En el corazón de los Andes

Volvimos a la montaña, a la alta montaña, a la inmaculada nieve, esta vez “en el corazón de nuestros Andes”, la Sierra Nevada del Güicán, El Cocuy y Chita, que también es Parque Nacional Natural y tierra sagrada para los U’wa.

¿Ya escucharon el podcast? Aquí se los dejo 🙂

Como lo mencioné en el podcast, este viaje fue el final de una travesía maravillosa y muy retadora -sobre todo para mí- de tres días en bicicleta, desde Bogotá hasta El Cocuy. Esa parte del viaje la narramos en dos videos que puedes ver AQUÍ y AQUÍ. Valen la pena, se los aseguro.

La cosa la planeamos así: El 27 de diciembre salimos de La Calera rumbo a Tunja (Boyacá); primera etapa de la travesía “Falta un Cocuy pa’las doce”. Esa noche dormimos allí y al otro día (segunda etapa) salimos temprano rumbo a -según nosotros- Soatá, pero el camino fue más largo, o mejor con más desnivel de lo pensado, y nos demoramos mucho, nos cogió la noche -muy noche- y dormimos en un pueblo antes que fue Susacón. Un pueblo donde no había hotel, solo un señor con una tienda y un cuarto que alquilaba… qué más les puedo decir, imaginen el resto (Ah! y un perro me mordió la nalga).

A la mañana siguiente, nuestra última etapa, terminamos de bajar el cañón del Chicamocha y comenzamos la subida, muy dura. A menos de la mitad de camino yo no pude más. Realmente me pareció una etapa muy dura y pues renuncié. Me monté a la camioneta y seguí como escolta de Dani que la hizo completa, obviamente. De todas formas fue un gran reto para ambos, cada uno haciendo su propia “cumbre”.

A El Cocuy llegamos el 29 de diciembre en la noche, a celebrar en un hotel maravilloso donde dormimos delicioso, camita rica, agua caliente (en Soatá nos tocó bañarnos con ¡agua fría!) y descansamos. El 30 nos fuimos a Güican a conocer a Diana, nuestra guía y a inscribirnos en la oficina de Parques Nacionales. Dimos una pequeña caminata y esa noche dormimos en una finca más cerca al punto del que saldríamos al siguiente día.

Fue muy lindo dormir en ese lugar, una casa completamente campesina, con perros y gatos, pájaros cantando y montañas para donde miráramos.

El esperado 31 de diciembre

Cómo disfrutamos darle sentido a estas fechas. Más allá de celebraciones de mucha gente, comida y trago, nos gusta conectarnos con nuestra amada montaña, agradecerle a Dios, a la vida, a la misma montaña todo ese año de viajes, retos y aventuras, y soñar con lo que se viene.

Así fue ese diciembre de 2019. Nos levantamos 3 de la mañana y salimos hacia la entrada del parque. Allí nos revisaron nuevamente que estuviéramos inscritos y comenzó nuestra caminata.

Lo primero que nos encontramos, como lo digo en el podcast, es el hermoso valle de Lagunillas… ver esos frailejones desde la cima en la que estábamos, tapando el valle como un tapete mullido es una belleza. Recuerdo que algunos que vimso estaban aún con hielo de la helada de la noche anterior: buen augurio de día despejado, como también nos lo hizo saber el cielo.

Cuando pasamos el río Lagunillas y comenzamos el ascenso, pudimos disfrutar de toda la luz de la mañana iluminando este paisaje que se regalaba solo para nosotros. Aquí les dejo algunas fotos del lugar.

Luego comenzó el duro ascenso por la roca laja, pero nos divertimos saltando y molestando los tres. Recordábamos otras aventuras, nos poníamos a cantar o a reírnos de las canciones, y así el tiempo se nos pasó volando, solo maravillados por ese impresionante paisaje que les narro en el podcast. Ver la vegetación crecer en tan inhóspito paraje era un milagro de la vida, de la Madre Tierra, del amor con el que ese lugar cuida a sus hijos los frailejones.

Llegar a la cima fue la mejor celebración del año. Solo estuvimos nosotros por mucho rato (luego llegó otro grupo), por lo que pudimos contemplar la belleza del Púlpito del Diablo y del Pan de Azúcar súper nítida. Llegamos hasta el borde de nieve, como siempre respetando los lineamientos del Parque. Y esa fue nuestra cumbre, y allí fuimos tremendamente felices unos minutos más.

