La alquimia de las montañas

A Caribe Atómico… para que sean muchas más montañas, muchos más presentes.

«Las montañas existen. Son una masa de árboles y de agua,
de una luz que se toca con los dedos, 
y de algo más que todavía no existe».
Jaime Sabines

Foto de Sebastián Valencia

Cuando Daniel me dijo esa mañana que el lunes iríamos a la montaña, me llené de ilusión porque, a pesar de haber corrido y caminado muchas (o al menos eso creo yo, a lo mejor no son tantas), los Cerros Orientales siguen siendo un misterio, una diosa recostada a la orilla de la ciudad, una mujer sensual, medio ingenua medio incitadora, pero inexplorada para mí. Así que saber que iría a recorrerla con él, apasionado como yo por esas sensuales «masas de árboles y agua» -como bien dice el poeta-, y otros compañeros del Trail Run Colombia, fue mucha emoción y expectativa. Y aunque no me gusta para nada tener expectativas -porque son el autocomienzo de las decepciones- éste no fue el caso.

Ya sabes qué voy a decir ahora: AMÉ.

Amé conocer y dejarme sorprender por una(s) montaña(s) nueva(s), porque los Cerros son muchas montañas, porque éstas, más que otras, nacen todos los días y se reinventan con las horas. Desde la madrugada cuando iniciamos nuestro recorrido a las 4:30 am y hasta las 9:30am estuvimos acariciándola por diferentes partes de su cuerpo, y se nos mostró de tantas maneras… fue tímida al principio, resguardaba su belleza entre la oscuridad y la neblina, pero nos acarició deliciosamente todo el tiempo. No era frío lo que hacía, era una helada ternura, era perfecta.

Foto de Caribe Atómico

Luego -tímida como lo es siempre- se abrió por lugares, nos dejó ver la ciudad y algunos de los cerros cercanos: Monserrate, Guadalupe, el Aguanoso, era como si tuviera una seda que la cubriera y muy, muy sensualmente la apartara por momentos, para en un suspiro volver a cubrirse. Por instantes de presente nos dejó ver las veredas del Verjón Alto y el Hato, y se volvía a cubrir, y sonreía con esa mirada que decía: quiero que vengas más, que me recorras, que me toques y me acaricies. Te quiero. Aquí. Más.

Amé el agua que brotó de ella en forma de riachuelos, de cascadas, de solo el rumor en algún lugar cercano a nuestros cuerpos. Nos buscaba, nos perseguía con su humedad, nos acompañó silenciosamente. Amé el olor a bosque, a madrugada, a neblina, a virgen montañosa. Respirar a más de 3.000 metros de altura y entre tanto verde, te pone en otro estado, en uno más real. Cada bocanada de aire que necesitas para subir, correr, trepar o suspirar, te entra a los pulmones con toneladas de pureza, de oxígeno desbordado de bosque y cielo.

Foto de Caribe Atómico

Amé la compañía. Siempre he dicho que las carreras, en competencia o entrenamiento no son sólo la ruta. O mejor dicho, que la ruta no sería nada sin quién te acompaña en ella. Eso, o esa compañía, es la que la hace tan especial y memorable. Y Daniel, Sebastián, Carlos y Maryluz fueron una compañía muy especial. El sincretismo que se logra en un grupo que sale con la misma energía a la montaña, es pura magia de presente vivido, con sus ingredientes: día, hora, lugar, estado emocional, tiempo, camino, árboles, barro, cielo, luz, risas y sonrisas… ¿Quién decide los elementos que llevan a que una poción mágica se conviertan en alquimia pura? Dios, la montaña, los dos. La pregunta queda en el aire. La respuesta la sabemos los que estuvimos allí y sentimos cómo nos recorría la misma alegría al ver la cascada, la neblina, al sentir el frío y el calor en nuestros cuerpos, al reírnos con las ocurrencias de Daniel o las respuestas de Sebastián. Vamos armando un tejido invisible que nos une al lugar, a las sensaciones, a lo vivido y nos queda una hermosa manta llena de recuerdos de uno y del otro. Así, sin más, llevamos puesto otro traje de amistad, de montaña.Foto de Caribe Atómico

Amé los nombres de cada lugar visitado, algunos conocidos, otros bautizados por la Pandilla Atómica, pero todos con una historia detrás… Las delicias, la cruz, el camino del dragón, el bosque del silencio, la sala, la casita, las Moyas. Cada espacio representaba algo; para mí, un lugar del cuerpo, un espacio de vida por donde puedes deslizar suavemente los dedos y acariciar una piel suave, un tacto delicado como lo son todos los ecosistemas de la alta montaña.

