La doncella de la montaña

Relatos Sonoros de la Montaña. 2da. Temporada. Episodio 11

Antes que nada, ¡Feliz 2021 para mis oyentes sonoros! Me siento emocionadísima de poder seguir en este proyecto que tantas alegrías me regaló el año pasado, a pesar de haber sido un año tan duro. Siempre le daré el crédito a este hermoso proyecto porque me hizo concentrar mis ideas y desarrollar algo para mí y para todas aquellas personas que disfrutan de ir a la montaña, o de que les narren una historia para viajar con el corazón…

Aquí está el episodio por si no lo has escuchado.

Y aparte de la narración del podcast, quiero dejarte una anécdota maravillosa que vivimos antes de la travesía, así como algunas fotos de ésta para que te ayuden a imaginar -junto con los paisajes sonoros del podcast- mucho mejor este hermoso viaje.

Como cuento en este episodio, hace ya unos cuatro años que nos gusta ir a la montaña al finalizar el calendario. En el 2017 nos fuimos para Chingaza, que es la historia con la que arrancó este podcast y que si no la conoces, la puedes escuchar AQUÍ.
Nota 1. Vimos el oso de anteojos!!!
Nota 2. Es el episodio que tiene más descargas, jeje.

Así que para este año, que estábamos con nuestros hijos, y después de planear muchos viajes que el Covid (y el presupuesto) nos dañaron, Dani tuvo la maravillosa idea de que fuéramos al Nevado de Santa Isabel, el Poleka Kasue o traducido como “doncella de la montaña” o “princesa de las nieves”, de la lengua de los indígenas Quimbaya, que habitaron sus cercanías.

Nuestros chicos tienen 15 años ambos, están en la pura y dura adolescencia y, a pesar de venir de casa de montañistas y deportistas, no es que les anime mucho salir, más que nada por la edad, pero si se les invita nunca dicen que no. Así que ésta no fue la excepción.

El viaje infinito

Tengo que contar esta historia, más que nada para que quede guardada para la posteridad -aunque no haya fotos ni grabaciones, sólo la vivimos los cuatro, jeje- porque ha sido el año nuevo más extraño pero también más hermoso que hayamos podido tener, y estoy segura de hablar por todos.

Salimos de Bogotá rumbo a Manizales el 31 de diciembre. Nuestro viaje iba fenomenal, todos contentos, la carretera avanzaba con normalidad. Pero al pasar el peaje de Mariquita, el empleado nos dijo que la carretera de Letras (único camino “decente” a Manizales”) estaba cerrada por un derrumbe.

Tenaz… íbamos tan bien y tan contentos… Dudando un poco de que la única carretera para llegar al centro del país (porque La Línea también estaba cerrada, también por derrumbes), llamé a la línea de Invías a confirmar la información, y me dijeron que había paso a un solo carril. Así que tomamos la decisión de seguir, así nos tomara “un poco más tiempo” por el represamiento del tráfico. Pero había vía, así que había esperanza.

Cinco horas después de no movernos más de dos o tres kilómetros, la luz al final de túnel (figurado, no hay túnel, ojalá), la esperanza se perdió. No se movía el tráfico y era infinito. A veces bajaban tractomulas y uno que otro carro, pero nosotros no nos movíamos más que 100 metros cada hora. Comenzamos a perder la moral y a pensar opciones… ¿nos regresamos? ¿esperamos? Dani recordó que había una ruta por una población llamada Murillo, que él sabía que los ciclistas la hacían. Así que a las cinco de la tarde nos regresamos a Marinilla, con el respectivo trancón de bajada.

Comimos y arrancamos sobre las siete de la noche por esta vía alterna, que era angosta pero en buen estado. Eso sí, cuarvas sobre las curvas porque estábamos subiendo -una vez más- la cordillera, por otro lado, y una vez dejamos la población de Murillo la vía empeoró gradualmente hasta convertirse en una trocha o algo así como quebrada sin agua. Una vía desolada, iluminada solo por la hermosa luz azul de la luna que había llenad dos días antes.

Pero el camino cada vez estaba en peor estado, y eso que íbamos en camioneta. De pronto pasó un carro, lo que nos dio certeza de ir bien, pero la angustia de la hora (once de la noche) y nada que llegábamos. El paso era casi a 10 kilómetros por hora, ya no había señal de celular, nos guiábamos de verdad por la luz de la luna. En un momento Dani paró el carro, apagó las luces y nos dijo: miren allá fuera… era el Kumanday, el imponente Nevado del Ruiz. Gracias a la luna se veía perfectamente con toda la nieve iluminando el cono y alrededor de nosotros el paisaje adornado de las siluetas de los frailejones, los tímidos pero a su vez aguerridos guardianes del páramo. Esa era nuestra compañía.