Celebramos la Vida y el Amor, como siempre, agradeciendo ese maravilloso año que tuvimos, lleno de viajes, carreras, familia y un proyecto que nacía con todo el “perrenque” posible: Estoy Vivo.

Para finalizar, quiero compartirles la carta completa de los U’wa a la humanidad, la que cito en el podcast porque, aunque es triste y dura, es la verdad… nada de lo que dice se puede negar de nosotros, los Riowa, pero cada uno sí que puede intentar hacer una diferencia: con sus pensamientos, decisiones y acciones; en cada uno de nosotros está cambiar esa historia. De a poquitos, dando más ejemplo y menos crítica dañina, a lo mejor un día seremos muchos…

Carta del pueblo U’wa a la humanidad

Más de mil veces y de mil formas distintas les hemos dicho que la tierra es nuestra madre, que no queremos ni podemos venderla. Pero el blanco parece no haber entendido, insiste en que cedamos, vendamos o maltratemos nuestra tierra, como si el indio también fuera persona de muchas palabras…

Nosotros nos preguntamos: ¿acaso es costumbre del blanco vender a su madre? ¡No lo sabemos!, pero lo que los U’WA sí sabemos, es que el blanco usa la mentira como si sintiera gusto por ella: sabe engañar, mata a sus propias crías sin siquiera permitir a sus ojos ver el sol, ni a su nariz oler la yerba; eso es algo execrable, incluso para un “salvaje”.

Sabemos que el riowa ha puesto precio a todo lo vivo, incluso a la misma piedra; comercia con su propia sangre y quiere que nosotros hagamos lo mismo en nuestro territorio sagrado conruiria, la sangre de la tierra a la que ellos llaman petróleo… Todo esto es extraño a nuestras costumbres. Todo ser vivo tiene sangre: todo árbol, todo vegetal, todo animal, la tierra también, y esta sangre de la tierra (ruiria, el petróleo) es la que nos da fuerza a todos, a plantas, animales y seres humanos.

Pero nosotros le preguntamos al riowa: ¿cómo se le pone precio a la madre y cuánto es ese precio? Lo preguntamos, no para desprendernos de la nuestra, sino para tratar de entenderlo más a él, porque después de todo, si el oso es nuestro hermano, también lo es el ser humano blanco. Preguntamos esto porque creemos que él, por ser “civilizado”, tal vez conozca una forma de ponerle precio a su madre y venderla sin caer en la vergüenza en que caería un primitivo. Porque la tierra que pisamos no es sólo tierra, es el polvo de nuestros antepasados; caminamos descalzos, para estar en contacto con ellos.

Para el indio la tierra es madre, para el blanco es enemiga. Para nosotros sus criaturas son nuestras hermanas, para ellos son sólo mercancía. El riowa siente placer con la muerte, deja en los campos y en sus ciudades tantos hombres tendidos como árboles talados en la selva. Nosotros nunca hemos cometido la insolencia de violar iglesias y templos del riowa , pero ellos sí han venido a profanar nuestras tierras. Entonces nosotros preguntamos: ¿quién es salvaje?.

El riowa ha enviado pájaros gigantes a la luna (Siyora): a él le decimos que la ame y la cuide, que no puede ir por el universo haciéndole a cada astro lo que le hicieron a cada árbol del bosque acá en la tierra. Y a sus hijos les preguntamos: ¿quién hizo el metal con que se construyó cada pluma que cubrió al gran pájaro? ¿Quién hizo el combustible con que se alimentó? El riowa no debe engañar ni mentir a sus hijos: debe enseñar que aún para construir un mundo artificial el ser humano necesita de la madre tierra… Por eso, hay que amarla y cuidarla…

El ser humano sigue buscando a ruiria (el petróleo) y en cada explosión que recorre la selva, oímos la monstruosa pisada de la muerte que nos persigue a través de nuestras montañas. ¡Este es nuestro testamento!