Foto de Sebastián Valencia

Amé conectarme, sentir todo esto y tener deseos de escribirlo conforme salieron los pensamientos de mí. Amé imaginar a las montañas como mujeres, no sólo por el género de la palabra, sino porque lo que me produce su imagen, su forma, su textura: me encanta verlas y entonces quiero recorrerlas, admirarlas, respirarlas, descubrirlas, penetrarlas. Muchas veces, muchas. Porque son atractivas, fascinantes, son hechiceras de hombres y mujeres seducidos por ellas. Nada las detiene cuando se nos muestran como son y así las podemos ver, porque no todo el mundo las ve igual, pero podemos compartir su amor y su deseo con quienes quieran amarlas así, como lo describo. Foto de Caribe Atómico

Entonces se me ocurre: ¿No sería ese el amor real? ¿Poder compartir un sentimiento y un cuerpo sin ataduras, solo por puro AMOR, por generosidad, sin dañar ni lastimar?. Lo que nos hace feliz a nosotros puede hacer feliz a alguien más. Es el principio del compartir… pero bueno, esa es otra disertación, probablemente más profunda y oscura dentro de la sociedad en que vivimos.

Foto de Sebastián Valencia

Después de escribir esto lo vuelvo a leer y siento que la pasión de correr viene de mi amor por las montañas, inculcado por mi padre desde que era una niña y ahora revivido en un presente que no quiero que se me acabe. Por eso me gusta recorrer caminos, ya sea caminando o ahora corriendo. Porque amo sentir la tierra debajo de mis pies, amo ver y descubrir paisajes nuevos o ya conocidos, amo compartir (o que me compartan) el amor por ellas con otros. Amo el cielo que nace con cada montaña. Son ellas un amor real.

Les dejo el poema completo de Jaime Sabines (México, 1926-1999), regalo de mi hermana MC, que describe perfectamente su lugar e importancia en el mundo, en nuestro mundo de amantes de las montañas.

Las fotos son de mis compañeros de viaje, Caribe Atómico y Sebastián Valencia. Gracias chicos por sus sonrisas, por su cuidado y por compartir con nosotros su amor por las montañas.

«LAS MONTAÑAS» 
Las montañas existen. Son una masa de árboles y de agua,
de una luz que se toca con los dedos,
y de algo más que todavía no existe.

Penetradas del aire más solemne,
nada como ellas para ser la tierra,
siglos de amor ensimismado, absorto
en la creación y muerte de sus hojas.

A punto de caer sobre los hombres,
milagro de equilibrio, permanecen
en su mismo lugar, caen hacia arriba,

dentro de sí, se abrazan, el cielo las sostienes,
les llega el día, la noche, los rumores,
pasan las nubes, y ríos, y tormentas,
guardan sombras que crecen escondidas
entre bambúes líricos, dan el pecho
a limones increíbles, pastorean arbustos y zacates,
duermen de pie sobre su propio sueño
de madera, de leche, de humedades.

Aquí Dios se detuvo, se detiene,
se abstiene de sí mismo, se complace.

Correr con el corazón

«Corre fuerte, corre largo y siempre corre con el corazón».
Scott Jurek

Dedicado a mis amigos de montaña Catalina, Jessie, Elías y José «Supermán».

Cada vez encuentro más difícil definir o expresar con palabras las emociones, sensaciones y sentimientos que me deja esta pasión por correr. Porque no es sólo salir y mover un pie detrás de otro, no.

Todo empieza desde que me inscribo a la carrera, en este caso la Chicamocha Canyon Race, reviso la página con la información, el calendario, etc; con Catalina reservamos el hotel donde nos vamos a quedar, con Andrés, mi amigo y Coach, revisamos una y otra vez la altimetría, los kilómetros que voy a hacer y comienzo los entrenamientos dirigidos hacia esa meta: la velocidad, el fortalecimiento, las cuestas, los fondos… diseñamos una estrategia de carrera (que cabe decir nunca cumplo, ejem), planeamos la alimentación y la hidratación… y se llega la semana previa y estoy muerta del susto, no quiero correr presionada, no quiero correr para ganar, me duele el estómago, tengo angustia existencial.

Andrés se ríe de mí porque sabe que ya me picó el demonio que me exige darlo todo, que aunque me queje disfruto como nadie la montaña y correr y exigirme. Pero, ¿En qué momento me metí yo en este zaperoco? ¡No tengo idea! La cosa es que es la adrenalina mejor invertida -o gastada- de todas.

