Viaje al corazón de la tierra

“A pie
y con el corazón ligero
tomo el camino
que ante mí se extiende,
saludable, libre
el mundo que me lleva a donde quiera…”
Walt Whitman

El año pasado, en el colegio en el que trabajo, una mamá llevó un Mamo Arhuaco para que lo conocieran los chicos de bachillerato y entendieran un poco la cosmología indígena. El Mamo Arwawiko les contó un poco sobre cómo viven los Arhuacos, sobre sus tradiciones y la importancia de cuidar los recursos naturales, sobre todo la tierra, a quien llamó “la madre”.

Recuerdo el sentimiento tan profundo que me causó: su voz calmada y suave, su rostro en paz, su tez canela, sus manos, sus mochilas… esa tarde solo hablé de él con Dani y de las inmensas ganas de conocer esa tierra de donde venía: Nabusímake. Imaginaba cómo sería estar en un lugar sagrado, en el corazón de la tierra, pero lejos de imaginarme que sería más pronto de lo soñado.

Y como “nada es casual, todo es causal”, este año se dio la oportunidad de hacer un viaje a esa maravillosa tierra y lo mejor, con mi coequipero Atómico.

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El viaje comenzó en Valledupar, capital del Cesar, donde tomamos una camioneta 4×4 desde el aeropuerto hasta Pueblo Bello, allí almorzamos, y luego seguimos a nuestro destino final: Nabusímake, que en el idioma arhuaco significa “Tierra donde nace el sol” y que luego investigué, los españoles bautizaron San Sebastián de Rábago en 1750, cuando llegaron a evangelizar a sus pobladores. Menos mal no quedó ese nombre :/

Los elementos

Nuestro primer contacto con esta mágica tierra fue a partir del camino pedregoso y difícil que atraviesa una enorme montaña, que a su vez es la encargada de mantener a Nabusímake protegida del turismo desmedido y de cualquier otro fenómeno social no invitado. Más que una carretera parece el lecho seco de un río descuidado entre abismos y barrancos, pero que en su cima nos regaló una cadena de picos montañosos que, si no hubiera habido tanta bruma, nos habría regalado la vista del mítico pico Bolívar, la montaña más alta de Colombia (5.775 msnm).

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Luego vino el río San Sebastián, que cruzábamos cada día para llegar al hospedaje, un río de aguas heladas donde se bañaban muy temprano los arhuacos y así comenzaban el día limpios y bendecidos por el agua. En este río tuvimos la oportunidad de bañarnos nosotros unos días después, como regalo de limpieza del Mamo Arwawiko.

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Otro elemento primordial de nuestro viaje fueron las montañas, las faldas de la gran Sierra Nevada de Santa Marta que, desde ambos lados del río, custodiaban el lugar y nos invitaban a descubrirlas cuanto antes. Las montañas eran un plano sobre otro plano, cada vez más lejanas, altas, interminables, lo cual las convirtieron como en una especie de amuleto en este viaje, donde cada mañana buscábamos sus siluetas y nos imaginábamos cientos de caminos por recorrer.

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Y por último y no menos importante, estaban los arhuacos, pobladores ancestrales de estas tierras, nuestros hermanos mayores a quienes tantas veces vimos, a veces desde el hospedaje, otras cuando salimos a correr o en nuestras caminatas, siempre callados, yendo -o viniendo- por los senderos… concentrados en su recorrido; los hombres arriando alguna mula o con madera al hombro y las mujeres con sus hijos pequeños, descalzas, tejiendo alguna mochila, sin siquiera importarles que estos “bunachis” (como nos llaman a nosotros) estuviéramos por ahí.

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Dos de los tres días de nuestra estadía en Nabusímake madrugamos a correr, no solo porque nos encanta recorrer montañas, sino también como una muestra de gratitud hacia ese lugar místico y hermoso, y como una ofrenda a la tierra, a la naturaleza, lo cual nos hizo sentir más conectados individualmente (porque se trata de un ‘viaje’ de cada uno), como pareja y como un todo en el universo y sus cuatro elementos.