Al ritmo que marcha el mundo, habrá un día en que un ser humano reemplace las montañas del cóndor por montañas de dinero. Para ese entonces, esa persona ya no tendrá a quien comprarle nada; y si lo hubiera, ese alguien no tendría nada que venderle. Cuando llegue ese día, ya será demasiado tarde para que el ser humano medite sobre su locura…

Todas sus ofertas económicas sobre lo que es sagrado para nosotros -como la tierra o su sangre- son un insulto para nuestros oídos y un soborno para nuestras creencias. Este mundo no lo creó el riowa ni ningún gobierno suyo, ¡por eso hay que respetarlo! El universo es de Sira (Dios) y los U’WA únicamente lo administramos. Somos tan sólo una cuerda del redondo tejido de la ukua (mochila sagrada para cargar coca), pero el tejedor es Él. Por eso los U’WA no podemos ceder, maltratar, ni vender la tierra ni su sangre, ni tampoco sus criaturas, porque éstos no son los principios del tejido.

Pero el blanco se cree el dueño, explota y esclaviza a su manera; eso no está bien: rompe equilibrio, rompe ukua. Si no podemos venderles lo que no nos pertenece, no se adueñen entonces de lo que no pueden comprar.

Algunos jefes blancos han horrorizado ante su pueblo nuestra decisión de suicidio colectivo como último recurso para defender nuestra madre tierra. Una vez más nos presentan como salvajes. Ellos buscan confundir, buscan desacreditar. A todo su pueblo le decimos: el U’WA se suicida por la vida, el blanco se suicida por monedas. ¿Quién es salvaje?

La humillación del blanco para con el indio no tiene límites: no sólo no nos permite vivir, también nos dice cómo debemos morir… No nos dejaron elegir sobre la vida… ahora elegimos sobre nuestra muerte.

Durante más de cinco siglos hemos cedido ante el blanco, ante su codicia y sus enfermedades, como la rivera cede en tiempo de verano, como el día cede a la noche… El riowa nos ha condenado a vivir como extraños en nuestra propia tierra. Nos tiene acorralados en sitios escarpados muy cerca de las peñas sa-gradas donde nuestro cacique Güicaní y su tribu saltó para salvar el honor y la dignidad de nuestro pueblo ante el feroz avance del español y del misionero.

Quizá una vez más el ser humano blanco viole las leyes de Sira, las de la tierra y aun sus propias leyes, pero lo que sí no podrá evadir jamás es la vergüenza que sus hijos sentirán por los padres que marchitaron el planeta, lo llevaron a su extinción y robaron la tierra del indio; porque al final de la fría, dolorosa y triste noche, aciaga para el planeta y para el indio, la misma noche que parecía tan perenne como la yerba, el error del ser humano será tal, que ni sus propios hijos estarán dispuestos a seguir sus pasos, y será gracias a ellos, a estos nuevos hijos de la tierra, como empezará a vislumbrarse el ocaso del reino de la muerte y comenzará a florecer nuevamente la vida… Porque no hay veranos eternos, ni especie que pueda imponerse por sobre la vida misma…

Siempre que el ser humano actúe con mala intención, tarde o temprano tendrá que beber del veneno de su propia hiel. Porque no se puede cortar el árbol sin que mueran también las hojas, y en el pozo de la vida nadie puede arrojar piedras sin romper la quietud y el equilibrio del agua. Por eso cuando nuestros sitios sagrados sean invadidos con el olor del hombre blanco, ya estará cerca el fin no sólo del U´WA, sino también el del riowa. Cuando él haya exterminado la última tribu del planeta, antes que empezar a contar sus genocidios, le será más fácil empezar a contar sus últimos días. Cuando estos tiempos se avecinen, los vientres de sus hijas no parirán fruto alguno, y en sus cada vez más cortas vidas el espíritu de sus hijos no conocerá sosiego. Cuando llegue el tiempo en que los indios se queden sin tierra, también los árboles se quedarán sin hojas, y entonces la humanidad se preguntará, ¿por qué? Sólo muy pocos comprenderán que todo principio tiene su fin y todo fin su principio, porque en la vida no hay nada suelto, nada que no esté atado a las leyes de la existencia. La serpiente tendrá que morder su propia cola para así cerrar su ciclo de destrucción y muerte. Porque todo está entrelazado como el sendero enramado del mono.

Quizá los U’WA podamos seguir nuestro camino. Entonces, así como las aves hacen sus largos viajes sin nada a cuestas, nosotros seguiremos el nuestro sin guardar el más pequeño rencor contra el riowa, porque es nuestro hermano. Seguiremos cantando para sostener el equilibrio de la tierra, no sólo para nosotros y nuestros hijos, también para él, porque también la necesita. En el corazón de los U’WA hay preocupación por el futuro de los hijos del blanco, tanto como por el de los nuestros, porque sabemos que cuando los últimos indios y las últimas selvas estén cayendo, el destino de sus hijos y el de los nuestros será uno sólo.