Chicamocha Canyon Race

¿Y en qué se convierten esas sensaciones? ¿Cómo las vuelvo palabras para poder así contar lo que sentí al correr, cuando me encontré ante esas majestuosas montañas, ante semejantes paisajes, cielo, nubes, sol abrasador… el Cañón del Chicamocha en todo su esplendor?. Lo intentaré.

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La primera sensación que me envolvió -como siempre- fueron las palabras que antes de una carrera Andrés tiene para mí, y que son como mi amuleto de poder. Esta vez fueron «Ve y disfruta de esas bellas montañas y haz lo que saber hacer tú cuando corres». Esa es como mi vitamina mental.

Así me concentré y comencé a disfrutar del camino, de mover los pies, de encontrar un ritmo. Y comencé a subir y el sol y la sed me debilitaron muy pronto, creo yo que más la mente que el cuerpo. No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí tanto calor… pero apareció Elías, amigo de Trail Run Colombia, que me regaló una enorme sonrisa y me preguntó cómo iba… yo me iba muriendo, sentía que me iba a desmayar pero le dije que bien; nos tomamos una foto y eso me cargó de energía. Amigos que se cuidan, qué felicidad tenerlos. Por un momento olvidé que estaba subiendo 1.500 metros de desnivel positivo sin una sola sombra, sin un lugar donde resguardarse del sol.

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Más adelante paré a tomar agua, a calmar mi cabeza que me tenía loca pensando que me iba a deshidratar, preguntándome muy enojada para qué me metí en estas carreras, cantando reguetones y canciones depresivas de Love of Lesbian… Paré y, en vez de mirar lo que me faltaba de montaña, miré lo que había subido y ví ese Cañón que es casi infinito, ví muy lejos de dónde venía, de Jordán; había subido como una cabra esa montaña y aún así el horizonte no se acababa, solo se veía borroso por la hora, pero eran planos y más planos de montañas.

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Llegué al primer punto de hidratación, me tomé una botella de agua y la otra la dejé caer por mi cuerpo para recuperar agua por todos los poros… qué delicia, qué ironía de sensaciones encontradas. Seguí trotando ya con más ritmo -porque la subida fue casi que gateando- sobre un costado del camino buscando los pocos árboles que daban sombra, cuando ví una mariposa Morpho (las azules) que aleteaba como en cámara lenta. Estaba frente a mí. ¿Estaré delirando? aún hoy no lo sé, pero fue una recarga de energía ver ese movimiento tan sutil y tan tranquilo cuando tú llevas una respiración agitada, estás sudando, mirando el reloj, los kilómetros, el agua que queda… en ese momento paras, miras la mariposa, recuerdas a alguien que te hace sonreír y sigues con otra sensación en el cuerpo. Fue real.

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La sensación de calor abrasador, de fuego en los pies -hinchados por el calor-, del sol quemándome los brazos se mezclaba intermitentemente con otras sensaciones más reconfortantes, como el cambio constante de paisaje: después de esa subida infernal del cañón tomamos un carreteable hasta Villanueva y luego nos metimos por un bosquecito muy verde y fresco donde se recuperó un poco la energía y la temperatura del cuerpo. Ya al acercarnos a Barichara el cañón se vuelve más verde y las montañas -custodiándonos todo el tiempo- son un regalo al esfuerzo de correr, a estar allí aún con energía para disfrutarlo y sobre todo para llegar.

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Otra sensación entrañable es compartir con otros corredores durante algunos tramos, reírnos, darnos fuerzas unos a otros, revisar los kilometrajes de cada uno y que ninguno cuadre, o sea, no saber cuánto falta exactamente; contarnos experiencias de otras carreras y así dejar pasar el tiempo hasta ver Barichara a lo lejos… y llegar. Abrazarse con desconocidos que fueron amigos de camino es algo inolvidable, como lo es aún más cuando llegó Catalina, el corazón casi se me estalla de la emoción al abrazarla así, sudadas y polvorientas como estábamos, no importó, somos guerreras de la montaña, hemos vivido, padecido y amado el mismo camino. Y luego llegó Jessie y la misma emoción compartimos las tres.

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El último recuerdo y de las mejores sensaciones que guardo de esta experiencia llegaron al día siguiente en la premiación. La camaradería de todos los corredores, amigos o conocidos, sin importar camisetas, clubes o ciudades, todos gozamos y vibramos con la misma emoción ver esos guerreros que se suben al podio, no por premios o medallas, sino por fuerza y voluntad, porque la montaña mostró quiénes son.