A las doce en punto volvimos a parar, a admirar esta bella fotografía que solo guardará nuestra memoria poética en algún lugar del corazón. Nos abrazamos, nos dimos el año nuevo. Todos estábamos felices; Dani y yo siempre muertos de la risa y emocionados de todo este inhóspito paisaje y la aventura, y los chicos, la verdad que los chicos increíbles, también relajados y motivados. Obvio incómodos con la saltadera del carro, pero contentos riéndose y haciendo chistes. Siempre nos sentiremos orgullosos y agradecidos con la inmensa fortuna que es tener estos dos hermosos seres en nuestras vidas.

El mercado

Pasadas las doce, en un momento vimos unas luces de carro adelante. Era un camión que pasó y en la parte de atrás llevaba unas canastas de frutas, esas que se usan también para la cerveza (para que se ubiquen, jeje). Nos hizo luces y siguió.

Pasados unos metros de pronto vemos en la carretera una canasta… ¡se le había caído al camión! Qué extraño,. Unos metros más adelante otra, y otra y así vimos como cinco. El conductor no se habñia dado cuenta que con esas movedera se le estaba cayendo lo que llevaba.

De pronto, cerca a un río de aguas termales, vimos otra canasta con una bolsa blanca adentro. Ya la curiosidad nos ganó y Dani se bajó a ver qué era… ¡pues era un mercado! Ahí, tirado en la mitad de la nada, ¿Qué hacemos? ¡Pues lo echamos al baúl! Era menos grave que dejarlo en ese lugar por donde nada ni nadie pasaría. Y más Adelante ¡OTRA! con tomates cherry. Nos reíamos mucho, no nos lo podíamos creer, a la vez que nos daba un pesar imaginando todos los posibles escenarios de el conductor llegando a su casa sin el mercado… pobre, la verdad, pero ya ni modo, jeje.

Llegamos a la 1:30 am al hotel que, muy queridos la verdad, nos estaban esperando y nos habían guardado la cena de año nuevo. Qué cansancio… más de 20 horas en el carro, y todas manejadas por Dani. No dejo de sentirme impresionada, agradecida y orgullosa de él por su templanza y buen genio para toda ocasión. O bueno, para casi toda 😉

Esa fue la aventura que precedió nuestra travesía al Santa Isabel.

Las fotos

Ahora les dejo algunas fotos del ascenso al borde de nieve.

Aquí comenzó nuestra caminata, con la suerte de que solo éramos los cuatro y nuestro guía Lucho.
Mi protagonista favorito: Emilio. Su palabra favorita: Normal.
El encuentro más hermoso: el venado soche ¿No es como una aparición mitológica?
La llegada a la nieve.
Hasta los lupinos quedaron congelados con la nevada de la noche anterior
Rastros de la nevada
Los “magos” con sus capuchas, jeje, ya entre la nieve, la lluvia y el frío
Ahí vamos con nieve y agua.
Esta foto la tomó Dani, a un pajarito. ¿No es hermosa?

Espero que les haya gustado la historia y las fotos del recorrido. Como este año será un episodio mensual, estaré compartiendo más material adicional para que haya más contenidos.

Recuerden que la mejor forma de apoyar el podcast -y esta página- es compartiendo. Cada vez que hay un nuevo “caminante sonoro”, lo están esperando muchas historias: las contadas y las que vienen.

Gracias a todos por seguirme, escucharme y leerme.

Un año para no olvidar

Hoy es mi cumpleaños. Mi cumpleaños número cuarenta y siete… y antes que sentirme aterrada por estar cada vez más cerca de los cincuenta (que lo estoy, es la verdad), quiero aprovechar este espacio, mi espacio, mi blog personal, para agradecer una vez más por todo lo que ha sido este año (más) que, ni en sueños hubiera podido creer todo lo que iba a pasar.

Y no lo digo solo por la llegada del Covid19, que puso en jaque a todo el mundo, todo un mundo lleno de personas reales, frágiles y temerosas de esta extraña enfermedad (en la que me incluyo), sino por lo retador que pudo ser para todos enfrentarnos a ese miedo ciego, y sentirnos cada vez más vulnerables en un sistema que colapsó y comenzó a botar piezas por todos lados, dejando tanta gente tirada en el camino.

De una forma extraña todo lo vivido me dio la oportunidad de comenzar “empresas” que para mí han sido muy importantes este año, que me han hecho crecer o encontrar nuevas facetas en esta misma mujer, profesional y ambientalista que me considero. Por supuesto que tuve y tengo retos, pero como una forma de celebrar mi cumpleaños, es decir la vida, mencionaré lo que me hará recordar este 2020.

Del Podcast

Diseñar, escribir, grabar, editar y producir Relatos Sonoros de la Montaña ha sido de lo más lindo que me dejó este año. Nunca me lo hubiera ni siquiera pensado para mí, y ahora ya tengo diez episodios y muchas ganas de seguir adelante y mejorar en todo sentido. Volver a la narrativa literaria fue un ejercicio maravilloso, y aún más encontrar una voz para contarlo.