Si los U’WA podemos seguir nuestro camino no retendremos las aves que nacen y anidan en nuestro territorio; ellas podrán visitar a su hermano blanco si así lo quieren. Tampoco retendremos el aire que nace en nuestras montañas; él podrá seguir tonificando la alegría de los niños blancos y nuestros ríos deberán partir de nuestras tierras tan limpios como llegaron. Entonces la pureza de los ríos hablará a los seres humanos del mundo de abajo de la pureza de nuestro perdón.

Pueblo U’wa, Colombia. (2008)

La carta está en muchas páginas web, yo la saqué de AQUÍ.

Un Mundo Nuevo

Después de iniciar el 2021 con nuestro ascenso en familia al nevado de Santa Isabel, que si no lo escuchaste está por AQUÍ, comenzamos a celebrar la Vida con el cumpleaños del Atómico, mi compañero incondicional, motivador número uno e ilustrador del podcast, y quien cumple años en enero.

Y para que fuera lo más especial posible, nos fuimos para un lugar que nos encanta y que, paradójicamente, fue la primera salida que hicimos “juntos” hace cuatro años: Mundo Nuevo y las siete cascadas.

Aquí debo hacer un paréntesis, que no se notará en el podcast pero, para quien lea esta entrada. lo sabrá (secretamente), y es que hicimos dos salidas: la del cumple y una semana después volvimos. Resulta que, como ya dije, habíamos venido hace cuatro años, así que no recordábamos muy bien que digamos el camino; o mejor dicho, Dani recordaba uno y yo otro, y para ponernos de acuerdo, como era el día de su cumple, seguimos el que decía Dani, que nos llevó por un paraje muy hermoso (pero no vimos las cascadas) y a los ocho días volvimos y seguimos la ruta que yo decía, por la que nos encaramamos por todas las cascadas y grabamos más paisajes.

Como siempre, lo importante es gozar y en ambas salidas lo hicimos, y ambas tuvieron momentos preciosos que ya les voy a contar.

El cumple

Para el día del cumple salimos Dani, Samuel y yo, y llevamos todo el “fiambre” para comer a mitad de camino, es decir, en la laguna La Chucua.

Esa mañana el cielo amaneció muy despejado, como los bellos días de enero por estas tierras, así que disfrutamos de un recorrido, digamos que “calientito”, para lo que puede ser calor a más de 3.000 metros de altura. En la foto siguiente sale la peña de Tunjaque, que es un mirador hermoso de La Calera y es el episodio 7 de RSM (lo puedes escuchar AQUÍ).

Cuando salimos de paseo, y ahora a grabar el podcast, obviamente hay muchos momentos y sonidos que no quedan en el episodio. Este fue uno de ellos: nada más comenzar la caminata, aún en la carretera, nos encontramos con una pareja de carpinteros que se estuvo ahí, a nuestro lado, ¡como por 15 minutos!, cantando y dándonos todo un show, del lado del barranco uno y desde un árbol cercano el otro. De verdad que ya en ese momento nos sentimos los más afortunados.

Tengo una grabación de su canto, pero esa la compartiré más adelante en otro proyecto que tengo en manos, para no perderse de TODO, TODITO, TODO lo que pasa cuando salimos a hacer un Relato Sonoro de la Montaña (¡Estar atentos!).

Mientras tanto, les comparto algunas fotos de nuestra caminata, que nos llevó por un bosque precioso, muy tupido, repleto de musgos, líquenes y helechos, como lo describo en el podcast. Verán que no exagero.

Ese día no encontramos el camino por las cascadas, sino que después del bosque llegamos de una a la Laguna La Chucua, donde disfrutamos del sol y de las bellas aguas de ésta. Celebrar la Vida en compañía del amor y la familia siempre será la mejor celebración 🙂

Al descender, nos encontramos con la cascada de la quebrada Calostro, que es la más alta y más cercana a la carretera, por lo que es más fácil de acceder a ella. Pero no por eso dejar de ser impresionante y muy hermosa.