Volver a Bogotá con José «Supermán», Elías, Jessie y Cata fue un gran premio. Recordamos la carrera y lo que vivimos cada uno en ella, nos contamos historias, nos reímos un montón y hasta armamos una aventura ancestral e indígena para diciembre. No paramos, estamos todos igual de locos por las montañas, por correr. Gracias chicos por su compañía y su energía.

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Como dice Kilian Jornet, la montaña te obliga a ser quien eres. Y para mí el Cañón del Chicamocha me mostró de qué estoy hecha, qué puedo lograr y a qué me puedo enfrentar cuando me lo propongo, cuando quiero, cuando amo, cuando corro con pasión.

 

Y mientras atravesábamos dos departamentos de vuelta, las montañas seguían allí, curiosas, con sus figuras sinuosas, como mujeres sugestivas. Yo miré por la ventana y me pregunté: ¿Cómo se llegará a aquella cima?, ¿Habrá camino para subir esa montaña?, ¿Cuánto se podría uno demorar en subir esas cuestas?… es como una emoción que brota de manera natural apenas los ojos hacen contacto con ellas -las montañas- y el corazón comienza a latir más rápido.

No cambio por nada mi vida de corredora y montañera. Soy feliz.

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Las riquezas del Guatiquía

Este fin de semana -festivo en Colombia- estuve en un lugar que se encuentra a unos 140 kilómetros de Bogotá, el Cañón del Guatiquía. Nunca lo había oído mencionar hasta que comencé en el mundo del trail running y el año pasado, en la travesía a Sumapaz, Jorge Pinzón, hacedor de sueños, nos dijo: «tienen que hacer el trail de Guatiquía, eso sí que les va a encantar». La cosa se quedó así hasta hace un par de meses, cuando comenzó la convocatoria para la carrera. Las fotos que montaron en la página de Facebook y la invitación de Catalina -mi alma gemela corredora- hizo que me animara a hacerla, a pesar de ya haber planeado hacer en un mes la Chicamocha Canyon Race.

No soy de hacer carreras a lo loco, de hecho no me gustan mucho, apenas estoy tomándoles el gusto (y quitándoles la ansiedad que me producen), pero me parece que estas carreras, en lugares hermosos y exóticos no se pueden perder. Es más, ahora ya sé que se deben repetir. Así que planeamos todo -esto incluye entrenamientos- para correr esta aventura.

Lo que no sabía hasta ese momento es que Guatiquía no era una carrera. Guatiquía ES un tesoro escondido tras unas montañas, un cañón y un río, y para compartir con ustedes este tesoro lo he dividido en las tres joyas que me dejó este fascinante lugar.

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Foto de Oso de Anteojos

La joya del cuerpo

La distancia que corrí fueron 24 kms con un desnivel positivo* de 1.745 mts (*este término quiere decir la suma de las distancias ascendidas durante un recorrido), lo que definitivamente la hizo una carrera dura, de mucha técnica, resistencia y mente.

Ya sé que para los corredores «pro» 24K viene a ser poco (teniendo en cuenta que en el trail running hay distancias de 42, 60, 80, y más de 100 kms), pero para una novata como yo, que sólo hasta noviembre del año pasado hizo su primera carrera de 20K, medírsele a esta distancia fue todo un reto.

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Un reto que me trajo grandes satisfacciones porque mi cuerpo respondió muy bien, me dio toda la energía que necesitaba; todos los entrenamientos previos de velocidad, fuerza y fortalecimiento me fueron súper útiles en los diferentes puntos cambiantes que tuvo el recorrido: mantener ritmo de carrera, ascensos a pasos largos, bajadas «a tumba abierta» pero enfocada en la pisada, hidratación y alimentación funcionaron muy bien. No me cansaré de agradecerle a mi Coach Andrés Cubides por el trabajo que hacemos juntos para culminar estos retos, por creer en mí y darme la fuerza física y mental para creerme que puedo. Y puedo.

Resultado: 3h 37m de carrera, primer lugar en mi categoría y sexta en la general de damas. Más feliz no podría estar. Aún no me lo puedo creer, como que no creo lo que significa haber corrido tan concentrada y a la vez tan feliz, y tener una medalla de ganadora en mi casa. De veras, no me lo creo, porque más felicidad que la medalla me la dieron el cuerpo (primera joya que amo y cuido) y las otras dos que vienen a continuación.