Cada vez que intento algo nuevo puedo descubrir un talento en mí que me ayuda a acercarme a esa opción de vida que quiero, más centrada en estas posibilidades y en escribir o crear que es lo que más me gusta hacer. Ya veremos cómo sigue el 2021.

Por lo pronto, quise hacer este recopilatorio con las bellas ilustraciones de mi Dani Caribe Atómico, que se fajó con esas hermosas portadas, y por supuesto invitarlos a escuchar los episodios si aún no lo han hecho.

Están en Spotify, Google Podcast, Apple Podcast, Spreaker, Deezer, Himalaya Podcast, y muchas más. Y por supuesto, en esta página web también 🙂

De la sostenibilidad y el cuidado del planeta

El medio ambiente es un área (completa, no media, jeje) de la vida en la que siempre he creído y he buscado la manera de acercarme cada vez más. No por nada estudié medio ambiente y ciencias sociales cuando me fui a España, y en mi años mozos escribí es revistas donde apenas se comenzaba a hablar de ecología y yo quería cuidar los animales que se veían afectados por la caza. Recuerdo que en el colegio, para una feria de la ciencia, por allá en los 90, hice un trabajo sobre la capa de ozono, cuando aún sonaba como algo muy raro creer que se estaba abriendo un hueco… en fin.

Que la cuarentena me llegó como la “excusa perfecta” para fortalecer mis ganas de llevar un estilo de vida más sostenible, para alinear mi cuerpo y mi alma con el planeta, y mucho parte de este tiempo se la he dedicado a leer, estudiar, entender y sobre todo ACTUAR.

Durante estos ocho meses largos inicié un cambio real para aportar a un planeta más sostenible. Dejé de comer carne, reduje a lo mínimo la compra de plásticos en casa, sobre todo en lo que tiene que ver con aseo y cuidado personal y comencé a hacer mis propios productos (sin envases plásticos, reutilizando). Separé juiciosamente los residuos (reutilizables, reciclables y compostables), inicié el compost, busqué proveedores locales y orgánicos para verduras y otros productos y bueno, así voy. Siendo valiente, constante, disciplinada y organizada. Sino, no lo lograría.

Y solo como abrebocas les cuento que para el otro año habrá más, quiero compartir mi experiencia con más personas que sé que quieren hacer algo pero a veces se sientes abrumadas, o no saben por dónde comenzar. Vamos a lograrlo, porque muchas gotitas de agua pueden hacer un inmenso mar. No hay acción pequeña, todas cuentan, y mientras más conciencia tengamos nos será más fácil ir ajustando algunos hábitos que le hacen mucho daño a nuestro planeta, ese que somos, del que hacemos parte. El planeta no está afuera de nosotros, y solo es éste; recordémoslo.

Del amor

Incluyo aquí mi relación personal porque, como a muchos, también la afectó el Covid19, pero solo para fortalecerla más. Vivimos una cuarentena juntos y salimos adelante queriéndonos más, entendiéndonos mejor, apoyándonos y sobre todo: soñando con ese mundo que queremos para ambos JUNTOS.

Gracias DaniChan por querer lo mismo que yo, por dar de tu parte como yo, por haber aprendido a respirar antes de hablar y por haberme enseñado a soltar antes de controlar.

El amor es una gran empresa que siempre siempre valdrá la pena.

Y hubo muchas actividades más, a pesar del encierro: leí un montón, en digital y papel; escribí también mucho, en los guiones del podcast, en la web y en mis diarios; dejé de usar Facebook (¡qué paz!), le tejí una mochila a Dani, hice yoga (aunque lo dejé, ejem…), mi balcón tiene ahora un durazno lleno de flores, cociné un montón y muy saludable, pasamos el cumple No. 15 de Emilio en casa, no me corté el pelo en todo este tiempo, trabajé desde la mesa de mi comedor (lo cual me tiene remal de la espalda, pero bueno); lo único es que hice menos ejercicio, pero bueno, espero pronto poder volver a arrancar, un poco más suave.

Y es así como termina este 2020 para mí, con tantos agradecimientos y ganas de seguir creando y moviéndome en este mundo que nos mostró -una vez más- que nada es lineal, todo es cíclico y hay que mover las energías para que haya más y más energía. Ese es el propósito para el 2021 y con ese me despido.