Ocho días después…

Volvimos Dani y yo. Nos habíamos quedado con las ganas de encontrar las cascadas. Ya no hacía el mismo día azulado, sino que amaneció muy frío, lluvioso y nublado… por lo que casi casi que nos regresamos, pensando que nos llovería todo el camino y pasaríamos mucho frío, pero afortunadamente seguimos y disfrutamos nuevamente de la montaña, porque es allí donde definitivamente nos sentimos mejor.

Una vez dentro del bosque, tuvimos que trepar, escalar, agarrarnos de raíces y troncos, salvar nuestras vidas… (exagero un poco), pero encontrar toda esa VIDA vegetal y líquida mereció toda la pena. Estuvimos felices descubriendo agua por todos lados, dejándonos llevar por su canto musical, que si era cascada, que si era río, que si solo se veía a lo lejos.

Esta vez nos internamos al corazón del bosque, de la montaña, y los regalos no se hicieron esperar. Nada nos hubiera hecho sentir más felices porque lo tuvimos todo, incluidos -como siempre- el canto de los pájaros que ya no nos abandonan.

El agua sonaba por todo el bosque, no podíamos dejar de escucharla así que la seguíamos

*Alerta spoiler* Te invito a escuchar primero el episodio para que te imagines el recorrido, y luego veas las fotos; están en orden de aparición.

Por supuesto volvimos a salir a la Laguna, y como lo cuento en el episodio, era otro paisaje… es una belleza como el mismo lugar puede cambiar tanto con el sol, las nubes o la lluvia.

Disfrutamos diferente también. Disfrutamos dejándonos llevar por esa sensación de estar en un lugar sin descubrirse, virgen del contacto del hombre (en este caso un hombre y una mujer). Disfrutamos del silencio bullicioso del bosque, de la soledad y la compañía nuestra, que siempre es el mejor regalo.

Caminantes Sonoros

Aprovecho por aquí para contarles que abrí un canal en Discord, una plataforma de chat pero digamos más especializada, donde se pueden crear grupos para “hablar” de temas más afines, en este caso, de las salidas de todos los episodios de RSM.

Esta aplicación tiene versiones tanto para PC como para dispositivos móviles (iOS y Android), o también la puedes usar desde el propio navegador. Es muy fácil, te dejo el link por si quieres apuntarte AQUÍ.

Nos vemos en la montaña…

Cordada al Urus

Mi primer ascenso a más de cinco mil metros, mi primera cumbre, la primera vez que vi tanta nieve, mi primer viaje con Dani. Son muchísimos los recuerdos que tengo de este lugar y esta aventura. Las dos veces que he visitado Perú me ha regalado paisajes imponentes, sobrecogedores, inolvidables.

Aquí está el episodio 13 de Relatos Sonoros de la Montaña. Después de haber gozado del trópico colombiano en El Carare (Episodio 12 que si no escuchaste está AQUÍ), ahora nos vamos a las altas montañas de la región de Ancash, Cordillera Blanca, Perú.

Tal vez uno de los primeros deseos que me dijo Dani que tenía, cuando comenzó nuestra vida juntos, fue éste: “Quiero ir a la Cordillera Blanca, ¿vendrías?”. Yo ya había estado en Perú, haciendo el camino Inca y me había parecido un país maravilloso; sus montañas y sus picos nevados me deslumbraron desde aquel momento, así que ni corta ni perezosa le dije que sí.

Pero yo nunca había escalado, no sabía la diferencia (o el significado) de un arnés, un piolet, una cordada o que había ropa especial de “alta montaña”.

La llegada a Huaraz, la población epicentro de toda la actividad montañista que se realiza en la Cordillera Blanca, fue llegar a un “salpicón” de culturas muy interesante y a la vez colorido. Por un lado los indígenas, población altamente mayoritaria en Perú, por otro los montañistas, muchos de ellos extranjeros -más extranjeros que nosotros, es decir, del otro lado del charco-, y por último los “huaraceños”, mezcla social de todo lo anterior.

Recuerdo haber pasado unos días maravillosos en esta ciudad, en un hotelito que conseguimos donde ya éramos como “dueños” porque nos estuvimos como 10 días. Caminábamos siempre la misma ruta a la plaza o parque principal, comíamos en una pizzería donde nos atendía un venezolano que era cirujano… revisábamos información de montañas, veíamos los partidos de las eliminatorias del mundial y nos quedábamos hipnotizados contemplando el misterioso Huascarán y toda la Cordillera Blanca desde algunos puntos de la ciudad. Fue un viaje maravilloso, de verdad, creo que a partir de ahí recontraconfirmé mi amor eterno por las montañas. Y compartirlo con Dani era ya más de lo que podía pedir.