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Corrimos por senderos que iban por la ribera del río y entonces el canto del agua nos acompañaba; corrimos por las montañas, casi siempre empinadas, con una vegetación muy verde y cubierta de cantos de pájaros; corrimos por pequeños poblados indígenas que decoraban las laderas de las montañas, y en los que nos sentimos como intrusos (y lo fuimos); corrimos bajo la lluvia una tarde que veníamos de ver al Mamo y nos limpiamos por fuera y por dentro; corrimos en la oscuridad, acompañándonos, sorprendiéndonos, queriéndonos.

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Corrimos junto a niños arhuacos que iban a la escuela, todos con sus túnicas tan limpias y tan blancas, sus cabellos gruesos, negros y largos y sus mochilas tejidas por sus madres. Casi todos descalzos, algunos nos miraban curiosos, otros pasaban rápido esquivando la mirada. Uno que otro nos regaló con una hermosa y prístina sonrisa.

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Corrimos haciéndonos cada vez más conscientes de la luz del amanecer, de la montaña, de los seres que vimos, de nosotros mismos. Estar y sentirnos en el corazón de la tierra fue un regalo que aún no terminamos de comprender y agradecer.

El Mamo

Uno de los principales objetivos del viaje era ver al Mamo, tener una “entrevista” con él, y lo bonito y generoso de éste fue que no solo tuvimos una sino dos reuniones, y también pudimos conocer y conversar con una de las pocas mujeres Mamo que tiene esta comunidad.

Comenzaré contando un poco lo que fue la visita a ver al Mamo Arwawiko que, aunque es profunda y personal, hubo momentos muy significativos que se pueden contar en esta crónica.

Nos recibió en su casa, que quedaba como a cinco kilómetros del hospedaje, dentro de las montañas, al lado de un riachuelo muy cristalino que tenía una pequeña cascada y un pozo. Allí hablamos con él, su tono de voz era muy bajito así que tuvimos que concentrarnos mucho en lo que decía, pero poco a poco fue como si los otros sonidos (del agua, sobre todo y de los pájaros) fueran bajando el volumen para poder escuchar al Mamo.

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Nos habló de la importancia de cuidar los cuatro elementos presentes en el universo y en nuestro cuerpo: El agua que es la sangre, el aire que es el aliento, el fuego que es el espíritu y la tierra que es el corazón, el cuerpo. Nos habló de las energías vitales que fluyen por nosotros para todas las actividades que realizamos. Nos hizo un ritual de limpieza y nos mandó a las aguas heladas del río: poder sanador. Somos agua.

En la segunda visita nos llevó a un lugar que ellos llaman “el ombligo del mundo”, cerca del río San Sebastián. A través de una explicación muy bella nos contó que los dos grandes picos de la Sierra Nevada de Santa Marta, el Colón y el Bolívar, son el cerebro de la tierra, y las dos piernas son Valledupar y Taganga. Entonces el ombligo estaba aquí, donde recibimos la “aseguranza”, una manilla utilizada por casi todos los pueblos indígenas para protección. Ésta, lo más bello, es que se unió en una con los mejores deseos y pensamientos nuestros para nosotros mismos, así que además de protegernos, nos recordará siempre el porqué vinimos hasta acá, el porqué estamos y queremos seguir estamos juntos. Y ahí está la aseguranza… en mi mano derecha, representando todo el amor, cariño, cuidado y respeto que queremos para los dos.

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Saidin es la mujer Mamo o Zaga (como le dicen los Wiwas, otro pueblo de la Sierra Nevada de Santa Marta) que conocimos. Una arhuaca muy alta, recia y morena, vestida con su bella túnica blanca, un collar de cuentas negras que le daba muchas vueltas y sandalias. Saidín es feminista, ha estado en varios lugares de Colombia y Suramérica llevando el mensaje arhuaco, por lo cual su discurso es mucho más elaborado que el del Mamo. Nos recibió en un recodo del río en esa hora del día que yo llamo “la hora azul”, cuando ya cae la tarde y se convierte en noche.