Espero pasen bien este tiempo, con ustedes mismos, en familia, como quieran. Cuídense mucho, vayan a la montaña y no dejen basura 🙂

PD. Como dato adicional les cuento que ésta será la última entrada del 2020. Descansaré un poco de las redes, por lo que también descansaré de Instagram. Quiero regalarme de cumpleaños un mes conectada netamente a la naturaleza y a crear lo que quiero para mí en el año que viene. Ya les contaré 😉

Los tesoros de La Laja

Ecoposada La Laja

Relatos Sonoros de la Montaña. Episodio 10

Se llegó el día de dar por pausado el podcast. Desde el inicio lo había pensado así, porque diciembre es un mes con demasiadas distracciones, casi todas necesarias, pero lo que nunca me imaginé es que éste iba a ser mi episodio favorito.

Siiiii, ya sé que no me creen porque de todos digo lo mismo (jajajajaja), pero es que son como mis hijos y cada vez que pienso en uno y comienza “el parto”: escribir, buscar los paisajes sonoros, editar, producir, escucharlo… todo esto hace que la pase tan bien y tan feliz que olvido lo hecho y me enamoro de este nuevo hijo. Eso me pasó con este episodio, además de ser el que cierra la temporada. Siento yo, que con una evolución notoria y cada vez más cerca de mi propia forma de narrar. Entonces… aquí está.

Como durante el episodio hablo de algunas aves, de verdad quiero que las vean porque son muy muy bellas. Todas las fotos de esta sección son de Lucho Linares, fotógrafo excepcional, ser humano único y el mejor guía y heredero de la Reserva de La Laja. Gracias Lucho por habernos llevado a esta joya de reserva, el nombre no le pudo queda mejor puesto.

El clarinero escarlata
El Copetón
Tángara de Montaña
El mochilero
El tucán de páramo
El barbudito paramuno.

Y les dejo también algunas fotos de la travesía que, obviamente recomiendo a todos. Este lugar de verdad es mágico. Conectémonos más con la naturaleza, es wifi gratis todo el día 🙂

La puya, el alimento favorito del oso andino

Gracias a mi cordada: Stefany, Richie, Juan y Cata y a Lucho, a su hermano Alejandro y a Blanquita quienes nos acogieron tan fraternalmente en su hogar y ecoposada.

Recuerden ir a la montaña. Y cuidarse mucho.

La hermosa portada es de mi Dani Caribe Atómico

La Divina Providencia

Relatos Sonoros de la Montaña. Episodio Especial

Estoy feliz, y a la vez profundamente conmovida, de haber sacado a la luz este episodio, en tiempo récord y con tantos sentimientos encontrados. Pero aquí está… espero que lo disfrutes

Les confieso que el día de hoy iba a salir un episodio totalmente diferente. La semana pasada ya tenía el relato listo, los paisajes sonoros, Dani ya iba a comenzar su dibujo, cuando pasó todo esto del huracán Iota, que removió no solo los cimientos de la isla, sino también los sentimientos de quienes conocemos este maravilloso lugar y -en mi caso- hemos tenido nexos más cercanos.

Sentimientos de tristeza, saudade, dolor, impotencia… pero no se podía quedar en eso. Gracias a Dani, que me dijo que una manera de sanar era recordar, se me iluminó el bombillo y comencé a darle vueltas a esta idea. Le escribí a toda la familia con la que conviví en esta bella isla y los invité a participar con un audio donde me contaran una anécdota, un recuerdo, una experiencia memorable. Todos aceptaron y en menos de tres días tenía como 40 minutos de audios con recuerdos.

Reí y lloré escuchándolos… cuántas imágenes volvieron a mi cabeza.

La famosa foto del Bombombun. Fue real

Todos los lugares que nos recuerdan Providencia están llenos de imágenes como estas, alucinantes, paradisiacas, inolvidables.

Mi último viaje fue en julio de 2017. Fui con mi hijo y la familia mexicana. Pasamos días maravillosos, corrimos por toda la isla, fuimos a todas las playas, los niños gozaron del mar como nosotras en nuestra misma época.

Y no hay viaje que recuerden más Emilio, Sabina y Miranda, que éste a la Divina Providencia. Es increíble cómo los círculos del amor se repiten…

El Faro, otro lugar inolvidable

Cierra este episodio la preciosa ilustración de Dani Caribe Atómico, quien cada vez me sorprende con un dibujo lleno de amor.

Si quieres apoyar a la gente de Providencia que necesita ayuda, puedes hacerlo a través de este enlace: https://www.gofundme.com/f/hurricane-iota-friends-of-providence-island?utm_medium=email&utm_source=product&utm_campaign=p_email%2B4803-donation-alert-v5

El bosque por encima del bosque

Relatos Sonoros de la Montaña. Episodio 8

Esta semana viene un gran relato, de mis favoritos de este año, no solo por ser la primera salida después de la pandemia, sino porque el lugar es absolutamente hermoso. No tenía idea de que existía un bosque como éste y, de veras, los invito a visitarlo. Vale toda la pena del mundo.

Les dejo algunas fotos que acompañarán muy bien después de que escuches del podcast que, como siempre lo digo, se oye mejor con audífonos.