La travesía al valle de Ishinca se llevó varios días (y mucho presupuesto, todo hay que decirlo). Desde que contactamos con nuestro guía David en la oficina de guías locales en Huaraz, planeamos hacer tres cumbres: El Ishinca, el Urus y el Tolkiarajo, en ese orden para ir cogiendo “fuerza en la raíz del cacho”. Llegaríamos al refugio que había en el valle, una casa de piedra muy grande, habilitada para recibir montañistas y ese sería nuestro campo base.

Compramos algunos víveres, sobre todo nueces y frutas para llevar y tener como apoyo a la alimentación que ofrecía el refugio. Lo que no sabíamos en ese momento es que aquella alimentación estaría muy por debajo de nuestras necesidades protéicas (bueno, de todo montañista) y eso lo sentiría -sobre todo- nuestro cuerpo.

Ahora parece una anécdota más, pero en su momento este hecho nos afectó muchísimo, tanto que tuvimos que regresarnos antes de tiempo, no pudiendo hacer la última cumbre, porque físicamente nos sentíamos descompensados. La comida del refugio era pobre en nutrientes y poca en cantidad, dos elementos altamente incompatibles para personas que están gastando energía a más de 4.000 metros de altura. Sufrimos pero también nos reíamos con los desayunos de té de coca o café instantáneo, con galletas de sal. Y ya. ESO a las dos de la mañana para hacer una cumbre, jajajajaja. De verdad que nos salvaron “las pepitas” como le decía Dani a las nueces y semillas.

Digamos que “pagamos el desconocimiento” del lugar. Después entendimos que lo que hacen los escaladores ya curtidos en este lugar es traer su propia comida y propio chef y solo usar los baños o el alojamiento en el refugio. Pero bueno, “esas no son penas”, y nada fue tan grave como para dañarlos la posibilidad de ser muy pero muy felices.

Primero, el refugio estaba en un lugar que si lo describo no me lo creería, pero ahí va la foto.

Nos gozamos la cumbre al Ishinca, la primera de las tres cumbres y donde Dani le “perdió” el miedo a las alturas (mentiras, aún lo tiene, jeje).

Las clases de rapel que nos dio David, que terminaron en un descenso mío como de 30 metros mientras caía una leve capa de nieve. Fue muy hermoso.

Las tardes sentados cerca al fuego en el refugio jugando “ahorcados”, la triste noticia de la eliminación de Colombia en el mundial y tener que aguantar la cara de prepotencia de varios ingleses, jajaja. Nos gozamos el valle y esas majestuosas montañas que lo rodeaban, los cielos estrellados, la imagen vívida de la vía láctea que tan hermosamente plasmó Dani en la portada del episodio. Disfrutamos de ver a las “cholitas”, las indígenas, llegar en faldas y chanclas, con los dientes dorados, sonriendo y sin hablar español (solo quechua).

Y por supuesto, la cordada: David, Dani y yo. Fuimos un equipo maravilloso, todos los días bañado por los chistes del Atómico, las carcajadas, la “intensidad” de David

Tantos recuerdos en tan poco tiempo… y ¡habrá más! Atentos a las redes sociales de EstoyVivo en Instagram y Facebook.

Como siempre, GRACIAS por leerme y escucharme. Recuerda que compartir tanto el podcast como esta publicación me ayuda mucho a llegar a más caminantes sonoros, así que la invitación siempre será a replicar Relatos Sonoros de la Montaña por tus redes sociales o con amigos y familiares.

El coloquio de la aves

Relatos Sonoros de la Montaña. Episodio 12

“Cuando estemos dispuestas a despertar nuestros sentidos, nos espera la Madre Naturaleza para enseñarnos algunas de las lecciones más tiernas, como la manera de escuchar a la Vida”.

Sarah Ban Breathnach

Después del evento tan triste de la isla de Providencia, que fue el episodio nueve y que, si no has escuchado, te lo dejo por AQUÍ, me sentí más unida a mi familia -y viceversa-, por lo cual me invitaron a pasar la Navidad en Casa Nueva, la finca de mi hermano mayor en El Carare, Magdalena Medio, a unos kilómetros de Cimitarra (Santander).