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La joya del espíritu

No tengo la cuenta -porque la perdí como en el km 10- de cuánto ríos, quebradas y cascadas pasamos durante el recorrido. El agua que alberga esta zona no es medible, simplemente hay que admirarla y dejarla correr, dejar que te moje, que te lave, te limpie y envuelva en su sabor a tierra, a madre, a selva. Cada rincón de agua, cada puente colgante o pasada por entre las piedras de ríos rojos, turbios o cristalinos, fue un regalo de la tierra para estos corredores que amamos dejarnos acariciar de tantas maneras por la naturaleza.

Y luego están las montañas… tupidas, apretadas, espesas… de unos verdes nuevos para mis ojos: verde oscuro, esmeralda, verde jungla, verde Guatiquía. Montañas cercanas y otras lejanas, cerradas, que sólo dejaban un respiro a las enormes cascadas de agua. Planos y planos de montañas que mueren en el cañón del río Guatiquía. Cierro los ojos para recordar ese momento, tal vez en el kilómetro 16, antes de comenzar a bajar, cuando me di la vuelta y me atrapó la vista de ese cañón… interminable… y la neblina baja mostrándome todo lo que habíamos subido…

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Foto de Sofía Ochoa
Fue allí cuando recordé la frase que él me regaló para este viaje: «disfruta la vista, abre tus sentidos, pídele a la montaña que te reciba y recíbela tú como llegue» (Gracias a él). Eso hice. Abrí mis brazos, respiré profundo y me dejé sumergir en los olores, en los colores, en la sensación de felicidad que me embargaba completamente toda, me sentía con ganas de gritar de alegría, de júbilo. Venía un corredor atrás, me voltié y le regalé una enorme sonrisa. Debió pensar que estaba loca. Y es verdad.

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Foto de Sofía Ochoa

La joya del corazón

La última joya, no por ello menos importante, es lo que significa unir a tantas personas a partir de una causa que no es sólo correr, sino también ayudar a una población vulnerable como lo es Santa María La Baja. Gracias a esta carrera se generó empleo con los puestos de avituallamiento, señalización, guías, alimentación e hidratación, los competidores llevamos kits escolares para la escuela de la vereda, y tuvimos la oportunidad de conocer una gente amabilísima, que todo el tiempo estuvo atenta a ayudarnos y animarnos durante el camino.

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Foto de Jorge A. Pinzón
Pero toda esta organización no se podría hacer sin el espíritu rebelde y generoso de una pareja que no termino de admirar: Jorge Alberto Pinzón, «Patabrava» y Ximena Barriga, su compañera. Caminantes, corredores y filántropos en diferentes lugares del país, Jorge y Ximena se propusieron desde el año pasado hacer una carrera diferente; apartándose del concepto de lucro, diseñaron una carrera para apoyar una región y para unir a los corredores a una misma causa, lo cual nos pone en un lugar de humildad, de volver a correr por disfrutar, no por premios; nos hace sentirnos hermanos, no competidores; nos muestra la cara más amable del trail running, no la comercial.

Entonces ¿quiénes hacen esta carrera? Las personas que vibramos con la energía y la locura de Jorge y Ximena, quienes pensamos que es más rico correr para gozar y mejor aún para ayudar, y como dicen los amigos de Trail Run Colombia, para «más compartir, menos competir».

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Y con este sentimiento quiero soñar toda la semana, todo el mes… recordando esos bosques, las quebradas, los caminos, el paisaje… la felicidad que sentí al llegar a la meta, cuando llegó Catalina y cuando llamé a mi hijo a contarle que había ganado («¿En serio mami? ¡Te lo dije! ¡Te lo dije que ibas a ganar!). Me quedo con el recuerdo de los abrazos de amigos, conocidos y desconocidos, con la palabras de ánimo y las sonrisas que quedaron regadas por todo el camino.

Me llevo infinidad de joyas en el alma para seguir haciendo de mi camino por la vida un recorrido placentero, repleto de momento como éste, que se unen a otros en los que pude decir «ha sido el viaje más bello de mi vida».

Volveremos Guatiquía.

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Foto de Sofía Ochoa
PD. Las fotos no son mías. Todas las imágenes de este viaje están detrás de mis párpados, pero comparto (con créditos) las que tomaron otros corredores. Gracias a todos por el ojo paisajístico.

 

 

De los pequeños placeres

«Una actitud prudente hacia los placeres de la vida puede llevarnos a disfrutar mucho más nuestra existencia». Cultura Inquieta.

