Fin de año

“A veces un viaje es el principio de todo. A veces un viaje es el principio de ti mismo”.
Victoria Ash

Termina el 2017 y con él otra etapa increíble de mi vida, y más allá de querer hacer lista de propósitos, quiero enfocarme en los logros y regalos que me dejó este año que termina, porque gracias a esos momentos, a las sensaciones, emociones, miedos, alegrías, sufrimientos y certezas que tuve, pude sobrepasar mis límites, mostrarme y demostrarme de qué estoy hecha, creerme y quererme más, además de ganar las medallas que quería: salud, amistad y amor.

Salud, porque sin esa bendición ¿qué somos? solo sueños o ganas de lograr algo. La salud nos pone en otro lugar frente a nosotros mismos y a los otros. Nos permite retarnos y sentirnos fuertes. Termino este año feliz de tener buena salud y de que los años que me pongo encima son bien vividos, saludables y mostrables, jeje.

Amistad y amor. Así, unidos, porque ya no siento que pueda separarlos, porque recuerdo uno de los pensamientos más hermosos que tuve durante el Camino de Santiago y que se me ha cumplido:

“Solo quiero amor del bueno en mi vida, del que me llene, que no me vacíe. Del que extienda mis alas, no el que me limite. Quiero amar amigas y amigos, a la familia, todos, sin títulos. Quiero a mi lado gente que me quiera por lo que soy, no por lo que tengo o por lo que pueda dar. Quiero amar con felicidad, en libertad.

Quiero amigos y amigas que me renueven, que me reinventen. Quiero amor libre y sincero, puro, del bueno, del que cuando lo piensas sonríes; del que no espera nada, solo existe cada minuto, cada día. Un amor sembrado y cultivado, un amor consentido y con sentido.”

Partiendo de semejantes bendiciones, resumo mi año en estos tres regalos.

Los lugares

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Del mar a la cima. Santa Marta, diciembre de 2017

Las carreras de trail me regalaron las vistas más bellas de mis amadas montañas. Gracias a esto pude ver y encantarme con paisajes verdes e intensos como Guatiquía, agrestes como el Chicamocha y poderosos como los Nevados o la Sierra Nevada de Santa Marta. Tampoco es que hayan sido muchas carreras -no es lo que más me guste hacer en la vida, me gusta más correr “porque sí”- pero sí fueron un regalo las montañas a las que pude llegar. Ríos, cascadas, nevados, bosques, picos, paisajes de 360 grados… lo más bonito de las carreras es re-correr lugares maravillosos de nuestro país.

Y gracias Cata, porque no sólo gocé las carreras por ti, sino que lo que más disfruté fueron los viajes contigo. No olvidaré nuestras playlist de carretera, los hotelitos donde nos quedamos, la gente tan bella que conocimos, como los de “la secta” o los amigos de Trail Run Colombia, y obviamente las comelonas que nos pegamos antes, durante y después. Aunque hayamos sido unas nerdas con nuestra alimentación, nos dimos garra también y eso fue delicioso. Literal.

Los amigos

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La Pandilla Atómica. UTpLN, Agosto de 2017

Este año fue una etapa de vivir y sentir de otra manera la amistad y el mejor ejemplo de ello es la Pandilla Atómica: tres locos de remate que se metieron en mi corazón y aún no salen. Con ellos también recorrí montañas, me reí como enana, aprendí groserías y descubrí esa otra caracola que vibra con una amistad sincera, con las sonrisas y los detalles que vienen directico del corazón.

Gracias chicos por todos esos regalos que me dieron, que sin ser cuantificables han sido invaluables. Gracias por acogerme en diferentes momentos del año, por haberme dado ánimos cuando me fui y por ayudarme en distintas situaciones a ser mejor persona; por no dejar que olvide que lo esencial es invisible a los ojos. Samu y Sebas, ustedes son mis principitos. Dani… no me sueltes la mano.

Sólo pido a la vida que nos permita seguir disfrutando y riendo por todo, con nuestro cariño por delante, sin máscaras ni intenciones diferentes a cuidarnos y hacernos bien. Ya lo saben pero se los repito: los quiero.

El Camino

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El Camino de Santiago. Castro Urdiales, septiembre de 2017

Hacer el Camino de Santiago, recorrer España de oriente a occidente, 945 kms en 35 días me puso en otro lugar en el mundo, en el mío y tal vez en el de los demás. Cuando lo pienso a veces ni me lo creo. Cierro los ojos y me veo allí, esos días que solo eran un presente, un día, caminando, caminando, caminando.

Disfruté tanto de los paisajes que me llenaron hasta el tuétano: montañas, amaneceres, acantilados, senderos, bosques, pueblos, mar… cada lugar que pasé fue único e irrepetible y algo dejó en mí. Vencí miedos y demonios que a veces me atormentaron, con la mente o con el cuerpo; aprendí a viajar ligera de equipaje, a no llevar pasado ni futuro, a no esperar a que algo pasara, solo dejar que pasara. Aprendí a soltar, a llorar y reír un montón, porque la vida es eso: destornillarse de la risa, y Dani, Arnau, Vicente, Víctor y el resto de compañeros en diferentes momentos me regalaron ese aprendizaje: sí Carolina, ponte seria y analiza tu vida, pero ¡ríete de ella también! Y así lo hice. Y fui feliz, y llegué al final de la tierra sana por dentro y por fuera. Todo un regalo del Camino para volver a mi otra vida pisando más fuerte.

De seguro ahí no terminó ese viaje, de seguro apenas comenzó. Y yo estoy aquí esperando a seguir encontrando las señales para continuar caminando. Nunca parar. El nuevo año, la vida entera.

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