Así que, como para pasear a mí solo me lo tienen que proponer y ya tengo la maleta lista, nos fuimos mi mamá y yo a esas bellas tierras bajas, como me gusta llamarlas. Fue un viaje hermoso, desde el inicio, porque la carretera es entre montañas, cruzando la cordillera central, luego se baja al valle del Magdalena Medio con el río Magdalena custodiando el camino, hasta llegar a esas vastas planicies de El Carare, enmarcadas por la cordillera oriental y la Serranía de los Yariguíes.

Estuve ocho días descansando, leyendo, escribiendo y más que nada conectada con la exuberancia de su biodiversidad que alborotó todo mi ser, como esa primera ráfaga de viento marino que sientes al bajarte del avión en una ciudad costera. Como lo digo en el podcast, ya había estado aquí en otras ocasiones, pero también en otras circunstancias; es ahora cuando me siento más conectada y sensible con la Vida silvestre, sobre todo la alada, la cual intenté capturar en algunas fotos que les voy a compartir, y con mi grabadora de audio, principal insumo del podcast.

Como ya lo he dicho en otras ocasiones, no soy pajarera (qué más quisiera), por lo que no tengo los nombres de todas las aves, pero si sabes el de alguna, no dudes en dejármelo como un comentario.

Aquí está la galería de los conocidos: Una pareja de carpinteros que estaba haciendo un nido y me tenían fascinada siguiéndoles la pista, las loras (quedó a contraluz, que perdonen) y una tingua, según me dijo Dani porque yo no tenía idea, pero él es amante de esta especie.

Esta sección es bella. Están las tres rapaces, dos aves negras que creo son “hervidores”, que los llaman en los Llanos, pero no estoy segura, los bellos “periquitos” que comen del pasto y están en todos lados. Luego está el hermoso turpial, con el pico encorvado, diferente al de tierras altas y la tijereta que tiene un vuelo espectacular.

Mi sección favorita trae estos dos carpinteros reales que me tuvieron toda una tarde loca persiguiéndolos, tomándoles fotos y grabándoles este hermoso juego (o cortejo, no lo sé), pero que fueron la sensación en toda la casa, ya que nunca los habían visto antes. ¿Qué tal la suerte?
Nota: Perdón por la mano de maraquera…

Estas son mis desconocidas. La primera cantaba muy duro y pues la foto me quedó algo borrosa, pero era enorme. La otra creo que es un bichofue aunque un poco más cafecito, la siguiente es una cosita muy hermosa, toda popocha y tenía su nido en el árbol al lado de la casa que le dicen “malvecino” (al árbol, no al pájaro, jeje). Sigue un pequeño colibrí…. estaba muy lejos y me costó encontrarlo y enfocarlo y por último también creo que es un bichofué.

El ganado es protagonista muy importante de esta finca -y de estas tierras- porque, como lo digo en el podcast, ha reemplazado miles de hectáreas de bosque, al ser una de las fuentes principales de negocio de la región; una situación muy triste y desafortunada, no solo para los ecosistemas que conviven allí y se ven afectados con la tala de bosques, sino también por lo que significa para mí el negocio de la ganadería (soy vegetariana). No voy a ahondar en esto porque me cuestionó terriblemente, al tener que enfrentar mis principios e ideales con el modo de vida de personas que quiero con el alma, y aunque no estoy de acuerdo, si algo he aprendido en mis años de “ambientalista” es a no ser tan dura a la hora de juzgar, porque en esa área todos tenemos alguna responsabilidad por hacer parte de un sistema que no nos da más opciones (o bueno, sí las hay pero ya dije: no voy a discutir sobre eso, tal vez otro día, tal vez más adelante).

Quedémonos hoy con estas imágenes y con el coloquio de las aves que me regalaron sus cantos, su paz y su amor en mi viaje.

Esta es la casa, y a la derecha, debajo del segundo piso está la sala de las hamacas, mi lugar favortio. Y el primer cuarto fue donde dormí. Las sillas de montar son colección de mi hermano que toda la vida ha amado los caballos y, obviamente, hicimos cabalgata, pero ese será tema para otro relato 🙂

Gracias por escucharme y por leerme. Recuerden que esta publicación -como el podcast- son producciones que disfruto mucho hacer, y que espero le lleguen a muchas personas. Cada vez que compartes o hablas del podcast me estás ayudando a que seamos una comunidad más grande de “Caminantes Sonoros”.

¡Nos vemos pronto en la montaña!