Esta mañana leí un texto acerca de Herman Hesse y su ensayo “Sobre los pequeños placeres” que escribió en 1905. Aunque sólo fue un acercamiento a su escrito, no pude estar más de acuerdo con lo que decía: “Mucha gente vive hoy en un estupor aburrido y falto de amor… Pero el atribuir una enorme importancia a cada hora y cada minuto, la prisa como el objetivo último de la vida es, sin duda, el enemigo más peligroso de la felicidad”.

Qué frase tan poderosa… y a la vez tan cierta. Hasta dónde vivimos el día a día como una secuencia de minutos, horas, días y semanas. Qué demoledor sentir ese vacío en la vida y dejar que ésta -la vida- se vaya como el agua que corre por las manos, esperando que pase algo… ese placer, ese momento perfecto. ¿Qué placer?, ¿Qué momento?, ¿Dónde nos estamos perdiendo?, esperando y esperando que pase algo perfecto.

Acaba de terminar la Semana Santa, una semana de receso laboral. Creo que es la primera vez en muchos años que no hago un plan de esos de «placer perfecto». No tengo el recuerdo de haberme quedado aquí, en casa, por lo menos en los últimos diez años. Siempre fue viaje, paseo, aventura; que sí, que está muy bien, pero muy bien también está quedarse y disfrutar de esos pequeños placeres.

Levantarme más tarde de lo normal, así sea unos minutos… mirar el reloj -que no va a sonar-… escuchar el canto de los pájaros y el resto es silencio… sentir la textura de las sábanas en mi piel desnuda, entre abrir los ojos y descubrir aún el cuarto oscuro y sólo para mí… puedo cerrarlos otra vez, sonreír y disfrutar ese placer.

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Salir de la cama en calzones y andar por el apartamento así… hacerme mi café y mirar por el ventanal las montañas y el cielo que me regala esta mañana y que yo decido disfrutar (sin importar que haya casas y hasta una fábrica de cemento cerca. Eso no lo veo, sólo lo bello). Entonces cierro los ojos y le doy gracias a Dios por la vida, por estar viva, por tener un hijo y una madre maravillosos, por gozar de ese momento. Eso es placer.

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Ponerme la lycra, la camiseta y los tenis y salir a correr, y desde el momento en que estoy buscando mi gorra o el agua para salir, ya me invade una emoción que no puedo describir, pero que quienes corren con esta misma pasión la entienden. Y salgo y corro por caminos, montañas, paisajes, nubes, lluvia y luz. Corro y observo mi entorno y me recorre un inmenso placer de una hora, hora y media. Llego a casa con otra cara, con la cara de quien ha sido feliz un instante eterno.

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Planear con mi hijo una caminata a la montaña, y llenarlo de expectativa y emoción por el recorrido (aunque él al principio no se muestre tan motivado). E irnos: mochila, agua y pasabocas. Conversar de todo y de nada, disfrutar los paisajes, trepar monte para coger moras silvestres, atravesar palos en la carretera, hacer carreras en las subidas, mirar con otros ojos las nubes, perdernos en el camino, asustarnos con algunos perros y otros querer adoptarlos, disfrutar de los planos de las montañas, embarrarnos los zapatos a propósito, recoger más y más moritas («mami, ¡podemos hacer jugo en la casa!»), buscar atajos y sin darnos cuenta recorrer 15 kilómetros. Sin celulares.
«Mami, gracias por traerme, me encantó el paseo».
Ese, ese es un pequeño e inmenso placer.

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Salir de caminata con las amigas, cómplices e igual de locas. Divertirnos mientras caminamos, inventarnos juegos, atrevernos a hacer lo que nunca hacemos, hacer chistes, meternos a un río casi congelado, atravesar una cueva y ensuciarnos completamente, reír y reír y reír. Contemplar un paisaje inolvidable, de esos que no vuelven. Un momento de placer.

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Pasar la tarde con ese ‘alguien’. Conversar, reírnos, hablar de bobadas y de cosas serias también. Aprender a estar juntos, a escucharnos, apoyarnos, a confiar. Comer poco y reír mucho, acostarnos entre piernados a ver tele, quedarnos dormidos. Mirarnos a los ojos, mirarlo… besar sus labios, acariciar su piel y dejarme abrazar, dejarme querer. Esa también es una mini dosis de placer.

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Ilustración de alfonsocasas

Y así podría seguir escribiendo más y más de esos pequeños placeres que disfruto todos los días, y agradezco haberme encontrado ese texto para escribir sobre ello, porque esta semana -y esta vida-, de verdad, es una legión de pequeños placeres que me hacen muy pero muy feliz.

