana me pareció algo muy gracioso: me encontré a un viejito que subía una cuesta y comenzó a preguntarme que para dónde iba, que de dónde era, bla bla bla. Y de pronto me dice: qué raro que vayas sola, ¿no? Pues no… es mi camino, normal… y entonces dice: en mi casa te puedes quedar, vas a estar a gusto. ¡Plop! Y le veo yo los ojitos de viejo verde… Jajajaja!! Le di las gracias y seguí. Y me dice: o vas a Santiago y vuelves, aquí te espero. ¡Qué risa! 

Aunque el camino fue asfaltado, todo el tiempo hubo campo: sembrados de maíz, vacas y hasta una iglesia muy antigua. Estuvo lindo eso. Lo malo fue que comenzó a dolerme la pierna… qué piedra… menos mal me faltaba poco; bajé el ritmo y llegué.

Comí (o sea almorcé) en el bar de al lado. Aún no logro volverme autosuficiente, y eso que Dani me manda foto y todo de los bocatas que se arma, pero es que yo ni me acuerdo de parar en un supermercado cuando los veo. Ya mejoraré, para eso tengo días, jeje.

Lo bueno es que los menús son baratos; bueno, 10 euros pero incluyen dos platos, pan, postre y vino! ¡Qué más puedo pedir!. Donde estuve hoy, por ejemplo, era un bar de pueblo: tooooda la gente era local -y yo-. Y daban un cocido de primer plato, que es como una sopa de fríjoles blancos con unas hierbas verdes y pedazos de cerdo y morcilla, luego solomillo de jamón ibérico y postre arroz de leche… ¡ B U E N Í S I M O ! Qué delicioso comí, además de probar algo nuevo. 

Ahí estuve mucho rato porque había que esperar para comer, y todo ese tiempo me puse hielo en el pie. Después me fui a ver unos acantilados que me dijo mi avanzadilla eran bellísimos, estaban a unos 500 metros del albergue.

Bueno… no hay palabras para describir lo que fue llegar y estar en ese lugar. Completamente sola… bajé casi hasta las piedras donde golpeaba con toda la violencia el mar. Era violencia, era fuerza, era pasión desbordada. Fue un momento muy íntimo, fue un momento de mente en blanco; escuchar el sonido de las olas que golpean la roca es un murmullo que hipnotiza o te hace meditar, pero no hay pensamiento, solo los sentidos estallando y la piel erizada. Estar allí, conectada a ese lugar y a mi ser interior, sin prisa ni pensamientos ni miedos… fue un momento único. Gracias Dani, de alguna manera lo compartimos 🙂

Volví al albergue y había llegado un argentino. ¡Qué alegría! ¡Un latino! Y divino apenas me vio me regaló un pin de la flecha amarilla del Camino, y una pulsera con una manito. Mañana les muestro foto. Un ser genial. Hablamos un rato, seguro mañana caminamos juntos, me encanta conocer estos seres y descubrir sus Caminos, tienen mucho que enseñarme. 

Todas las personas que he conocido en el Camino me han enseñado algo, así ya no estemos juntos. Compartimos el Camino, estamos unidos por él. Y aprendo. Eso es lo que más me gusta, porque un día entenderé mi propio Camino.

Datos interesantes

– El albergue de peregrinos Izarra es muy famoso por su hospitalero, Alex. Cuesta 6 euros y tiene sábanas. Está super bonito! Encontré un libro -o él me encontró a mí- y me tiene cautivada: “La reina Urraca”, de la edad media. Una mujer que le toca ser reina en la Edad Media… ya se imaginarán. Está buenísimo.

– Estamos en el albergue cuatro franceses, un alemán, el argentino y yo. Es raro, después de estar en otros con 30 o 50 personas, pero ese es el Camino. Genial.

– Me encontré una abuelita, viniendo del acantilado, y me dice: ¡pero para qué te quedas aquí si aquí te aburres! ¡No hay nada que ver! ¡Este pueblo es feo! Yo ¡alucinaba! Jajajaja! Después de venir de ver semejante espectáculo marino, y esta señora me dice que por qué no me fui a Cóbreces… qué ciegos estamos a veces…

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