La portada, como siempre, de mi amado Atómico, recogió algunas de las aves de las que hablé en el episodio. A ver si las identificas 🙂

Estoy Viva

Esta semana tuve un pensamiento recurrente a partir de estas dos palabras (Estoy Viva), nombre además del movimiento que fundé con mi compañero Dani Caribe Atómico, y expresión usada en ocasiones para referirse simplemente al hecho de respirar.

Recuerdo que en una excursión con niños del colegio donde trabajo, llevaba una pañoleta que decía así: “Estoy Viva”, y un pequeño, dentro de su mundo concreto y literal, la observó y me preguntó: ¿Eso qué quiere decir? Que sino ¿estarías muerta?.

Me hizo mucha gracia, pero me quedé pensando en la respuesta y le dije: No. Es un recordatorio de que cada minuto de vida es un regalo para gozar por estar vivos, como lo hacemos hoy (estábamos en un lugar hermoso en Suesca).

Puede ser que mi respuesta lo haya dejado más confundido, más que nada por su edad, pero espero que algún día tenga la oportunidad de volver a pensar en ello, o de estar disfrutando del aire libre, de la naturaleza y tenga esa sensación de alegría que invade el cuerpo completamente y te hace decir: ESTOY VIVA.

Volviendo a esta semana, por alguna razón le volví a dar vueltas a la expresión, tal vez porque he tenido unos días muy intensos de emociones maravillosas en la montaña y con mis seres queridos, entonces quise hacer una recopilación de esos momentos, personas y cosas que me hacen sentir viva, requeteviva, porque es ahí, en ese eterno instante, cuando respiro por una razón más fuerte que llevarle aire a los pulmones.

Estar viva no es solo una respuesta corporal, es también un descubrimiento vital que nos lleva un paso más allá en la conciencia.

Y quería compartirlo con ustedes, porque sé que cada una de nosotras (esto incluye hombres), si hace su propia lista, seguro encontrará más de una razón para decirlo y sentirlo también.

Entonces aquí va la mía. Espero que te ayude a inspirarte.

Lo que me hace sentir viva

  • El beso de mi amado cuando aún estoy dormida.
  • El canto del turpial todas las mañanas.
  • El rostro hermoso y tranquilo de mi hijo cuando duerme.
  • La vista del cielo despejado y rosado al amanecer.
  • El olor del café recién molido -y recién hecho-.
  • Una canción que me recorra todo el cuerpo con su melodía o su letra.
  • Un sendero húmedo, cubierto de musgos y líquenes.
  • El vuelo desprevenido del colibrí.
  • La exuberante belleza de las flores (mi favorita: la del magnolio).
  • El tacto frágil y mullido de un frailejón.
  • La existencia de la risa cómplice y del placer compartido.
  • La melancolía que me deja una narración triste.
  • Sentirme vulnerable y llorar por eso y por mucho más.
  • Estar sola en mi casa y que no pase el tiempo a la misma velocidad que todos los días.
  • La caricia del viento en mi cara cuando monto bicicleta.
  • La sorpresa de un paisaje cuando salgo a correr, así sea el mismo recorrido.
  • La existencia de otros seres vivos. Todos. Amados y cuidados.
  • El correr vertiginoso de las nubes en una cima.
  • El zapote, el chontaduro y el aguacate.
  • El antojo de una copa de vino.
  • Sentir su cuerpo desnudo junto al mío.
  • El cariño eterno contenido en una conversación con una amiga/o que no veo hace años.
  • La lectura en silencio, en mi cama, con un bolígrafo.
  • Llevar cuadernos y tener algo que escribir -diferente- en todos.
  • El momento en el que me llega la inspiración y no paro de escribir (como éste).
  • Sentarme en el balcón cuando hace solecito. 
  • Emocionarme ante la inmensidad de un plano infinito de montañas.
  • Planear un viaje.
  • Caminar la montaña y que mis pasos solo me regalen más y más paisajes.
  • El jueves que escucho mi podcast al aire.

Y lo dejo ahí porque sino creo que no acabaría. Me da alegría saber que puedo seguir, eso también me hace sentir viva, jeje.

Te invito a que busques un cuaderno, una hoja o en tu celular y hagas tu propia lista. Si quieres la podrías compartir con el hashtag #EstoyVivaCuando y las publicamos en la cuenta de EstoyVivo ¿Te suena?

Como siempre, gracias por leerme.