La invitación es, entonces, a abrir los ojos al mundo, a lo que se nos presenta cada mañana, cada día. Aprendamos a disfrutar genuinamente -y en pequeñas dosis, como dice Hesse-, para obtener sensaciones más duraderas de plenitud y satisfacción. Los pequeños placeres son como las estrellas fugaces, como los atardeceres, como el vuelo de un colibrí cerca nuestro: ahí está la respuesta. «Y los pequeños sacrificios que implica la moderación no pueden sino valer la pena».

El mirador de los sentidos

«Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura». Edgar Alan Poe

Con esta frase del gran poeta americano comienzo a escribir sobre mi viaje de ayer. Y desde ya quiero decir -o mejor, escribir- que para mí «viaje» significa todo acontecimiento de la vida que me hace vibrar, me toca, me cambia, me transforma: eso puede ser un pensamiento, una lectura, una caminata, una carrera, un orgasmo… todos son viajes sin retorno.

Hace mucho que quería ir a la Peña de Tunjaque. Sabía de esa montaña, la había visto de lejos, me había encantado, pero no se había llegado el momento. Hasta que, como todo en la vida, llegó el día de ir. Dos amigas y un nuevo amigo fueron los acompañantes. Los mejores. Los viajes en compañía tienen un sentido y un significado diferente porque nutren el alma y el cuerpo desde otro nivel: la risa y la comida compartida, las fotos tuyas y mías, la mano para pasar ese tramo difícil o la voz de ánimo, la carcajada o la idea loca de «vámonos mejor por aquí». El recuerdo de esas cuatro sonrisas quedará en mi mente por años.

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Kevin, Catalina, Jenny (al frente) y yo.
La Peña de Tunjaque está ubicada en la zona de influencia del Parque Natural Chingaza y pertenece al municipio de La Calera (donde vivo), más exactamente en la vereda Jerusalén. Estuve investigando y Tunjaque significa «Mirador de los pueblos» y sí, no hay mejor definición para este lugar, porque cuando «miramos» fijamos la vista, ponemos atención, no sólo «vemos». Y un lugar como éste, que nos regala semejante belleza de paisaje, se convierte así en un mirador sagrado, en un lugar mágico para despertar todos los sentidos: no sólo la vista, aquí el olfato se despierta, el tacto se sensibiliza, el oído, el gusto… podría ser también «el mirador de los sentidos».

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Foto de la Peña desde Mundo Nuevo (occidente). Tomada de Wikiloc
Salimos de La Calera hacia la vereda El Volcán, luego el Frailejonal y tomamos el desvío por la vía Agua Gorda, carretera destapa y medio malita. Unos dos kilómetros adelante dejamos el carro para comenzar nuestra caminata. Kevin, nuestro cumpleañero y guía, fue quien nos marcó el paso y el camino de ida.

Primero, por un camino abandonado donde solo se veían un poco las huellas, de resto fueron árboles y arbustos de moras y uvas silvestres con las que nos deleitamos el gusto durante ese trayecto. Más adelante llegamos a una casita abandonada y caminamos por un cultivo de papa que nos sacó a una montaña limpia por la que caminamos unos 300 mts hasta adentrarnos a una trocha cerrada pero marcada y muy embarrada. Subiendo.

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Más adelante nos desviamos para subir más pendiente por entre el monte. Digamos que sí, que en alguna época fue una trocha o que alguien cada año pasa por allí, pero realmente es muy cerrado y sin la compañía de Kevin no hubiéramos llegado. Así que recomendado ir con alguien que conozca de verdad la zona.

 

Subimos por entre la maleza y el chusque un buen rato hasta llegar al páramo y encontrar los frailejones… qué emoción cada vez que los veo… recuerdo los viajes a Chingaza y al Sumapaz… el tacto se deleita al rozarlos suavemente y sentir su delicadez, esa textura entre suave y mullida que los hace tan frágiles y a la vez compactos para soportar un clima tan fuerte.

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Al llegar al páramo vemos nuestra montaña, la Peña, que nos da la espalda: aún nos falta un camino para conquistarla. Nos damos la vuelta y se abre ante nosotros el paisaje de todas las montañas y veredas del occidente Caleruno… cómo me gusta decirlo porque así es: es un mar de montañas, no acaban, una está detrás de la otra, de todos los verdes y los azules posibles, y el cielo limpio nos deja ver «hasta el infinito y más allá».