“Siempre hay que pedirle permiso al río, a la montaña para realizar nuestras actividades” nos dijo, lo cual me hizo reflexionar sobre el hecho de que a veces damos por sentado que todo está ahí para nosotros y tal vez no, tal vez ese ‘todo’ tenga otro propósito; por eso es tan importante agradecer, porque ese pequeño acto también es una forma de hacer “pagamento”: estar agradecidos con y por los cuatro elementos. Lo que dijo el Mamo tomó mucho más sentido.

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Cada conversación -o mejor, escucha- con estos seres fue alimento para el alma, la paz que nos transmitieron ellos -y su espacio habitado- será un lugar al que siempre querré y buscaré regresar.

Pueblito

Pueblito es donde están las casas más representativas de esta comunidad y hay que pedir permiso para entrar. Está encerrado por un muro hecho en piedra, con las calles de tierra y todas sus casas típicas de barro, caña brava, paja, hornilla de leña y piso de tierra. Algunas tienen jardines o huertas pero casi todas están cerradas porque sus habitantes viven en parcelas en las montañas y solo bajan de vez en cuando, lo cual le confiere al lugar un aire mágico y misterioso.

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Fuimos una tarde y el cielo nos regaló un atardecer precioso que pasaba de los rosados a los naranjas, y una bandada de pájaros nos deleitó con sus trinos. Caminamos sus calles solitarias hasta llegar a una tiendita, casi la única casa abierta, toda oscura por dentro, con olor rancio a guardado, donde vendían algunos alimentos básicos y muchas chucherías. De inmediato aparecieron niños (no sé de dónde) y el grupo con el que estábamos comenzó a comprarles dulces, lo cual me conflictuó un poco, pero hace parte de esa unión de culturas en la que para ellos -y sobre todo para nosotros- es tan difícil de buscar y encontrar el equilibrio que no violente tradiciones.

Nabusímake es un tesoro casi inmaculado, y digo “casi” porque es muy difícil que se viva aislado del todo de lo que nosotros llamamos civilización. Los arhuacos usan lo que necesitan, incluidos materiales de construcción, celulares, zapatos, algunos ropa, juguetes, elementos de uso diario, etc, pero dentro de ese sincretismo han logrado -y han querido- mantenerse alejados. La carretera los ayuda, la distancia y los precios que cobran las agencias, y tal vez esto resulte siendo una ayuda para que sus pobladores no pierdan su cultura, su lengua, sus creencias.

El mensaje

Nabusímake nos enseñó a hacer “menos ruido”, a conectarnos más con nosotros y la naturaleza y menos con los aparatos, para así poder encontrar la verdadera conexión. Nos enseñó a hacer una respiración consciente (así solo sea una), acallar el alma y agradecer el Estar Vivos.

Aquí tuvimos el privilegio de ver, oír, sentir, oler y amar un lugar sagrado para nuestros ancestros. Montañas, árboles, pájaros, flores, animales y gente única… el universo entero se abrió generoso para que escucháramos su mensaje:

“Si no empezamos a querernos entre nosotros mismos y a vibrar con la naturaleza, corremos el riesgo de extinguirnos”.
Mamo Arwawiko

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Si aún no has visto el video de esta aventura, aquí te lo comparto también.

 

2 Comments

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  1. DIEGO ECHEVERRI GARRIDO 20 julio, 2019 — 5:32 PM

    Querida Carolina,

    ¡Cuánto disfruto tus crónicas! Tu manera de escribir es diáfana y tus descripciones de personas, lugares o acontecimientos, están cargadas de hermosos detalles.

    Por otra parte, le haces honor a la herencia que nuestro padre depositó en ti, al deleitarnos con una prosa que es casi poesía.

    Como siempre lo menciono, ¡felicitaciones por tan bellas fotografías!

    Recibe el amor y la admiración de tu hermano,

    Diego
    ________________________________

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