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Seguimos subiendo y tomando fotos, felices de ver cada vez más cerca nuestro gran premio que -según dice Kevin- está en la vista del otro lado de la Peña. Y no se equivoca: cuando llegamos a la cima se abre ante nosotros el más bello paisaje, una panorámica impresionante que comienza con el fin abrupto de la Peña de Tunjaque, es decir, un precipicio, y luego la vista interminable del verde: campo y montañas que comienzan bajas y van subiendo en planos hasta perderse la mirada en Chingaza, el gran amor… hasta las cuchillas de Siecha llegamos a ver desde allí cuando las nubes nos lo permitieron.

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A 3.660 metros sobre el nivel del mar el oxígeno llena los pulmones de otra forma mucho más poderosa. No es solo para respirar que necesitamos ese aire, es para inundar nuestra alma de esa vista que no nos cabe de una sola mirada. Y el viento trae nubes a una velocidad impresionante que golpean contra el cañón, suben y se dispersan. Las podemos oír. Y es ese viento el que me envuelve en el mismo momento en que estoy sentada mirando una caída de más de 100 metros… Es el contacto del viento en mi piel el que me salva de la idea loca de caer, o de volar, o de soñar…

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El vacío tiene su atracción.
Te permite experimentar el límite entre la locura y la sensatez,
te permite imaginar por un instante el final,
te invade una felicidad mezclada con demencia
de poder ver más allá de los ojos,
de sentir el viento más allá del movimiento,
de buscar la paz en lo prohibido, en el paisaje ilimitado,
en las nubes, en las montañas, en la roca, en mí…

«Bájese de ahí» gritan al unísono Catalina y Jenny y despierto de mi sueño loco para seguir conquistando la montaña. Subimos más, hasta la punta donde hay una antena abandonada. Cada vez es más bello el panorama porque las nubes nos abren pequeños espacios para observar detenidamente diferentes lugares de la composición de este cuadro maravilloso que es el mar de montañas.

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Entonces alguien dice «¿Y si bajamos por aquí?», sin saber por dónde. Bueno, Kevin siempre sabe por dónde. Y nos metemos en una grieta de la roca y comenzamos a bajar por una especie de cueva entre musgos, hongos y líquenes impresionantes. «Jamás he visto algo así», y nos reímos porque a cada lugar que vamos decimos algo parecido. Y es verdad, genuinamente cada lugar, cada instante es único y verdadero, y «jamás» se repetirá así.

Pasamos mil aventuras bajando por donde no hay camino. Cantamos: «caminante no hay camino, se hace camino al andar…», «una aventura es más bonita…», «hay una luz…» y reímos y reímos. El olor de la piedra mojada es penetrante, el sabor del agua que corre por el musgo es el sabor de la Pachamama, escuchar el murmullo del agua que va bajando con nosotros nos hace sentir vivos y parte de esa naturaleza perfecta.

Llegamos a una quebrada de agua ocre, cristalina y ocre que se llama Chorro Blanco. Agua helada. Meto los pies y siento que ya no los tengo, como si mis extremidades no existieran debajo del agua y pienso que voy a caerme. Es muy pero muy fría el agua. ¡Qué felicidad sentirme tan viva! Allí comemos nuestros sándwiches, nos reímos de esa bajada improvisada que tuvo columpios, resbalones, atajadas, idas y reversas, ramas arañando las piernas, mostrándonos que ese sigue siendo «su» territorio y que nada aquí es tan fácil como parece.

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Nuestra última parada es en una cascada de esa misma quebrada, unos metros más adelante ya bajando, con una caída impresionante… soy mala con los números pero puede ser de unos 20 metros? es un cañón, otro precipicio, otra motivación para acercarme al límite de lo posible y lo imposible. (Cómo disfruto llegar al límite en este momento de mi vida).

Al volver a tomar la trocha medio marcada del inicio del recorrido comenzamos a correr, porque esa es nuestra otra motivación: correr, correr, correr. Cata y yo sentimos ese llamado y corremos la trocha, el campo abierto, el cultivo de papas y el camino hasta el carro. No podía terminar mejor este día. Nueve kilómetros con un aumento de altitud de 682 mts, siendo el punto más alto la Peña a 3.660 msnm aproximadamente.

Y aquí termina el recorrido de los sentidos a través, o a partir, o gracias a ese hermoso monumento natural que es la Peña de Tunjaque. Recomendado para todos los amantes de la montaña.

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«Ve al borde del precipicio y salta. Constrúyete las alas mientras caes». Ray Bradbury.